TIEMPOS DIFÍCILES

Por Alberto Barciela

En los tiempos del Procés, el Brexit y las Fake News, de las nuevas masas, tan aborregadas y aberrantes como siempre, de las toleradas dictaduras de base democrática, de las mafias, de las maras y del terrorismo generalizado, el manicomio global no parece fácil de entender y aún menos de manejar con cordura.

Las virutas de esperanza se desprenden de las columnas que sostienen las cabeceras de cierta credibilidad, que, no obstante, balancean su supervivencia sobre las redes de un mundo interconectado y de una economía a punto de implosionar. Como decía Arthur Miller, “un buen periódico es una nación hablándose a sí misma” y entre el abundante blanco y negro, en las acreditadas opiniones de radio o televisión, debemos buscar esa verdad que se impone de manera responsable a la abundancia de mensajes espontáneos de las redes. Permitan comenzar por romper esta lanza en favor de la credibilidad y la profesionalidad de los medios, aun aceptando que no pasan por su mejor momento, como muchos dicen.

La sociedad mira con asiduidad hacia otro lado y no sabemos hacia dónde. La patera global naufraga y las señales hacia el refugio de una crisis medioambiental indican Marte. Se necesitan referentes y líderes en vanguardia, con sentido de Estado y entendimiento universal. Aún hoy, tras siglos de Historia ejemplarizantes, el ser humano no ha superado el ansia de poder para imponer un ego, unas aspiraciones alejadas del bien común. Quiere servirse incluso de las urnas para imponer una superioridad superficial, aparente, temporal y, habitualmente, hacerse rico con su entorno. Cuando no se lo permiten los votos, no duda en obtener sus aspiraciones por la fuerza bruta, por medio del engaño, incluso provocando guerras. Y lo raro es encontrar gestos de conmiseración, de entendimiento de los demás. Lo extraño es topar ejemplos como el del primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed Ali, galardonado con el Premio Nobel de la Paz 2019 por sus esfuerzos para alcanzar la armonía y la cooperación internacional, y en particular por su iniciativa decisiva de resolver el conflicto fronterizo con la vecina Eritrea. Su ejemplo se diluye en medio de millones de noticias sobre corrupción o miserias humanas.

Ahora, las informaciones desestabilizantes se construyen con teléfonos móviles. Hoy, se mezclan todas las habilidades, se hacen confluir todos los datos para hacer creer a los generaciones más preparadas de la Historia, a las que gozan de mayores recursos económicos y materiales, que son ellos los que deciden lo que ha de suceder a cada instante y que pueden influir en lo que ha de cambiar en segundos para que sus caprichos irreflexivos o sus teóricas ansias de Justicia se cumplan. Todo semeja un movimiento asambleario permanente, con líderes instantáneos que imponen una verdad en un aparente estado social de bienestar que ha de durar lo que dure, aunque sea nada. Sin convencionalismos, pues para ellos el tiempo ya siquiera es tiempo, ni tampoco sirven las referencias, la experiencia o las leyes consensuadas. Tropelías mil se imponen como criterios generales de opinión pública cierta, contrastada y que, a la postre, representan resultados fatales para la masa, la misma que fundamenta el populismo que la autodestruye.

En algunos casos, puede que tengan razón y es evidente que hay que cambiar muchos entendimientos; pero los métodos han de canalizarse con prudencia, con procedimientos de la insuperada Democracia, el menos malo de los sistemas aplicables hasta ahora.

En la política anterior, los sucesores reducían a escombros los méritos de los antecesores y, poco a poco, las biografías prefabricadas por los nuevos líderes sustituían a los méritos de los anteriores.  La verdad nunca ha pertenecido a nadie en concreto, pero al menos por un tiempo se respetaba alguna certeza que facilitaba la convivencia. Ahora, una teórica intuición popular encuentra lo verosímil incluso donde no está. Entiende y proclama; nada de proponer o sugerir. Así crece esa otra realidad que existe por el solo hecho de ser contada, de expresarla. Y con ella nace la notoriedad, el relieve de los líderes provisionales, los intelectuales pagados de sí mismos y por regímenes dictatoriales, las medias verdades.

Hoy, la creatividad canónica no es perdurable, la calidad no se exige ni se contrasta; todo nace y muere en el manantial espontáneo de la cotidianidad. Con ello vencen las estrategias mejor concebidas, no las que propenden a la estabilidad y al bienestar general. Es lo caliente contra lo frío, lo pasional frente a lo racional, la improvisación sobre la estructuración, la guerrilla frente a los astutos generales, la fuerza de la debilidad contra la debilidad de la fuerza. Y así, todos salimos perdiendo.

Las derrotas se dibujan con tachaduras negras, rápidas, inmisericordes. Las victorias requieren la reproducción pausada del retrato, con medallas abundantes al mérito individual,  ejemplar, mitificable, transmisible por generaciones. La victoria de lo inmediato es una derrota segura en el medio plazo.

En estos tiempos vulgares, lo importante es ganar, el cómo es lo de menos, y después, administrar la victoria, por pírrica que sea, por un lapso. Hay quien se ha atragantado de avaricia repartiendo botines o resbalando en champán sobre el mismo podio de su escaño. Las horas dulces de la historia común duran el tiempo justo en que se descorcha la botella. En la inmediatez, se olvidan.

Los pueblos son inclementes. No hay fracaso colectivo -la masa no percibe, es seguidista-, pero sí padece la suma de pequeñas frustraciones. Es cierto: la soberanía popular pisa la calle, por inculto que sea el pueblo; mientras, los políticos pisan mullidas alfombras, pensando en cómo diluir sus responsabilidades ante los ciudadanos. El liderazgo real, el submundo intelectual, se ve ocupado por los nuevos hechiceros, farsantes, fanáticos sin verdadera responsabilidad, pues no han de responder siquiera a una ideología o a unos valores morales.

Como en otras épocas que es mejor no recordar, el estilo personal, el liderazgo y la notoriedad han sustituido a la responsabilidad y al sentido común. Reputaciones falsas, falaces, se aúpan en el regazo del poder con su manojo de ideas dispersas, amamantadas por el dinero público. Ante ellos, la mayoría del conjunto no es que viva fascinada, es que actúa como pasmada.

¿Cómo y cuándo saldremos de este atolladero, de este laberinto social que tiene su base en la instrumentalización de los más? No podemos incidir en lo incierto, seguir perdidos en la jungla contaminada. Tras no pocos malentendidos entremezclados, abundantes incongruencias, muchos escombros y graves heridas, hemos de esquivar todas las dudas, gestionar la incertidumbre, esclarecer el sistema que nos permita convivir en democracia, con separación de poderes y respeto entre los mismos, con capacidad de adaptar la legislación a los tiempos y de contar con gobiernos honrados, transparentes y eficaces.

Lograr una mayor fortaleza institucional es una labor que nos atañe a todos y que pasa por asumir la oposición y la crítica leal. Somos ciudadanos y, antes de la acción desmesurada, ha de surgir la reflexión, el diálogo y la última palabra. La verdad está ahí y no tiene precio, salvo la vida o la libertad. La revolución quedó aplazada y ahora, como siempre, somos quien de morir o reaccionar. Y esto último, creo, es la única alternativa.

Los medios de comunicación deben seguir asumiendo su papel fundamental, en un ahora en el que la información no contrastada forma parte de un circo en el que nunca nadie se ha subido al trapecio. Y los políticos capaces deben reivindicarse más allá de los Tribunales. En todas las sentencias hay ejemplaridad, exceso y limitación. En lo humano son desbordantes, en lo político persuasivas, e insuficientes para restablecer un mal causado. No es cuestión de opinión.

Ahora, pienso en el mal que el Procés ha acarreado a la imagen de España, y a la seguridad, la paz y la economía de los catalanes. Quizás es que en nuestro país no hemos encontrado a un Abiy Ahmed Ali. No lo sé, solo soy periodista, como Anna Batllebò, una buena catalana, política y posiblemente un ejemplo del talante con el que sería posible superar estos tiempos difíciles.

(3) Comentarios

  1. Totalmente de acuerdo. Si nos preocupáramos menos de las redes sociales y de algunos digitales estaríamos mejor informados. Aunque tengo la impresión de que hay medios de comunicación que se han vendido a intereses espurios. Se les nota.

  2. Hilda Martínez - Barcelona - Responder

    Los medios de comunicación, todos, incluidos algunos de los grandes del mundo, tienen mucho que ver con lo que pasó todos estos días en las noches de Barcelona. Han sido el altavoz del vandalismo y produjeron un efecto llamada a todos los sin ley de Europa. Ahora ya los tenemos aquí: además de jóvenes catalanes que no saben donde juegan, fascistas italianos, antisistema franceses, ultras holandeses, jovencitos austríacos adoctrinados para la destrucción, vascos nostálgicos que añoran la kale borroka… De todo esta calaña tenemos estos días en Barcelona, aunque algunos ya figuran entre los detenidos por los Mossos y la policía del Estado. Si no salieran en la tele no vendrían y estoy segura de que esos jóvenes catalanes no se atreverían a destruir su ciudad (como están haciendo) ellos solos.

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