SALVEMOS EL RURAL

La aldea del abuelo está aún abandonada esperando la resurrección de los vivos. Entre las paredes de la casa en ruinas, crecen las zarzas, que es planta de muerte en esta tierra de vida. Dicen en la villa que la casa fue la causa de aquel viaje solo de ida y que terminó toda la tierra, yerma, entre las posesiones de un banco.

Hasta la casa del abuelo llega aún la corredoira. De dura tierra en caluroso verano y de blando barro cada vez que es invierno. Nadie la camina cuando está próxima al frío. Y solo las lagartijas y sus mayores, los lagartos,  corretean por ella cuando el sol mas calienta.

Hay quien cree que por aquí vaga la Santa Compaña. Que la trae invitada el abuelo al tradicional convite de cada medianoche. Pero al amanecer, cuando menos, vuelve la aldea a estar solitaria, abandonada, muerta, ensimismada en la única sinfonía que allí se escucha, la del silencio.

Sin embargo más abajo, en la ladera, hay otra aldea nueva que bajó de la sierra. Hay varias casas de piedra con chimeneas que echan humo… porque están habitadas.

Desde lo alto de la vieja corredoira, ahora ancha y asfaltada,  aunque serpenteante    por ser también maravillosa atalaya, prevalece el verde de los prados recuperados sobre el negro de la tierra cultivada…

Pierde aspereza el terreno, que es aquí fértil, de huerto. Y entre las pocas casas del lugar, hay plaza, cruceiro y  también vida social.

Desde aquí vemos como asoma la sierra entre la niebla, refugiados del frío en la taberna, renacida para compartir historias y leyendas de otros tiempos.

De vuelta en la aldea sentimos el placer del paisaje, disfrutamos los sabores de lo auténtico, y  recuperamos la visión de los campos cuando se tornan ricos.

Sobre la aldea renacida  hay una luz especial que sale de entre las nubes para que brille el río pequeño bajo el puente, mientras un rayo se posa en la torre de la iglesia recuperada, románica, como las de siempre.

La salud y la vida vuelven a ver este paisaje, hasta donde llega ahora la carretera de asfalto. Y el gran mundo está al alcance, al otro lado de la curva.

Entre la aldea que espera la resurrección y la aldea renacida hay un abismo. Una significa la muerte de todo el entorno y la otra llena de vida el espacio. Por eso nos preocupa a todos el medio rural y así lo manifestamos el domingo pasado, en las calles de Compostela, a voz en grito, reclamando atención para el campo y los montes, tanto del litoral como del interior… y para esos entrañables lugares que duermen sus historias en el pasado escrito entre sus ruinas.

Los agricultores y los ganaderos; los cazadores y los pescadores; los mineros y los madereros; colectivos de ecologistas, empresarios, trabajadores, todos estamos de acuerdo en que resulta indispensable salvar el rural para recuperar la riqueza muerta de esa Galicia abandonada.         

Esta vez te pido que nos ayudes a concienciar a la sociedad gallega y sobre todo al poder político sobre la necesidad de regenerar el valor del campo desde el respeto al medio ambiente.

Porque aún es posible construir un futuro sobre el abandono. Solo hace falta buena voluntad.

 

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