SONIDOS DE SADA

EL CALEIDÓFONO

Por J. Javier GARCÍA PENA *

     Quizás nunca lo sepan. Pero fueron ellos quienes, por su envidiable y  acertada elección, inspiraron a mi alma lo que mi mano, obediente, no pudo dejar de trazar.

     Ellos, los “vraneantes”.  “Bañeiros“ de ayer y modernísimos turistas de hoy, sin aparente, sólo aparente, coincidencia de gustos.

     Sin embargo, pese al largo y sorprendente siglo transcurrido, a estos y  a aquellos los movió el mismo atractivo: la esplendorosa belleza de la ría de Sada y su arena…

    Espíritus permeables a la compleja simplicidad de lo genuino.                    

     Por ellos, para ellos…    ¡salud!

Caminando por el arenal de Sada.

      Escucha. 

      Es un secreto, conocido únicamente por los niños de Sada.

      Quizás, cuando crezca, lo olvidaré, como lo han hecho los mayores…

      Bueno…, como te decía: es un secreto, por tanto te lo revelo a media voz.

      En un susurro, casi.

      En nuestra  comarca marinera no oirás el ronco y descomunal cuerno alpino, ni el fragor de los volcanes hawaianos.

      Inútil será que escudriñes el horizonte, intentando atrapar  la inasible transparencia del esmeraldino rayo verde: no lo conseguirás aquí.

     Tampoco la fragancia huertana del Levante; menos, aún, los tañidos de un monasterio tibetano.

     Pero Sada, céltica, romana y cristiana, atesora para ti el más prístino, original e irrepetible sonido creado por la naturaleza, a condición de seguir sencillas reglas.

     Al igual que otras singulares manifestaciones de Natura, ese prodigio sonoro que te revelo se halla presente en toda estación. Pero tiene su preferida: el verano. Elige tú el día.

Sonidos del mar de Sada.

     Ten en cuenta que debe brillar el sol, sin nubes ni viento.

     Sígueme en silencio, con alma y pureza infantiles. Solitario y los pies descalzos.

     Es la hora de la pleamar.

     Ni siquiera sopla la más ligera brisa.

     ¿Has llegado a la veleidosa línea playera, donde duerme el cascajo, sin resaca, sólo cascajo?

     Detente.

     La mar estará, casi imperceptiblemente, creciendo.

     Rumores urbanos, muy amortiguados, llegarán a ti, pero en tu entorno inmediato todo es plácida mudez.

    Tus sentidos se agudizan.

    El yodo y la sal, camino a tu pecho, hacen vibrar los sensores de tu lengua, nariz, garganta.

    El sol reverbera, encandilante,  sobre el avance vivo y lento del agua sigilosa.

    Centellea en tus ojos; a través de la piel de  tus párpados entrecerrados…

    Y entonces, como en un sueño anhelado, el arrullo de la marea, impulsada por los siglos y el eterno rodar de los astros, produce el sortilegio que sabemos escuchar los niños. 

    El que aún escucho.

    La melodía inédita, contenida en el fantástico diapasón formado por miríadas de frágiles esqueletos nacarados de seres que fueron, se resuelve a sonar única, irrepetible, antiquísima.  Atemporal.

    Atesora ese momento.

    A semejanza de un imposible caleidoscopio  acústico, jamás volverá a reiterarse el mismo sonido.

    Ni durante tu vida ni en mil vidas.

    Si  acaso, intentarás atrapar ese momento sonoro mediante un artilugio de ingeniosa alquimia moderna; tan solo lograrás un remedo, una triste copia, como una hermosa y hueca reproducción de la Gioconda. Leonardo creó, para siempre, una.

   El caleidófono original, el genuino, está en Sada, cuando, imperceptiblemente sube la mar…

* J. Javier GARCÍA PENA es de SADA y vive en MONTEVIDEO.

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