VENEZUELA EN MI CORAZÓN

No sé de ellos. De mis amigos de Caracas, a los que recuerdo especialmente ahora, no sé nada. Mi número de empresa hace ya algunos años que murió porque me lo mataron y con él se fue para siempre la memoria de los celulares de algunas de las personas que mas estimo.

Con ellas pasé horas inolvidables alrededor de un palo, aquí y allá, cuando los tiempos permitían las celebraciones, aquellas a las que nos aferrábamos. Ahora que no bebo alcohol me agarro al recuerdo de los días ochenteros para suponer que la gente sigue bien,  a pesar de ese río de lágrimas que discurre por las calles de la capital.

Esta Venezuela tan gallega tuvo muy mala suerte con sus gobernantes. Más de la mitad salieron corruptos a pesar de que algunos incluso presentaban buena pinta. En mis andanzas por Caracas tuve oportunidad de conocer a un presidente amigo de un amigo mío y tras aquella comida llegué a la conclusión de que los políticos, en cuanto pisan la moqueta del Palacio, se creen dioses mayores con poder sobre vidas y haciendas. Muchos robaron a manos llenas y otros siguen robando.

Esto que te cuento no es novedoso en las Américas de nuestros emigrantes pero me temo que lo peor aún está por llegar.

Esta mañana, en la que el sol lucha por abrirse paso entre la niebla del verano postrimero, veo cierto símil climatológico con la situación en Venezuela. Aquí, en mi aldea, la mayor parte de los días, la niebla de la noche se va unas horas después de la alborada, pero hay lugares en la Galicia profunda en los que has de vivir entre la bruma meses enteros. Por profunda entiendo esta vez esa parte del país que está metida en una hoya, como por ejemplo Mondoñedo.

Pues bien, Venezuela está toda en una hoya, sumida entre la espesura de la niebla política y ya no ve el futuro. Por las fronteras próximas huye de él la parte más humilde de la población desfavorecida. Otros, los mas pudientes, salieron pitando tiempo hace. Algunos incluso conviven aquí, con nosotros, a la hora de la partida de tute.

El economista de la pandilla, Miguel Ángel, dijo el otro día claramente…

—- Venezuela está quebrada. En agosto emitió deuda pública que veinte días más tarde cotizó al 406% y la que va a emitir en diciembre la pagan al 215%. ¡Imaginaos! ¡No hay arreglo posible!

Tiene razón este vecino nuestro. Venezuela está en la ruina y podría abrumarte con datos que apuntan estamentos internacionales más creíbles que yo, pero la mayor demostración de lo que sucede está en las estanterías de los supermercados, en las que no hay nada de nada; y también en la pérdida del valor de la empresa emblema, Petróleos de Venezuela, que paga intereses por su deuda al 54%  y así tendrá que hacerlo al menos hasta el 2021.

El asunto se está poniendo más feo de lo que pensó el propio Maduro, el conductor que está llevando su autobús hacia el precipicio.

A Miguel Ángel le pregunté cuál sería la salida posible a tan brutal crisis y me dijo…

—- Para la gente normal pues eso, la salida. Es decir, marcharse del país.

Y me aclaró que no le extrañaría una guerra civil en cuanto el hambre resulte aún más severa o que el Ejército dé un golpe de Estado cuando deje de cobrar y comience a sufrir como el resto de la población.

Miguel Ángel opina…

—- También es posible que Maduro huya ante el temor a que lo asesinen, pero eso no garantiza la solución inmediata a la peor crisis que sufrió Venezuela a lo largo de su historia.

Una crisis que a mí me parecía imposible que llegara porque estamos hablando de uno de los países más ricos de Latinoamérica, al que emigraron cientos de miles de gallegos en busca de fortuna. Algunos, incluso la lograron.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *