RELATO DE UNA NOCHE DE SAMAIN

Ayer he subido a mi monte sagrado en busca del lusco fusco para que me abriera la puerta del Mas Allá. Esta vez,  quiero celebrar contigo el Samain. Y ese es ritual indispensable para que nuestra gente, la que llena los cielos de estrellas brillantes,  nos invite a esta su fiesta,  que prepara cada día dos de Noviembre, cuando en la Tierra  les llamamos santos a todos nuestros difuntos.

Te cuento. Cuando el sol se escondió Trasdomonte desfilaron por los restos de la capilla construida sobre las ruinas de aquel “ara solis” de los celtas. Me uní a sus cantos y a sus conversaciones. Escuché otra vez los sabios consejos de mi abuela y las reprimendas de mi madre porque ahora paseo poco. Mi padre me preguntó a cómo iba la centolla…

-— 22 euros el kilo, papá…

 -— ¡A mí háblame en pesetas, hombre!

 -— 3.600, más o menos…

 -— ¡Carísimas! ¿No?

 -— Bueno, pues disfruta de estas que me regaló Maru, el otro día, en O Grove… (A mi padre “le perdía” la buena centolla de la ría de Arousa).

Luego, mi querida hermana Betty se interesó por sus hijos a los que no veo desde hace un año. Mi suegra Gloria me sonrió como siempre y me preguntó por sus nietos…  Y mi suegro Julio me invitó a volar, mientras mis cuñados me ofrecían una copa para entrar en ambiente.

Quien no paró de hablar fue mi prima Marisú, como cuando vivía en Compostela. Contaba historias de ese espacio desde el que se había lanzado no sé quien en paracaídas. Luego saludé a Antonio Mascareñas, su marido, que aún se acordaba de cuando había sido médico de Ames. Y apareció también mi primo Álvaro para decirme que tengo que volver por Caracas, que allí se me quiere mucho. Y mi primo Lito que sigue quejándose de que por allá arriba no le ponen los partidos del Ourense en la tele. (Tuve que decirle que este Ourense de ahora ya no es aquel que le llevaba cada quince días de invierno al Couto).

Y también estaban por allí todos mis amigos: José Ángel, Nelly, Huete, Corbal, Basanta, Bernal, Abilio, Souza, Cuiña, Baña, Puri, Maricarmen, Chano, Queca, Villar…  ¿Sabes? Ya tengo más amigos en el espacio que en este perro mundo de vivos, en el que, cuando ya no eres, se olvidan de que aún vives, luego existes… ¡Pero qué más da!

Hasta hicimos una queimada y se unieron a la fiesta el Cuco de Velle, los Hermanos Cudeiro, Fito, el de A Roda; Abel, aquel gran animador de la Orquesta Florida, acompañado de Diosiño y su acordeón; y otros músicos de aquí que ahora andan por allá…

Reímos, danzamos, bebimos, comimos los exquisitos dulces preparados por las abuelas de antes, que también elaboraron un licor café especial… Y aquellos jóvenes novios que fallecieron en el accidente de la curva de El Picho, hasta hicieron el amor.

Cuando el sol apareció de nuevo detrás del Pico Sacro, me quedé sin imágenes y regresé a este mundo en crisis de valores, que ahora se pierden más rápido que las tradiciones.

¿Sabes? En la fiesta de anoche no hubo ni “truco ni trato”, ni nadie hablaba inglés con acento americano… ¡Fue auténtica! ¡La nuestra! ¡La fiesta de Samain!

Mi abuela me explicó lo de las calabazas con una vela dentro…

—- Semellan o sol que os rapaces nunca buscan na Natureza. O sol da vida cambiano por cousas que poden mercar con cartos…

¿Qué querría decir la más sabia maestra de todas las maestras de mi familia?

Me quedé pensando en que quizá se refiera al mercantilismo con que la Iglesia Católica rodeó a la fiesta, a la que bautizó el primer día como de Todos los Santos y al siguiente como el de los Fieles Difuntos.

Pero lo que me indigna más es esta otra historia: los irlandeses se llevaron su Samain a los Estados Unidos donde enseguida le llamaron Halloween para montar un negocio que desvirtuó la sagrada celebración celta. Lo que yo no me esperaba es que, en las ciudades de Galicia, alguna gente decidiese celebrar el Halloween americano de El Corte Inglés en vez del bello Samain, mucho más nuestro y auténtico.

Algunos gallegos urbanitas son muy dados a cantar en inglés y a tocar la gaita irlandesa, pero… yo nunca escuché a un americano cantar en gallego y ni siquiera a un irlandés tocar nuestra gaita.

Tal vez porque rendimos un riguroso culto a los muertos y los cementerios son una muestra de sumo respeto por nuestros familiares y amigos, los cuentos sobre la Muerte es algo consustancial con la mentalidad popular gallega.

Yo la he visto de cerca varias veces: de joven, en coche, cuando bajaba el Paraño a cien, allí estaba con su guadaña haciendo auto stop. Otra vez volando sobre O Courel me llamó desde la cumbre del Pía Paxaro. Y cuando nadaba en el Miño la vi mezclada entre mis amigas y amigos sobre las aguas turbulentas del gran río; esto sucedió antes de que el salto de Velle anegara nuestra playa fluvial.

Nunca sabrás donde, pero seguro que te la encuentras. Sin embargo no has de temerla…

Ni siquiera la Muerte es capaz de impedir que la tradición mueva el monte sagrado y nos haga entender el milagro. Aquí, estos días, mantenemos largas  conversaciones con todos los santos y las almas de nuestros deudos,  que algún día nos abrirán, de par en par, la puerta del Más Allá. 

(3) Comentarios

  1. Endemais de arte literaria tés as lembranzas moi vivas da xente que se foi. Non hai que esquencerse delas porque onde queira que se atopen alá marcharemos todos.

  2. Es un maravilloso relato. Si así sucediese no hay porque temer a la muerte, siempre estará nuestra gente. Un saludo para todos los que hacéis esta maravilla.

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