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Al principio, Vigo era un castro desde el que se veía el horizonte atlántico más allá de los faros. Hasta él se fue encaramando la ciudad nacida del mar, porque, ya se sabe, es hija de Neptuno. Por eso Vigo, posee cien balcones para perseguir el agua vibrátil, de oro y plata, calmosa y profunda, de su hermosa bahía… por la que aún navegan los recuerdos de ola en ola.

A Guía, Monte Alba, Galiñeiro, A Madroa, Domaio, O Facho… son balcones naturales para contemplar la grandiosidad de la belleza marinera.

Atardecer en Samil

ESPIRAl celta

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