TIEMPO DE PRODIGIOS

Por Alberto Barciela

Vivimos sucesos extraños que exceden los límites regulares de la naturaleza. Virus matadores, aportaciones exageradas de la técnica, sueños tangibles, novedades exaltadas alteradoras de vidas y haciendas. Se está modificando incluso lo racionalmente admisible.

Entiendo que la sensación es asimilable a las irrupciones como el vapor, el tren, el telégrafo, la electricidad, el coche, la radio y la televisión, el teléfono o el fax. Ahora, la oferta de casi milagros se ha multiplicado. No hay móvil cuyas prestaciones no se superen cada día previo pago de un precio equivalente a un salario medio, ni televisor que no adelgace y se recoloree para acoger programas de plataformas con contenidos de la más diversa índole, normalmente violentos. Desde hace años se anuncian coches sin conductor, taxis aéreos y drones que vuelan sin pestañear. La fábrica de maravillas parece que no se detendrá, ni por salarios ni por cotizaciones, con la llegada de robots sin mascarilla, que muy pronto nos anunciarán que son felices a su manera y que se desenvolverán en un estado de aparente grata satisfacción espiritual -programada- y física -si así podemos referirnos a cables, chips y otros artilugios-. Cuánto pensaron los griegos para, finalmente, lograr la dicha de las máquinas.

¿Y el ser humano?, ese que nos proponían como racional, comprensivo, sensible a los infortunios ajenos, consumidor anhelante y creador ambicioso. ¿Será el dios mínimo de los robots o su víctima? ¿Y la familia? Asumirá más elementos distrayentes de la convivencia o se conformará con incorporar nuevos dispositivos electrónicos cada vez más sofisticados. ¿Y la sociedad? ¿Dejará de ser alta y baja y se comunicará exclusivamente telemáticamente, sin salones ni corrillos ni bares ni restaurantes ni citas a ciegas? Y los valores, o las ideologías, o la democracia, o la amistad, o la cultura, o el humor, ¿perdurarán en modo cambiante?

La inverosimilitud de los alcances humanos no parece conocer fin, la de los robots no sabemos hasta dónde podrá adelantar, sobre todo si valoramos su carencia de moral, de ética, de referencias. La aceleración exponencial de la vida conoce sus tiempos tangibles en la naturaleza, en el ir y venir del sol, en el crecer exacto de las plantas, en la sucesión de infancia, adolescencia, madurez, vida y muerte o, con sencillez, en las abejas y en sus panales y mieles.

Hasta ahora hay que considerar que la eternidad terrena corresponde a las máquinas. A este paso, el ser humano se terminará sin emoción, pues los artilugios no sufren ni soledad ni espanto y por lo mismo no sabrán corregirse, como nosotros tampoco sabemos descrear, desinventar, desacelerar un progreso que nos concluirá sin mérito. La posteridad cada vez durará menos. El día que lloren o simplemente se emocionen, las máquinas, es un decir, lo harán por los humanos.

Ante los mundos subjuntivos, ahora virtuales, inespecíficos, no verificados o no experimentados, tendremos que hacernos alguna pregunta: ¿Vivimos tiempos de prodigios o de vulgaridad creciente? La respuesta necesariamente ha de ser ambigua, lo uno no empece a lo otro. La vulgaridad es una fuente inagotable de inspiración, brota fácil e inunda. Los prodigios emanan de la inspiración, de la educación, del trabajo, del esfuerzo, son escasos en número y sutiles.

Tengo la sensación de que los seres nos vamos robotizando, el ejemplo lo encuentro en los automatismos que nos llevaron a los balcones para aplaudir a los sanitarios, médicos, enfermeras, científicos, responsables de centros geriátricos, fuerzas de seguridad, hosteleros y tantos otros que siguen jugándose su vida cada día para que esta puñetera crisis de salud no nos convierta en una estadística de muertos y seres con graves secuelas. Ellos, los ya olvidados, siguen siendo el prodigio de cada día. No son robots y necesitan afecto, reconocimiento, ánimo y, por supuesto, medios y vacunas. No obstante, no caigan en el seguidismo, dejen los balcones para los geranios, y demuestren a los referidos profesionales su admiración con comportamientos educados en los centros sanitarios, con mensajes positivos, con entendimiento de sus limitaciones, con el cumplimiento de las disposiciones. No son robots y aunque parezca que los hacen todos los días, para los milagros necesitan algo más de tiempo y toda nuestra comprensión y apoyo. Para ellos, gracias, y para ustedes ánimo. Entre todos, con respeto, saldemos adelante. Ya llegarán los robots, que bien utilizados serán muy útiles.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *