SANTIAGO DE COMPOSTELA, LA CIUDAD FATIGADA

“…Nosotros no establecemos la ciudad mirando a que una clase de gente sea especialmente feliz, sino para que lo sea en el mayor grado posible la ciudad toda…”

(Platón (427 a. C.-347 a. C.) filósofo griego)

Por Alberto Barciela

Calles que se enmarcan en piedra, el aire fragante a frescura verde, a humedad perpetua y reciente, a millones de historias personales, y el constante tintineo de pasos vibrantes, los sentidos y el espíritu despiertos, el soportal dando sombra al mismo refugio de la lluvia, el penetrante sonido de una gaita desubicada, almas perdonadas y perdidas entre mundanales callejuelas, un recuerdo de inciensos sobrevolados mil veces, una puerta de perpetua cerrazón salvo en años singulares, un lugar en donde el románico aprendió a sonreír, plazas vacantes en las horas del sol abrasador, una convocatoria permanente de campanas disociadas, un tuno falso y un peregrino más fingido todavía, ofreciendo mercancías banales de las que también se llenan los puestos ambulantes, botafumerios, conchas… Y sobre todo ello el evidente milagro de una ciudad destino de fe y esperanzas.

En Santiago no hay distancia entre el cielo y la tierra, el agua los une en un espectáculo inigualable de brumas; el sol los vincula en dorados matices de millones de líquenes cuyo reflejo orifica el escenario del encaje platero… El agua bendice, luz de luz. No hay discriminación en el perpetuo abrazo del santo y del pueblo, los pies trazan un camino huelleado por los siglos de los siglos pero los brazos abarcan la representación misma de la complicidad en la fe. Un sepulcro nos democratiza, como la cruz, como la oración que cada uno entiende a su manera, como a Dios.        

La ciudad aparece como fatigada en sus avatares, ensimismada en sus tópicos y en sus belleza, varada en su Historia, desestructurada en su sociedad, como descompuesta, dividida en ambiente ajenos, dicotómicos, entre la política y la Universidad, los medios de comunicación públicos y el Parlamento, la religión y el mercado, los despachos de intereses, los centros comerciales y los escaparates tradicionales, el casco histórico y el ensanche, el turismo y los habitantes, el arte… En este Campo de Estrellas cada luminaria se focaliza a sí misma y, como mucho, se busca en la coincidencia ocasional en las páginas de sociedad de El Correo Gallego, entre magnolias, cuadros de honor, gallegos del año, influyentes y esquelas.

Como todas las urbes, Santiago de Compostela reclama una relectura. Hay que soñarla de nuevo, repensarla, diseñarla en frescura, ajustarla a las leyes de la convivencia impuestas por la evolución y situarla al servicio del disfrute de los seres humanos. El proceso exige imaginación, pero también trasparencia en los procedimientos, agilidad en los trámites, liderazgo, formación, humildad, respeto, participación… la ciudad se hace en el paisaje y debe respetarlo, ha de aspirar a ser un lugar seguro, ordenado, bello, de felicidad. Ciudad, espacio público, ciudadanía son tres ejes básicos de los que partir pensando en el futuro.

Santiago, aun respetando sus referencias, no ha de caer en el error localista. Tiene que decidir una marca -quizás lo sea ya su Camino- para defender un descentramiento de sí misma, valorar su proyección y participación global, entender con serenidad sus valores universales y la cultura en la que se ha desarrollado, su carácter europeísta, español y gallego, porque como urbe universitaria y turística necesita relacionarse y atraer gente. Compostela ha de hallar su propia prosa del siglo XXI, expresarse ante el mundo con la lozanía de más de mil años de dinamismo histórico, artístico, ciudadano, universitario, para encontrar su propio camino, que no puede resultar pacato pero tampoco excluyente.

Hay que atinar con nuevas palabras que permitan definir a Santiago en sus tópicos con acentos que los pongan en valor en esas rutas virtuales que son las redes sociales, hay que provocar el entusiasmo de sus habitantes, de cuantos aman a la ciudad, encontrar los puntos de encuentro entre las diferencias personales, ideológicas, los matices, el abundante ingenio disperso en tertulias más o menos intencionadas… Hay que provocar una puesta en común de la que extraer savia nueva de los viejos carballos de Santa Susana, estructurar un discurso cohesionado, un relato entre lo viejo y lo nuevo, y presentar al mundo una Compostela renacida desde sus propios pasos peregrinos.

La ciudad está sólo fatigada y ha de abrazarse a nuevas ideas. En Santiago de Compostela se acaba de abrir una oficina de Pasos Perdidos: aquellos que se han dado sin devoción, sin entusiasmo, sin sentido del rumbo vital que se anhela para una urbe Patrimonio de la Humanidad.

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