SEPARATISMOS

Por J.J. García Pena

Las naciones, como los hombres, se potencian cuando unen esfuerzos, dejando de lado viejos conflictos que, si bien se justificaron en tiempos remotos, hoy ya no les sirven ni pertenecen, por obsoletos y sin sentido en la vida actual.

Hace doscientos años, en Pobreamérica, un hombre de bien no pudo cumplir su anhelo de ver federadas a todas las provincias del antiguo y deshecho virreinato español del Río de la Plata.

Con mucho esfuerzo llegó a confederar a un puñado de ellas bajo el nombre de Liga Federal, con el apellido de Unión de Pueblos Libres y el honroso título de Protector para José Artigas, su impulsor y escudo. Pero la mala fe y la mezquindad de unos cuantos, que solo atinaban, neciamente, a cuidar de su propia chacra, congeló en el tiempo las esperanzas de aquel prócer y el bienestar de millones de Pobreamericanos.

Mientras tanto, en Ricamérica, se producía un drama similar al de su par infortunada del sur. Solo que en aquella región norteña prevaleció el sentido común y, luego de enfrentamientos terribles y dolorosos para las partes, aplicaron, inteligentemente, el principio de diferentes sí, pero con iguales derechos. Resultado: esos pueblos tan numerosos y diversos, pero confederados en estados que se unieron en nación, a partir de ese fundaron la más poderosa del globo. Y sus integrantes, conocidos como Ricamericanos , a diferencia de los hombres desunidos del Sur y el Este, jamás emigran, solo pasean por el mundo. Por algo será que nadie quiere salir y sí todos entrar a Ricamérica.

El federalismo es el mayor ejemplo de cómo comunidades de concepciones sociales diversas, pueden unir esfuerzos y vivir en sensata y próspera armonía. Es la avanzada, la muestra de cómo será el relacionamiento político en el mundo del futuro que todos anhelamos. El respeto por la diversidad del otro es lo que nos hará alcanzar ese mundo que todos deseamos pero que cada cuál cree, como un niño caprichoso, que le pertenece a él sólo.

Así nos sucede, sin solución de continuidad, con la idea de un dios que vele en exclusiva por nuestros intereses, sin darnos cuenta de que nuestros enemigos (¡nuestros hermanos!) le rezan a ese mismo dios, dándole otro nombre.

Los separatismos, antítesis del racionalismo federativo, son herencia feudal y cerril de épocas de oprobio, y solo producen debilitamiento y soledad a sus seguidores. El mundo actual, y en especial el venidero, reclaman unidad, no desgarros.

Eso sí: no hay federalismo que se sostenga sobre la injusticia. Cada estado federado debe contar con el respeto y respaldo de las demás comunidades que lo componen. Cada uno de sus integrantes debe tener movilidad autónoma, como los dedos en una mano. Pero en decisiones capitales actuarán todos a una.

Una mano se integra con dedos especializados, necesarios y bien diferentes entre sí, pero todos ellos conforman el órgano prodigioso que nos elevó desde la bestialidad original a esta genialidad que nos distingue.

Fuera de la mano viva, un dedo seccionado será poco más que el residuo enteco de una maravilla cercenada.

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