SOMOS LO QUE NO SABEMOS

Por Alberto Barciela

La educación es el instrumento que nos permite transferir y poner en valor los conocimientos adquiridos en el pasado.

Toda inteligencia, aún en sus mínimos atisbos, debería enfocarse hacia entendimientos o actitudes elementales: reconocerse, atender a las intuiciones, analizar la relación con otros, observar y cuidar el mundo natural, determinar un marco de convivencia social, establecer mecanismos de supervivencia física suficientes, recabar y trasladar a los demás las experiencias adquiridas, escuchar con respeto las ideas ajenas. Es decir, desrutinizar con generosidad la vida para avanzar de manera divertida en el bienestar común.

Cada ser racional crea una respuesta genuina a la naturaleza, sin alcanzar a comprenderse a sí mismo en su significativa trascendencia personal e insignificación real ante el universo que le cobija. Su entendimiento único, original, le permite aportar su destreza a los demás y con ello espejarse, referenciarse, entenderse en la otredad.

Es necesario conseguir un cierto equilibrio vital común. En este tiempo global, hay que educar para el deseo, para discernir y ambicionar lo realmente necesario, lo razonable y justo. Si hay que crear una moral, esta ha de ser referencial, válida en lo individual y para lo social, sin atisbos de sometimiento ni adscripción algunos. El que no distingue lo anhela todo -conocimientos, poder y dinero- y se anula en la abundancia de lo inabarcable.

La especie humana ha de preparar su capacidad de asombro, incrementándola, formándola para asumir las incertidumbres por venir, inimaginadas, siquiera sugeridas, intuidas o soñadas, y que han de resultar suplantadoras de realidades anteriores, desmitificadoras, superadoras de utopías diversas. El que espera lo concreto sabe algo que los demás ignoramos.

El mérito puede estar en rehusar a la aspiración de lo que nos parece irrenunciable, imprescindible, adorable. Si queremos saber un poco de la vida tenemos que aprender a desistir de lo banal y a unirnos en lo esencial.

El motivo de la duda es inmenso, inconmensurable, infinito. Su disipación es una revolucionaria liberación que nos compete a todos, sin exclusiones.

La sabiduría aprendida de la experiencia lleva a la única victoria posible: la de alcanzar un estado superior de incertidumbre. Cuanto más conocemos menos reconocemos.

No sabemos nada que no podamos olvidar. Siquiera imaginamos lo que no sabemos.

Hay que alcanzar algunas ideas batidas hasta el punto de una cierta claridad. No muchas. Ha de emocionarnos saber algo de lo infinito

Motor de la inquietud, de la investigación, del saber, del avance… la curiosidad.

Nuestra sabiduría es limitada, un pequeño puzzle con el que construimos un acomodo vital que casi nunca encaja a la perfección.

Fundamentalmente somos lo que no sabemos. O eso creo.

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