SUBLEVACION

Por J. J. García Pena

Ellos, atónitos i desnudos, no pueden sospecharlo.

Pero en el  día  de hoy, 11 de octubre de 1492 (calendario cristiano) los fanales de estas tres gigantescas piraguas que avanzan en la penumbra  recortando sus siluetas contra el cielo, debieran serles  presagio de mal agüero a los naturales destas non sabidas costas. Don Cristóbal recorre, inquedo, la nao desde face un par de días.

Amonesta a su marinería: 

— Estáos alerta i al arma. No ha dos noches vide brillar breves  candelas a estribor i hoy los de la Niña dixeron ver en la mar porción de yerba, una caña  i una pardela nel trinquete.No ha de estar retirada la tierra.

 — ¡También yo vide parecer i fenecer, agora mesmo, a las candelillas! , dixo un mocetón de Lepe.

Con las primeras horas de la madrugada, encaramado en la cofia i escudriñando las tinieblas, oimos gritar ,trémulo de emoción, a Juan Rodríguez, natural de Sevilla , (para todos Rodrigo, el de Triana) : 

— ¡Tierra, tierra!

El prometido jubón ya es suyo. Ansí, dende el carajo de la Pinta, veo abrirse el telón del más poblado (y extendido nel tiempo) aniquilamiento de semellantes.

Por más católico que sea maese Colón, (fasta en lo emblemático de su nome de pila, Cristó-baal, Portador de Cristo), o tal vez por lo  mesmo,  eso  no le impidió apropiarse, antiyer, de seres humanos con la misma ufanía con que agora  se surte de aves i de plantas para la travesía de regreso.

Xuro que vero i sin tacha  es Nel Año del Señor de 1492.

«Los dueños de casa pasan de ser indígenas a ser indigentes»

Pretender interpretar la Historia con los patrones morales y los conocimientos  de hoy, sería, además de tramposo,  absurdo. Porque es innegable que la codicia y mutuas traiciones de unos y  de otros de los involucrados, no podía dar otro resultado más que desgracias en ambos bandos, llevando, eso sí, la peor parte los invadidos  a manos de sus tecnificados invasores.

Nunca fue fácil la convivencia con los recién llegados para los desdichados dueños de casa. Así las cosas, y replegada España en las guerras de independencia americana, sus sucesores no trataron mejor al nativo.

El Viejo Mundo, exprimidas sus tierras de pastoreo y siembra, parecía querer trasladarse en pleno a las vírgenes y ubérrimas tierras «descubiertas» y  usurpadas. Pero en el siglo XIX, en América no bastaba con haber fundado ciudades émulas de París o Madrid y levantado catedrales sobre templos vencidos , ni usado las piedras de las aras de sacrificio como sillares de palacios virreinales. 

Resignada la búsqueda de El Dorado y de Juvencia, los vapores hendían ríos de antiguas fábulas, mientras el ferrocarrii acortaba distancias y espantaba chingolos y chajáes.

El telégrafo hacía prescindibles a los chasquis

Pronto los alambrados matarían la libertad del  gaucho, las carreteras arrumbarían a los últimos baqueanos y los Rémington tumbarían salvajes indomables.

El arado de mancera, imprescindible durante milenios, rápidamente se volvía una reliquia ineficaz, incapaz de roturar las dilatadas tierras destinadas a enormes sembradíos instalados 

sobre las llanuras que, año tras año y palmo a palmo,  perdían los indígenas frente al avance arrollador de los invasores uniformados.

Nuevas maquinarias infatigables, algunas aún tiradas por caballos y bueyes,  empezaban a gemir y toser a puro vapor,   reemplazando ventajosamente al esfuerzo del músculo. La revolución industrial en el Rio de la Plata, y en particular en la extensa Argentina, exigía espacio para crecer. Y espacio había de sobra en América.

Pero, ¡oh, contrariedad!,  tenía dueños ancestrales. Aunque, se sabe, el derecho de propiedad y límites lo fijan los invasores, nunca los invadidos.

En Uruguay,  aunque desde la conquista se les disputaba a los indígenas sus tierras y se les acorralaba, las autoridades dieron por zanjado tempranamente el «problema indígena».

Su primer Presidente,  Fructuoso Rivera, (Frutos para los allegados) a instancias de los afligidos terratenientes, después de la encerrona y masacre de Salsipuedes,  decretó la “persecución de este puñado de bandidos hasta su total exterminio”.   Listo, cambio y fuera.

Cada uno de los  nuevos Estados es dueño «legal» de todo el territorio hasta los lindes con otro estado«huinca», blancos todos ellos. Así lo mandatan sus flamantes  Constituciones… escritas por y a la medida del hombre «civilizado».

Los pueblos originarios reclaman sean respetadas sus tierras de cacería, supervivencia y culto.  Casualmente, ¡oh, destino impío!, son las más adecuadas para una economía basada en la agricultura extensiva y pastizales para rodeos inmensurables.

Llegan a un acuerdo que parece podría prosperar. Intentan enjaular al viento. Confinan en reducciones , (en reservas),  a pueblos que han sido cazadores y recolectores desde siempre. ¡Ni los altos Andes fueron frontera para ellos!  

Entienden y quisieran aceptar el nuevo orden. Pero sus presas no, y deben seguir tras ellas o morirán de hambre. Ya no quedan casi venados de qué alimentarse en las cercanías de sus tolderías. Pero, en cambio,  abundan las vacas y las ovejas…

¡Lástima que las rechonchas «vaquitas son ajenas y las penas son nuestras»! , como denunció, a golpe de verso, el «indio» Roberto Chavero (a) Atahualpa Yupanqui.

El Estado, además de  títulos de propiedad,  tiene escuadrones disciplinados que mantienen a raya y hacen retroceder a los «infieles». Se necesitan más  y más tierras para tanto colono inmigrante.Se hace  imprescindible instalar fortines militares a medida que se les va ganando territorio a las viejas tribus.  

Es la llamada, en Argentina, Conquista del Desierto. Del Desierto Habitado, diríamos hoy Civilización y Barbarie, según la define el ilustrado Domingo Sarmiento.

Fue tan cruel la contienda que, por momentos, cuesta establecer diferencia  moral  entre uno y otro actor.

Los naturales, acosados y aislados por las milicias gubernamentales, pierden terreno y sufren episodios de hambruna. Indigno. Los dueños de casa pasan de ser indígenas a ser indigentes. Indignante.

Sus hábitos y el albur de su trashumancia ancestral tras el rastro de sus presas, no se llevan bien  con los mojones y alambrados civilizadores. La desesperación, el acorralamiento, la impotencia de ver sus tierras ocupadas por gringos y huincas  -el odio, en suma-  los lleva a cometer actos de salvajismo durísimo. Su ferocidad, exacerbada, supera en mucho a la del puma y el yaguareté.

Cargan en «malones» asesinos contra los colonos; roban cuanto pueden  y prenden fuego a los poblados. Tras matar a los hombres e incendiar las casas,  raptan y cautivan a las mujeres jóvenes y a los niños.  Así, una y otra vez. 

Cala tan hondo en la conciencia y en la memoria de los pueblos sureños la ferocidad de esos sañudos episodios, que  la triste suerte de las cautivas  da material al argentino  José Hernández para su Martín Fierro y al poeta uruguayo Juan Zorrilla  de San Martin para alumbrar a su Tabaré, ojiclaro mestizo de cacique  charrúa y castellana raptada.

El montevideano Blanes nos dejó vivos retratos de esas desventuradas mujeres, esclavas del aduar pampeano.Se incrementa la presencia de fortines en los territorios fronterizos con  las tierras de los aborígenes a desalojar. Los laboriosos colonos (puebleros) y sobre todo los “milicos” cuarteleros que los defienden, son considerados, no sin motivo, intrusos profanadores de su Pachamama (Madre Tierra) por los, ahora, rencorosos nativos.

Y a una madre- tanto lo entiende el bautizado como el infiel- no se le ofende en vano. Estamos a fines del siglo XIX. Poco falta para que se baile, también  en  campaña  y en las propias reuniones  cuarteleras,  la nueva danza que, tañida por guitarreros ambulantes, y  bajada de los barcos gaditanos y habaneros, se baila en los puertos .Tiene cadencia de chotís y languidez de habanera.

Pero es procaz y tiene  lascivia y contoneos de candombe afrouruguayo, del mundo negro, ese que nos pinta el oriental Pedro  Figari.

Tal vez por eso,  en los bajos fondos, en los quilombos donde lo acunan , lo empiezan a llamar tan-go. (Los salerosos gaditanos ya tienen sus viejos  tanguillos).

Pasa el tiempo. Pronto estallará la 1-GGG ( 1ra. Gran Guerra Global), cuya crueldad  opacará a la salvaje de entrecasa. Las ciudades platenses  ganan estatus de nuevo rico. ¡Hasta tienen  ascensores!

Montevideo y  Buenos Aires,  pletóricas,  casi ahítas de  inmigrantes, tienen iluminación eléctrica, desplazando  al gas, a las palmatorias, los candiiles y los quinqués. Ya estamos en 1939. La 1-GGG  será  superada por la inminente  2-GGG, más trágica que todas las anteriores.

El cinematógrafo,el tranvía, el teléfono, la radiotelefonía  y los discos, dieron nueva fisonomía y costumbres a las viejas ciudades virreinales.

Una orquesta típica, especializada en ritmos rioplatenses, principalmente tangos, graba un inusitado  estilo campero. En él vemos compendiados todos los sinsabores del choque entre dos mundos en el que ya se podía vaticinar el perdedor.

El  uruguayo director de orquesta, Francisco Canaro, y uno de sus mejores cantores, el argentino Francisco Amor, nos dejaron esta soberbia interpretación de Sublevación.

Abran de par en par  la ventana; asómense cauta y respetuosamente al pasado y, si soportan el hedor a pólvora y carne quemada, comprenderán, entonces, por qué todo tiempo futuro será mejor.

Ya despunta la mañana y en la selva, junto al río, marchan, con gesto sombrio, los indios en caravana, mordiendo el hambre y el frío.

Agobiaos por la miseria van al poblao pa’ que les den un pan.  Enemigos de las casas son, ¡pero el hambre clava su espolón!.

A los gringos les implorarán y pedirán  compasión.

Entre  tanto, a la milicia los puebleros han llamao.  Todo el mundo está enterao; ha corrido la noticia : ¡Los indios se han sublevao!.

Pa’ parar a la sublevación viene, armado a campa,  un batallón.  Y los plomos dentran a zumbar contra los que vienen a implorar.

Y los pobres indios, desarmaos, quedan alli, ¡masacraos!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *