TIEMPOS NUEVOS

Por J.J. García Pena

A Melina 

Usufructuando  una beca que sus excelentes notas merecieron, se quedaría todo un año en el extranjero para hacer ese posgrado que le abriría las puertas de la  independencia y solvencia que anhelaba alcanzar.  Ana nunca había tenido novio. Ahora, al considerar la cara, las finas manos y la educada voz del juvenil becario, percibió por primera vez la suave gentileza que, sin saberlo, había estado esperando hallar en un hombre.  

Alejandro, para todos Alejo, se aficionó a encontrarse con su imprevista vecina cada tarde al volver de sus estudios en la Facultad. En menos de un mes se tornó  inocultable el  cómplice compañerismo nacido  entre los felices jóvenes. Ambos disfrutaban del mutuo gusto por la misma corriente musical.

El tocadiscos de Ana era  el altar sobre el que ambos se inclinaban a adorar a los dioses de su generación.  Alejo solía proveer  los últimos “hits” del momento. Entre éstos, los preferidos de ambos eran los llamados “ lentos”, inspiradores de romances noveleros. 

Un martes, luego de la Facultad, Alejo, alegre como si hubiese encontrado oro, apareció con el último lanzamiento de Los Beatles

—- ¡Tienes que escucharlo, Anita! ¡Este disco hará historia!

Entre pausa y pausa, Alejo iba traduciendo del inglés, para su amiga, las frases más significativas de cada tema“Ese chico se llevó mi amor…”  “Ella te ama…”

Fue al término de la audición completa del disco, más la  triple reiteración de  This boy,  que Ana acercó, con cautelosa delicadeza, sus virginales labios a los del joven, sintiendo, por primera vez en su vida, la dulce tibieza de una boca  cerrada sobre la suya entreabierta.

No duró mucho el furtivo contacto. Sorprendido, Alejo la separó con suavidad  y la quedó mirando fijamente, con una seriedad impropia de su alegre carácter. Siguiendo un impulso, la abrazó con exquisita dulzura y pronunció la frase que ella estaba esperando desde que lo vio por primera vez, hacía ahora un mes justo: 

—- ¿Quieres ser mi novia, Anita?

Una sonrisa de infinita felicidad, sellada con un segundo beso renovado, hizo innecesaria la respuesta.

Los meses transcurrieron y el año lectivo terminó sin más novedad que la esperada por el becado: por fin tenía su título universitario que le permitiría labrarse un porvenir en cualquier lugar del globo.

Una cálida noche cercana a ese fin de año, Alejo, con extrema ternura no exenta de firme convicción, le anunció a Ana que, tal como lo tenía  previamente concertado, regresaría a su país.

No podía garantizarle un pronto reencuentro

—- Ni siquiera un reencuentro a secas, si he de serte totalmente sincero.

Con tristeza le dijo que todo dependería “de cómo se desarrollase su vida laboral de ahí en más”.

Ella le ofreció desconsolada…

¡Yo te seguiría a dónde fueses, mi amor!

—- No es posible, Ani…  A partir de ahora, para mí, todo es una incógnita que puede tomar rumbos insospechados. Tal vez… si en un tiempo razonable puedo establecerme y ganar lo suficiente para ambos, volvería a por ti…  Pero es mejor que te hagas a la idea de que puede pasar mucho, mucho tiempo. Tanto, que tal vez decidas no esperarme. No sería justo para ti y…

No le creyó, pero fue inútil insistirle en que le descubriese la verdadera razón de su alejamiento sentimental, a todas luces definitivo. Eran evidentes las evasivas y sinrazones esgrimidas por el novel diplomado.           

Antes de partir, Alejo puso en manos de su novia un long-play recién comprado, idéntico a aquel usado que él se llevaría. La dedicatoria, de cuatro palabras y una fecha, estaba rubricada con el íntimo diminutivo que la chica había inventado para susurrar al oído de su primer amor

 No te olvidaré.  Tu  Ali. Xx de enero de 196x.

Su natural simpatía y finos rasgos, virtudes destacables  aún entre sus abundantes y frecuentes lágrimas, no pasaron inadvertidas para  un muchacho bueno y laborioso, pero que  carecía, por completo, de la ternura que tanto la había atraído en Alejo. Tenía las manos toscas y fuertes. Ella las sentía ásperas al contacto con su piel delicada. 

A comienzos del noviazgo ella debió disculparse dos veces,  ruborizada, por haberlo llamado Alejo en el transcurso de alguna  conversación banal.

—- Necesita tiempo, lo amó mucho- , la justificaba, entre ofendido y apenado. 

 

Cuarenta y seis años habían pasado desde la desaparición de Alejandro.

En ese casi medio siglo, Ana se habituó a las  fuertes manos de su esposo, crió los hijos de ambos y  enviudó sin revelar a nadie que jamás olvidó ni dejó de amar a Alejo.  Llegaron los años de retiro y soledad de viuda, rota cada tanto por la visita de sus hijos y nietos. 

Inteligente, independiente, activa y aún bonita, disfrutaba de  la solvencia económica arduamente conseguida en años de mancomunión con su honrado esposo. Luego de los quehaceres diarios y sola, le sobraba tiempo para sí misma. 

Fue por  entonces que decidió ingresar en el mundo de la ciberinformación.  Hábil, en poco tiempo de autoaprendizaje dominó los rudimentos y hasta los refinamientos de la búsqueda en Google y Facebook, entre otros usos de su  ordenador.

Se hizo experta en localizar, con el mínimo de referencias, los más recónditos destinos de familiares lejanos y ex compañeros escolares y laborales, cuyo rastro había perdido desde hacía años, hasta lograr  comunicarse con ellos.

No supo explicarse si lo premeditó o llegó, involuntariamente, a esa página de Facebook plagada  de alejandros.

Cuando terminó de teclear el nombre y los dos apellidos buscados, no pudo controlar el desboque alocado del corazón que agitaba  visiblemente su pecho. La pantalla le devolvió una lista de varios Alejandros Fulanos de Tal de distintos países y edades. Volvió a filtrarlos por caras y profesiones. Desechó, sin dudar, dos de los últimos  tres desconocidos  y se encontró, cara a cara, con la de aquel que un lejano día decidió vivir  sin ella. 

Poco le costó recrear la faz que debería ser la de su añorado novio juvenil.

¡Sí, era él! ¡Alejo,  su adorado!

La miraba inmóvil y sonriente con el pelo totalmente blanco, pero sus rasgos envejecidos aún lo hacían asimilable al muchacho que la enamoró con su dulzura y manos de pianista. 

Cliqueó sobre los datos, las fotos, los contactos de red y las referencias que en la página se encontraban.

– ¡Sigue escuchando a los Beatles!-, exclamó emocionada.  

Pero de inmediato, entre la abundante y confirmatoria información, se le clavaron en su agitado pecho dos puñales: Estado: Soltero. Relaciones: Interesado en hombres.   

Quedó petrificada. ¿Por qué nunca lo había supuesto?

Entonces, incontenibles, ardientes, rodaron las lágrimas de Ana, tan o más abundantes que las que derramara hacía casi cincuenta años.

Más tarde, ya serena, a golpe de ágil tecla recorrió los nudos de la red hasta dar, entre ellos, con el e-mail de su eterno novio.

Escribió, resuelta y arrebatada de amor:

 Ali, amor único de mi vida: ¡Quién diría que te encontraría por facebook!  ¿Recuerdas “She loves you”? Si no vienes, iré yo a por ti. Ya solo necesito tus abrazos.

Estamos en otro siglo y la vida son tres días. Tu Ani.

Apretó Enviar y, dando un profundo suspiro, se dispuso a esperar la respuesta.

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