SOL DE OTOÑO

Venga, dejémonos de gaitas para abrir la edición y busquemos las mejores imágenes de esta reserva natural europea, en la que mares, ríos, lagos, bosques y montañas visten ya sus mejores galas de otoño. Esta semana te escribiré una postal del país entre la cumbre y el mar. 

Al este, las más altas montañas y la piedra primigenia. Al oeste el Atlántico infinito, que se abraza al Cantábrico en el norte, donde las rocas puntiagudas emergen del agua. En el centro late fuerte el corazón verde por su piel de prado. Y en todo el territorio, a través del agua la belleza descubre su forma más exquisita.

Entre la montaña y el mar de Galicia hay muchas historias  pintadas en verde y azul, por donde asoma la alquimia del pasado escrito en los megalitos de la cumbre, en el círculo de los castros, en la fachada de la románica iglesia o en los legendarios restos de la fortaleza de nuestros nobles antepasados.

Y aquí nos entusiasman los cursos fluviales. Los de esos ríos de discurrir tranquilo entre abedules de ribeira y los de los regatos de ladera que siguen la generosa ruta de la vida saludable, dando saltos.

Los ríos persiguen el camino del espacio protegido, con laguna de ondas tranquilas a la que rodea un jardín natural, estancia perfumada que ilumina cada día el sol del otoño.

Ese sol que nace en la montaña y marca los senderos entre colinas encantadas, dibujando serpientes de plata sobre el paisaje poblado de caminantes, protagonistas del nuevo milagro de las peregrinaciones a Compostela.

Es el mismo sol de cada otoño y se muere más allá del mar tras provocar sobre la tierra la gran sinfonía natural… en el espacio protegido.

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