UN KILO DE AZUCAR

Por J.J. García Pena

Esa mujer mayor lo intimidaba. Por eso trataba de esquivarla cuanto podía. Pero podía poco. Debía acercarse a ella cuando, en su función de chéchépibe,  distribuía los cajoncitos petisos y compartimentados del Proceso Número Tal o Cuál, que él  mismo había preparado en la Sección Depósito.

Los repartía a lo largo de aquella mesa alta y  kilométrica de la Sección Armado. Sobre ella, esgrimiendo alicates, soldadores y estaño, se encorvaba una veintena de diligentes operarias  en la cadena de producción de televisores y equipos de audio. 

Concentradas en sus pensamientos (a veces en sus lágrimas) o tarareando las canciones y  las músicas emitidas por los altavoces en serie, las ágiles trabajadoras

soldaban hilo con hilo

y no sabían por qué

va el siete con el cinco

y el cuatro con el tres»

tal  como las inmortalizaría, magníficamente, Joan Manuel Serrat en la década siguiente.

Al jovencito lo cohibía especialmente la voz,  un tanto hombruna,  de Rosario. ¿Sería una «machorra», como injustamente se les discriminaba, por entonces, a las mujeres poco femeninas? Sus preciosas piernas, caderas y busto  generoso, aventaban toda duda. En realidad, más que el timbre de su voz,  le ponía nervioso aquella forma tan desprejuiciada de hablar.

Alzándose  por sobre el nivel  de los parlantes que  intentaban amenizar las horas de obligado sedentarismo de la línea, aquel vozarrón temido lo dejaba en pública evidencia, haciéndolo sonrojar como al adolescente imberbe que era.

Ché, pibe: aflojále a la paja, ¡mezclaste resistencias de 100 ohmios con otras de 920 ohmios!

En esas ocasiones – pocas pero lacerantes- el muchacho quisiera que el piso se abriera y desaparecer, de súbito, en la grieta catastrófica. Algunas compañeras  -generalmente las más próximas aunque no tan procaces como Rosario- festejaban la soltura de su lengua.

La mayoría, sin embargo, fingía no oír, sintiendo piedad por el jovencito.  

– ¡Glup! ¡Trágame, Tierra! , se decía éste.

No obstante, el ndido zagal pronto comprendió que «la vieja Rosario» lo estaba «toreando». Se dio cuenta cuando, sin que ella lo notase, la descubrió cuchicheando con una de sus vecinas de mesa. Captó y entendió el final del diálogo interrumpido:

 ¿Y qué? Mejor para mí si  es  tiernito, nena.

La conversación se cortó de golpe y Rosario se lo quedó mirando con una nueva mirada. Al día siguiente, con una desconocida voz baja, «la vieja»  le disparó, a quemarropa, un

Ché, pibe, ¿Te gustan las mujeres?

A pesar de la sorpresa, con la boca repentinamente seca y en un hilo de voz, el niño atinó a contestar.

—- Si, señora, mucho.

Le dijo mientras  observaba, por el rabillo del ojo derecho que Rosa,  la encargada de la Sección, simulaba no percatarse del «encuentro».

Rosa temía  a Rosario. O a su locuacidad, que era lo mismo.  

¡No me digás señora, botija, no soy una vieja, ché, tengo veinticinco años!

Rosario alzó  la voz, lo suficiente como para que su vecina de banco la mirara  y, cómplice, sonriera.  

Bueno… veintiséis, pero recién cumplidos, ¿Támo?¿Vos cuántos tenés?

Quince. señ…

– ¿Ya conocés el kilo de azúcar?

Cualquiera conoce un kilo de azúcar…

Yo no te dije Un sino El  ¿Lo conocés o no?

No sé a qué se refiere, señ…

Tuteáme pibe, no seas tan pajarón. ¿De dónde saliste? Ya veo que no sabés un carajo de nada.

La vecina, sin levantar la cabeza de su trabajo, escuchaba atentamente.

Escuchá, chiquilín. Si te encamás con una mina -y mejor con dos-, (la vecina levantó la vista y le sonrió) después de bañarse y todavía mojados, le espolvoreás un kilo de azúcar por todo el cuerpo, especialmente ahí abajo, ¿Entendés?  Ella te hará lo mismo a vos. No debe quedar ni un grano de azúcar en las pieles al terminar de lamer ¿Entendiste? Cuando quieras probar, avisános

La vecina levantó la vista y sonrió complaciente.

Esa noche, el incansable pero cansado gallego Manolo, desde el mostrador de su almacén (todos los almacenes y bares de Montevideo tenían un Manolo o un José como dueño) formuló, por enésima vez en la jornada, la gastada pregunta

¿Qué vas a llevar, rapaz?

Y el rapaz estrenó una  respuesta para ser envuelta en papel de estraza .

—– Déme un kilo de azúcar, don Manuel.

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