RELOJ DE ARENA

Por Diego Loprese

Los ojos se despiertan lentamente y duelen como si recibieran una puñalada. Cuesta despabilarse de otra noche densa. Sin embargo, una vez abiertos, el sol los cubre de brillo. No puedo evitar lagrimear. Tanta vitalidad no logra soportarse. Tiempo más tarde el sol inunda el cuarto con la tibieza de su luz. Me hace bien porque el frío de la noche castiga y el cuerpo se contrae. La piel reseca toma cierta tonalidad. El ocre de la palidez es menos violento. Mi reposo se asemeja a esas curvas peligrosas de la ruta. Estoy tieso, mirando hacia un horizonte que se aleja a paso de plomo. Quizás sea yo quien va abandonando esa línea infinita. Tengo mi brazo bajo la almohada. Y sobre esta, reposando mi cabeza. Cuanto quisiera ser un ave o una mariposa y largarme de una vez. Lejos de acá, de ellos, de todo. Sólo ser un punto en el inmenso albedrío.

Cuando el ser humano ansia de la libertad, ella se presenta, está ahí al instante. Nos esforzarnos en ignorarla, derrochamos tiempo en preocuparnos con cosas que parecen importantes. Al final te das cuenta que son pequeñeces. Nada supera los grados de libertad. Y cuando ella te abre la puerta, ya no hay voluntad. No tenemos más tiempo. Siempre fue la eternidad y nosotros la vaciamos en un hoyo profundo. Tiempo, prisas, tic, tac, tic tac. Resuena en mi cabeza el sonido martilleante de un reloj. La alarma grita que es tiempo de algo. Y aunque me resisto a su sonido persistente, logra levantarme para poner en marcha la rutina.  Es un motor que nunca se detiene.

¿Duele? Sí, claro. Una vez leí que el dolor es temporal. El dolor como estímulo. Reaccionamos ante él. Te acostumbrás, me recitaba mi antiguo compañero de cuarto. Yo lo hice. Mejor dicho, lo estoy haciendo. Te entregás al dolor. Podés adaptarte a todo mientras exista una rutina. Rutina y dolor, una combinación de puro éxtasis. La mente humana reclama una rutina. La necesita. Si no aceptás la rutina, uno enloquece. Racionalizarlo no soluciona nada. La gente cree que esta enfermedad es una tortura, que es sufrimiento. Y te miran en silencio. Puedo escuchar sus voces internas repitiendo frases lastimosas. Se equivocan. Es tiempo. Ese tiempo en que lleva consumirse el resto de tu carne. Es cuando te das cuenta qué suma y qué resta en la vida. Descubrís que tu vida se está yendo al carajo por un embudo. Sólo quedan las pesadillas y quizás revivas en el recuerdo de los otros. Tarde lo descubrimos.

La habitación está llena de gente. Entran y salen. Les doy la espalda mirando hacia la ventana. Escucho que hablan con el médico. Alguien llora, otros murmuran, alguna que otra risa tímida. Los oigo como un flaco sonido. Un eco se aleja con pausa. ¿Seré yo que me estoy difuminando? Es tan insoportable esta espera. Estancarse es la muerte. Y el tiempo pasa. No importa si queda mucho o poco. Pasa y no espera. No se detiene por más que reces, resistas o llores a los cielos.

Ahora recuerdo aquella vez, que un viejo amigo señaló:

—- Roberto, el tiempo importa; pero no el de la oficina o el de los relojes. El único tic tac al que le tenés que dar importancia es al del corazón. Cuando ese tic tac se haga sordo, se detenga, ahí ya no importa nada.

Y nos fuimos a la mierda. Desde que caí preso en esta condición miserable pienso que soy un reloj de arena. Deberíamos ver las cosas como si fuéramos eso, un reloj de arena. Dar una vuelta y otra más. Buscar las opciones hasta cansarnos.

Ahora soy eso. Un simple reloj de arena. Mi tiempo se diluye como la arena. Mi vida es un manojo de granos que se discurren por un minúsculo pasillo. La vida se me diluye de las manos. Siempre la corrí de atrás. Hoy que la alcancé, se me discurre. Me doy cuenta que el final está cerca.

El día por la ventana se ve magistral. El doctor Rocha se acerca a interrumpir mi sintonía con la vista. Antes hace salir a todos de la habitación. La enfermera me ayuda a acomodarme. Todo duele. Es el cuerpo gritando de dolor, no la vida. Ella en cambio se está alejando por el horizonte y se va llevando mi alma. Hace tiempo que aviso que me iba a dejar en el momento indicado. Con que excelencia maneja las ironías. El doctor es un amigo de toda la vida. Por su mirada puedo sentir que viene con el mango caliente. En un silencio absoluto me confiesa que hay que redoblar el tratamiento.

Los resultados no son los esperados. Puedo ver como su rostro se viste de tristeza aguda. Me acomodo en la cama y le pido que se acerque. Escúchame Rocha, esto no tiene retorno. No tensemos más un hilo que sabemos que se va a cortar en cualquier momento. Seamos simples. No la vayamos a joder ahora. ¿Sabés que siento que soy? Un reloj de arena. ¿Cómo le cambias la arena a esos relojes? No sé si se puede. Cuando se rompen fue, ahora es lo mismo. Déjate de tanto diagnóstico, dame cancha libre para saltar al vacío. Gracias, doc. Déjame solo. Quería  estar en soledad antes que todo se rompa.

Observé por la ventana la extensa arboleda cubriendo el perfil de la ciudad. Imaginaba que todo iba a ocurrir por última vez. Caminar, respirar, sonreír y cerrar los ojos para sentir la paz que tanto había ansiado en mis horas de escritura. Unas palomas se posaron en la ventana de mi habitación cuando vislumbré algo entre la tiniebla, en lo alto de la arboleda. Cuando el atardecer estaba ocurriendo sentí los últimos granos de arena terminaban de caer. El tic tac del corazón se iba silenciando. Con la vista clavada en el sol, el reloj de arena se quedaba vacío.

Diego Loprese

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