REFLEXIÓN EN EL CAMINAR HACIA SANTIAGO Y EL FINISTERRE

Por Alberto Barciela

Ignorantes, audaces, torpes, malolientes o perfumados, encumbrados o recluidos en la cueva platónica, avanzamos con el tiempo que nos lleva, con los requisitos circunstanciales de la vida, resolviendo sustentos, ocios y fútiles vanaglorias. Amamos, nombramos, definimos, ordenamos, conversamos, escribimos y nos asombramos bajo el letargo vital. Por momentos nos asumimos como felices. Inventamos las guerras para defender las religiones que las perdonan. Idealizamos héroes imaginarios y obviamos a los cotidianos, a los que educan, curan o alimentan. Nos aplaudimos y refrendamos leyes construidas con miseria moral y presunto afán de bienestar común. No ahorramos adulaciones ni críticas injustas, viajamos desde insólitas terruños para conocer mundos construidos con cemento y sin estética. Olvidamos el natural trueque y lo cambiamos por papeles seriados, abigarrados, marcados con números y contraseñas, con efigies de quienes los crearon para utilizarlos en contra los consumidores. Destruimos el hábitat que nos acoge con eficacia y seleccionamos la abundante basura que generamos como para reciclar restos de la sociedad de consumo de humanos, que se cenizan para resurgir como almas convertidas en aparentes nubes negras como pecados. Perdemos el tiempo contando el propio tiempo, enjaulando cucos imaginarios, sin fijarnos lo suficiente en que el sol y la luna se suceden con natural cadencia mientras nos regalan sombras y luces maravillosas.

Filósofos, prudentes, atentos, investigamos en la naturaleza buscando explicaciones, razones, sabores, e incluso alcanzamos momentos sublimes en forma de creación estética. Un verso, una pintura, una música, un hallazgo científico, confortan como un abrazo de la vida, como la belleza de una ola refrescante. Indagamos en busca de una verdad que intuimos no se alcanza, tratando de sobrevivir en las alegrías. Hemos propuesto formas de consuelo e inventado la esperanza, en forma de misterio o de buenas palabras o de cuento sin precio, pero la bondad del prójimo no la entendemos. Somos creativos e incluso solidarios, reconvertimos errores, permanecemos acróbatas de las medias verdades, funambulistas imprecisos en medio del bien y el mal, la ambición y la generosidad. Sabemos ganar tiempo con las pequeñas cosas y nos suponemos capaces de describir un universo inabarcable que nos sorprende con su luz, al menos lo admiramos.

Subsistimos como seres dicotómicos en un mundo fractal. Nos balanceamos entre lo posible y lo que sabemos que resulta inalcanzable. La duda nos aterra. Sabemos que no sabemos. Evidenciamos ser mortales pero confiamos en una transformación química que nos regale eternidad, pretendemos una posteridad que cada vez dura menos, invocamos a los dioses o a los mitos como referencia de futuro, desarrollamos una cultura que obvia el presente, el justo momento de estas palabras, y elucubramos buscando explicación a lo que denominamos misterio. Reprobamos a los demás sus creencias.

Algo debemos hacer para recomponer el puzzle de tantas historias rotas, guerras, miserias, desafecciones. Quizás todo comience por volver los ojos muy abiertos hacia el ser humano que tenemos al lado y abrazarnos como náufragos siderales. Quizás nos encontremos en nosotros mismos, quizás ahí resida la explicación a cuanto buscamos desde hace siglos.

En la evolución, en la investigación, etc., lo único que cambian son las respuestas, las preguntas subsisten desde que el ser humano pronunció su primer por qué. Ingenuos, tontos o muy egoístas seríamos al considerar que corresponde al tiempo que nos corresponde  conocer una verdad última, definitiva. Es improbable y estadísticamente resulta casi imposible, pero es humano el intentarlo.

Abracemos también a la sabiduría, para adquirir prudencia en los juicios: “Cuando Platón se partía de Tinacria para tornar a Grecia, díjole el tirano Dionisio:

—- ¡Oh, qué de males dirás de mí, oh, Platón, y de mi tiranía, de que te halles entre los filósofos de Grecia!

A lo cual respondió Platón:

—- No hayas miedo de eso, Dionisio, ni que yo lo diga, ni aun que los otros lo escuchen, porque están tan corregidas y ocupadas las academias de Grecia, que no les queda tiempo para decir ni sola una palabra ociosa.

Y dijo más Platón:

—- Sabe, si no lo sabes, ¡oh, Dionisio!, que toda la suma de nuestra filosofía es persuadir y aconsejar a los hombres a que cada uno sea juez de su vida propia y no cure de escudriñar la vida ajena.

Así nos lo recordó Fray Antonio de Guevara, escritor y escolástico cántabro que vivió y falleció en Mondoñedo, allá por el siglo XVI, en su obra “Menosprecio de corte y alabanza de aldea”. Quizás todo haya sido dicho ya.

Mucho hemos recorrido hasta aquí, y debemos proseguir por nuevos laberintos, resolviendo intrincados rompecabezas promovidos por elucubraciones emanadas de cada mente, pues aún lo ya dicho o conocido ha de presentarse con nuevas formulaciones.

Tenemos que confiar. Nos pertenecen ya Altamira y la sonrisa de la Gioconda y el pequeño príncipe y Hamlet; hemos sido capaces de construir catedrales, describir macondos; idear y contar; caminar por la cultura y la religión, tras el sol, hasta Santiago y Finisterre; nos hemos soportado incluso como creyentes y agnósticos; hemos lanzado mensajes en miles de botellas y en cohete, tras jugar a astronautas; hemos leído a Shakespeare como reflejo de la  vidas; hemos perdonado a Galileo y topado con un Papa a pie de calle, como Francisco; hemos conocido el humor y actuado como magos, y aun reconociendo habitar una sala de espera sin cita posible más allá de cuanto entendemos, seguimos consintiendo en retar a molinos de viento; nos instauramos como bardos de composiciones personales, predictores de climas, cultivadores de semillas, ideólogos, lectores, soldados, propietarios o deudores, como hombres y mujeres capaces de amores comprometidos, emocionales, de respeto, sanos y enfermos, cuerdos y locos, sanchos y quijotes globales.

Y, al fin, existimos con certidumbres e ignorancias. Locos o cuerdos, social o individualmente, somos seres humanos, en un lugar de La Mancha o en Compostela. Dejémoslo entre nosotros. ¿O no? Vale.

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