SÍNDROME DEL VIAJERO BISOÑO

Por J. J. García Pena


Abundan las modernas tesis e hipótesis que buscan entender y explicar el por qué, con el paso de los años, el tiempo se nos evade cada vez más rápido.
Todas estas tesis e hipótesis son muy razonables y atendibles, pero tengo derecho, ¿por qué no? a resumir todas ellas en una propia y humilde teoría, a la que llamo «Síndrome del viajero bisoño».

Todos hemos experimentado este curioso síndrome alguna (o más de una) vez. ¿Recuerdan esa sensación de que «se nos hizo más corto el camino de retorno» a un lugar previamente desconocido?

La explicación que encuentro, sensorial pero racional, se basa en estos sencillos considerandos:
A) En el viaje de ida todo es novedosa expectativa pero, -especialmente por efectos del desconocimiento del trayecto- no tenemos puntos de referencia que nos den una idea más o menos exacta, de cuándo llegaremos a destino.

B) En el viaje de retorno empezamos a percibir el tiempo que falta para llegar gracias a conocidos puntos de referencia que ahora, experimentados, cobran sentido para nosotros.
No es extraño, por tanto, que cuanto más reiteremos ese trayecto, menor sea la relativa tardanza del tiempo y la aparente cercanía de dicho punto geográfico ya explorado.
Cuando muy niños, el tiempo tiene una mayor dimensión psico-real debido a nuestro total desconocimiento del entorno y sus claves sociales: Por ejemplo, el Día de Reyes demoraba una ansiosa eternidad en llegar al no saber, por falta de referencias claras, cuándo se produciría su «llegada».

¿Quién, que haya viajado con niños, se libró de la torturante cantinela, reiterada cada tres kilómetros…

—- ¿Cuánto falta?

 Ya en la adolescencia, la ansiedad infantil disminuye y los tiempos, aún muy largos, se comienzan, imperceptiblemente, a acortar.

A medida que sumamos años, y con ellos nuestro “disco duro» se atiborra de datos referenciales, el camino de la vida es tan conocido y previsible, tan repetitivo en carteles y señales de todo tipo, que se nos acorta el tiempo psíquico de una forma asombrosa. Por no decir inquietante…

Ya en la vejez, o en su umbral, otro factor determinante y nada despreciable por cierto, es la clara conciencia del ignorado, pero probablemente escaso, tiempo nuestro restante.

Se suma a este fenómeno el hecho de que, por regla general, ya libres de la necesidad de proveernos del pan diario, nos sobra tiempo para abordar temas que antes no nos atraían o, sencillamente, no teníamos tiempo de analizar. (Paradoja: derrochamos el único capital que nos sobra y que, no obstante, es escaso… ¡y se nos va sin nuestro consentimiento!).

El tiempo que, culturalmente percibimos en la primera juventud como oro en granos y en la madurez como oro en polvo que, aun separando las manos deja poso, ahora se nos torna resbaloso oro líquido que se escurre entre los dedos anquilosados que intentan, inútilmente, asirlo.

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