TIEMPO DE NIEVE

La expresividad del paisaje pone aquí remedio a todo…

Cuando los ojos penetran en el territorio quebrado, de fallas que moldearon las puntiagudas cumbres de las altas montañas, fracturadas por los iniciáticos cataclismos geológicos, hallamos la hermosura interminable en la pendiente de vértigo, desde la que se avista el valle profundo.

Un manto blanco cubre hoy la refulgente calma del país mientras se escucha el silencio del río de hielo transparente y la laguna glaciar congela el infrecuentado camino de la sierra.

Estas montañas son la del castro y la palloza. La del bosque encantado de abetos, acebos y tejos, donde habitan el oso, el lobo y el ciervo. La de ladera de soutos y carballeiras antiguas que crecen próximas a las rocas enquistadas en los picos que tocan un cielo de nubes.

El invierno que viene esta semama trae frío, días cortos y tardes de lareira a la vieja aldea de paredes de piedra, techo de pizarra y madera de castaño.

Otra vez cae la nieve sobre el tejado de paja de la palloza y la montaña revive dulcemente aquel cuento de navidad.

Es invierno, ese tiempo en el que nos cautiva el estado más salvaje de la belleza.

El techo de Galicia se viste de blanco intenso, sobre todo en las montañas que, lejos de separarnos, nos unen al Bierzo y a la Asturias de las grandes sierras. Procuramos esta vez el paisaje de nieve en el techo de Galicia. Es  todo un paraíso natural que se contempla en su inmensidad desde la cumbre nevada, que es la que da origen a los ríos y estos, a su vez, a los lagos, que en lo más alto fueron de hielo en tiempos de antiguos inviernos.

Desde los picos de Ancares hasta los de Trevinca podemos viajar por carreteras de montaña de  excepcionales vistas panorámicas, de cumbre en cumbre, descubriendo el trayecto de los ríos, los soutos, las fragas, bosques de abedules, pistas de esquí, lagunas glaciares y antiguos senderos que hoy solo pisan los animales del bosque, espacio encantado y protegido.

Ancares es territorio amplio que nos permite admirar como las rocas graníticas se alzan hacia el cielo desde el suelo verde. Lo que más sorprende es su grandiosidad habitada por unos pocos; que en la serpenteante y asfáltica vereda solo rompe el silencio el ladrido del perro viejo, acostumbrado a los fríos de estas alturas.

Aquí hasta el ganado se toma la vida con calma, como aburrido de sí mismo y harto de encontrar, sin buscarla,  la hierba más sabrosa en el más hermoso de los prados.

Sobre ellos ha caído otra vez la nieve que pone también techo blanco a las pallozas prerromanas que subsistieron a miles de inviernos.

Más allá, Pedrafita  do Cebreiro recibe de blanco al peregrino y desde la aldea medieval, el viento nos trae ya olor a Courel, donde la nieve provocará el canto del agua.

Por el valle, cerca de la devesa y abriendo caminos entre los soutos, bajan los ríos más ligeros provocando el salto del agua fría, espejo del manto blanco del Píapáxaro.

Es un paisaje de leyenda donde se esconden  lugares sin nombre que la sabiduría popular atribuye a mitos del pasado. Hay uno especial, sin embargo, que se oculta entre los matices infinitos de la invernal tarde, cuando el misterio de la luz descubre el agua que se esconde bajo la tierra, como huyendo de ella,  y buscando la magia del agua que hierve en la Buraca das Choias.

De la grandiosidad de la montaña lucense te invito a viajar para recibir el invierno  hasta el Macizo Central ourensano.

Ascenderemos  a los picos de la sierra santa, por Arnuiz, hasta llegar a la de Queixa,  a la Pena Negra y a la Pena da Lebre desde la que se divisa ya el lago de Chandrexa.

Hay una ruta de ensueño que nos lleva hasta la nieve domesticada de Manzaneda, estación de esquí.

Nos situamos en lo alto de la Cabeza Grande, a casi dos mil metros de altitud. Desde aquí se respira el aire puro de la montaña y se contempla el paisaje infinito de rocas esquistadas en los valles que conforman los espacios naturales de la sierra de Queixa-San Mamede.

Pero hemos de seguir el trayecto de los que prefieren el esquí de fondo hasta el Parque do Invernadoiro. Un trayecto en el que se suceden los espejos de los lagos que el hombre creó para el aprovechamiento de la energía, embalsando los ríos. Tras atravesar las montañas de Vilariño de Conso y los valles glaciares, aparecerá ante nosotros el paisaje del gran Parque, por el barranco de Guasenza.

Llegados a este lugar avanzaremos un poco más para tocar techo en la montaña común, la que nos une y nos separa del Bierzo, tierra hermana que conserva el acento gallego. Subiremos a Peña Trevinca.

Esta es la perspectiva que más me seduce; las cumbres están llenas de blanca soledad y el tiempo transcurre libremente en el más profundo de los silencios. Desde la Peña de las Nieves la vista alcanza el tejado de pizarra del refugio, la pequeña aldea y los valles profundos ocultos bajo la niebla. Estamos en la frontera de belleza serena a la que la montaña aporta una especial atmósfera de quietud, de calma…

En este lugar hay una fuerza telúrica escondida en las cuevas de los picos escarpados que la leyenda atribuye a la existencia de dragones, los que –según dicen- marcan aquí la llegada de las estaciones, desde mucho antes de los cataclismos geológicos.

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