UN APLAUSO DE PAPEL

Por Alberto Barciela

Esta dura etapa de la vida nos está demostrando que la misma se compone de tantas cosas, de tantos otros y de tantos rotos, que nuestros amigos y los amigos de nuestros amigos ensamblan el puzzle inexacto de verdades convergentes, complementarias y, a veces, contrapuestas que nos enriquecen con sus matices. Vivimos manejados, enredados, combinados, distorsionados y admirados de cuantos sostienen con su ejemplo los servicios esenciales: sanitarios, militares, policías, conductores de ambulancias, funcionarios, periodistas, informáticos, empleados de la industria de la alimentación, higiene, funerarios, religiosos, etc. Antes necesitábamos trabajadores, ahora son héroes.

La tragedia tiene rostros y muchos corazones anónimos, los de personas que se juegan literalmente su salud y subsistencia por atender a las nuestras, por acompañar hasta el último momento a las víctimas, por encontrar una sonrisa para animar a quienes han de consolar.

Estos días la solidaridad ha sido una nota dominante: ancianos que han cedido sus citas en urgencias para que atendieran a jóvenes, personas con enfermedades graves que han renunciado a sus tratamientos para que pudiesen funcionar mejor las urgencias, vecinos que se han ofrecido para hacer la compra a personas solitarias de grupos de riesgo, empresarios que han pagado respiradores o mascarillas o que se han resistido a hacer ERTEs en sus empresas -no es una crítica a quienes se han visto obligados a hacerlos-, y así hasta completar una larga lista en la que destacan personas como Amancio Ortega, Juan Roig y tantos otros. Hospitales, clínicas, supermercados o tiendas de campaña del Ejército se han convertido en los centros neurálgicos de la sociedad.

Sobre la bondad, contaba una anécdota deliciosa Facundo Cabral. Decía el cantautor, poeta, escritor y filósofo argentino, vilmente asesinado: 

Alguna vez me preguntó mi madre: ¿cuándo vas a dejar de pelear para comenzar a vivir?, ¡porque no se pueden hacer las dos cosas a la vez!. Mi madre creía que el día del Juicio Final el Señor no nos juzgará uno por uno -ardua tarea- sino el promedio, y si juzga el promedio estamos salvados porque la mayoría es buena gente. El bien es mayoría, pero no se nota porque es silencioso -una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye, hay millones de caricias que construyen la vida-. Diría mi madre: Si los malos supieran qué buen negocio es ser bueno, serían buenos aunque sea por negocio”. 

El trueque de afecto, de generosidad, se ha impuesto. El comercio, la transacción, la permuta de cariño, el respeto, se han impuesto en casi todos los ámbitos, incluso en esos aplausos de balcón que suenan como ovaciones de verdad para quienes representan la fraternidad más oportuna. Yo quiero aclamar hoy con las palabras a todos ellos. Este es mi aplauso de papel.

El bien del público- de esos a los que los malos políticos nos califican como masa-, se ha impuesto sobre la gestión de lo público -salvo raras y muy plausibles excepciones de todos los colores-. Hay quien no ha se ha comportado a la altura, por incapacidad no ya de gestión sino de generosidad, de entendimiento, de humildad, de contar con los mejores -hombres de Estado, se dice- y con el consenso para solucionar una de las mayores crisis de la Historia española y mundial. Créanme, acabaremos conociendo el trasfondo y no nos va a gustar.

Los muertos son siempre demasiados, pero puede que esta vez la irresponsabilidad de algunos advenedizos, democráticamente elegidos, su desconocimiento e impericia, su imprevisión, su quedar bien con quien nos conviene -lo digo entre otras cosas por la manifestación del 8 de marzo- ha podido rebasar los límites de la decencia y de la ética. Qué bien habría sido celebrar el Día Internacional de la Mujer en las redes, qué moderno y acertado, y cuantos contagios se habrían podido evitar.

España está tocada pero no hundida. La componemos seres humanos humildes y afectuosos, la mayoría con profundo respeto por las instituciones, por la familia, por las tradiciones. Desde 1975 hemos convivido pese a ETA y a los atentados yidahistas, hemos salido adelante frente a golpistas, bajo gotas calientes y frías, afrontamos crisis económicas, una corrupción intolerable y movimientos rupturistas intolerantes. Fundamentalmente, estuvimos desgobernados por una clase política innúmera -hay quien cita más de 400.000- que ha ido perdiendo en calidad democrática y, lo que es peor, humana. Pese a todo, no les quepa duda, nuestra gran nación saldrá adelante, si es preciso tras volver a la calle para decir: Ya está bien o Hasta aquí hemos llegado o Basta ya, o lo que se le ocurra al más sencillo e imaginativo de los ciudadanos. Pero algo habrá que hacer dentro del respeto y el orden, considerando a todas las ideologías salvo a las anticonstitucionales -y aun así se les debe escuchar-.

Tenemos hombres y mujeres de Estado -Felipe González, José María Aznar, Mariano Rajoy, Ana Pastor, Anna Batllebó…-, pensadores brillantes, hombres de Universidad excelsos, gozamos de grandes empresarios y profesionales en todos los ámbitos. Hemos de apoyar, unir y recuperar a los jóvenes españoles dispersos por el mundo, reconsiderar el papel de los medios públicos para que garanticen la imagen exterior de nuestro país; hay que relanzar con urgencia al sector turístico -representa el 12,5 del PIB y el 13% del empleo- y, fundamentalmente, hemos de pedir un Plan Estratégico del Estado Español a quienes pueden elaborarlo con garantías, pluralidad, apertura de miras y conocimiento.

La revolución será entender la nueva economía en un escenario mundial absolutamente distinto y en cambio permanente. Esto es a lo que tendremos que hacer frente desde la concordia cuando la calma nos permita rezar por los muertos.

(6) Comentarios

  1. Me uno a vuestros aplausos todos los días a las ocho aunque también os digo que soy el único de mi calle. Así que no todos somos iguales ni pensamos lo mismo.

  2. Eso, todos los aplausos deberían ser de papel o con papeles, que ya está bien de que algunos monten un espectáculo en sus terrazas y balcones como si fuesen artistas.

  3. Si os que teñen que arreglar o país son Rajoy, Aznar ou González vaiche boa. Na miña lembranza ainda están os «hilillos» do Prestige e mais os recortes da crise, principiando pola sanidade. Tampouco esquecín a guerra de Irak na que nos meteu o que se afeitóu o bigote e nin xiquera a corrupción dos tempos de Roldán. Vamos, que son unas xoias de moito carallo. Deixate de coñas, Barciela.

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