VERANO DEL 57 EN SILLEDA

Aquel verano la ola de calor ourensana trepó a Cudeiro y mi madre decidió que yo me iría a Silleda, la media montaña necesaria para liberar los pulmones del humo de los “carritos”, en donde todos fumaban pese a que eran tiempos de dictadura. Allí vivía mi tía Rolindes, que ejercía de maestra como todas las mujeres de la familia desde los tiempos de mi bisabuela, Mama Isabel, la primera de las profesoras que tuvo la escuela de mi pueblo, ya en tiempos de Alfonso XIII. Desde entonces y hasta la muerte de mi madre, hace casi cuarenta años, todas las maestras de Cudeiro pertenecieron a mi familia…

A mi tía Rolindes aún la recuerdan en Silleda y cuando José Maril me honró con la Insignia de Oro de la Semana Verde, aquel día, mucha gente me hablaba de ella; de sus clases, de su bondad y rectitud como maestra, porque…

—-  Era poseedora de unos valores que hoy en día ya no existen.

La verdad, yo la quería casi tanto como a mi madre y a mi prima Marisú la consideraba  mi otra hermana.

Enfrente de la casa de mi tía –que era del Estado, como todas las de los maestros- estaba la del médico, el Dr. Ramos, el marido de doña Regina y el padre de tres hermosas damitas de mi edad, con las que jugábamos en pandilla, Reginita, Piruca y María Dolores.

Recuerdo especialmente una tarde en la que Rodolfo se empeñó en que fuéramos a nadar en el Deza y allá nos fuimos caminando desde Silleda hasta al puente romano de Taboada. Desde allí, por un camino estrecho llegamos hasta la Minicentral, oculta entre una flora de ribera que crecía libre y salvaje…

Nuestros cuerpos desnudos se metieron en el agua tan púdicamente como pudimos y quizá fue aquel día cuando comprendí que la Naturaleza era el más grande patrimonio que poseíamos. Gozamos de las frescas aguas, de la belleza del paisaje y de las recatadas miradas furtivas que nos dirigíamos los unos y las otras.

De vuelta en Silleda, pasado el atardecer, la Guardia Civil había tomado la carretera entre la gasolinera de Amado y la casa de mi tía… Algo blanco se veía en la acera y la gente se agolpaba para hacer preguntas a los guardias que, impertérritos, no pronunciaban palabra…

Puede que, en aquel agosto de 1957,  a mis 14 años, aquel hecho despertase mi vocación periodística. Recuerdo que mis primeros trabajos serios en el “Diario de Pontevedra” fueron sucesos.

Lo cierto es que, como si fuera a escribir un artículo para “La Región”, el periódico en el que nunca firmé a lo largo de mi vida, me puse a averiguar lo acontecido aquella tarde, mientras nosotros disfrutábamos del río.

55 años después –el que guarda siempre tiene- aparecieron unas notas entre las páginas de “Os Eoas”, el gran poemario del bardo Pondal que me regalara mi tía. Y mi memoria se tornó ahora fotográfica.

De aquel primer relato, solo cambiaré los nombres…

Angelita había nacido en Siador, muy cerca del Santuario de la Virgen de la Saleta, al que rodea una magnífica carballeira y en cuyo honor se celebra una de las más populares romerías de la comarca.

Debió maldecir muchas veces aquella excursión a la playa de A Lanzada,  porque dentro del agua conoció a Ramón Morán, un apuesto joven que ya presumía en bañador de ser ganadero del Deza

— Teño cento trinta vacas… ¿Qué che parece?

— Paréceme ben.

— ¿Gústoche Angelita?

— Gústasme…

Aquel día de Agosto de 1941, mientras las olas despertaban pasiones en dos cuerpos jóvenes, comenzó la mayor tragedia que recordamos solo unos pocos… porque los demás ya viajaron al espacio.

Ramón era falangista, de los de “Franco hasta la muerte”. Pasaran dos años de la “Gloriosa Victoria” y aún andaba con pistola al cinto por si acaso. Por Silleda se decía que había sido un “paseante” durante la guerra y que se había apropiado de algunas pequeñas granjas, como compensación…

Menos de un año casado “por la gracia de Dios” fue suficiente para que Ramón Morán fuera de en feria en feria en busca de prostitutas y de alcohol en abundancia. Al regresar a casa comenzaba el calvario de Ángela Robledo

Las vejaciones, los golpes, los insultos… Todo en presencia de aquella hermosa niña, Raquel, incapaz entonces de comprender por qué “o papá lle pegaba a mamá”.

En una de estas ausencias, Ángela Robledo apareció muerta, al pie de la cama,  entre los sollozos de su hija, que aquel día cumplía 13 años…

La Guardia Civil investigó el caso y los especialistas llegados desde la Comandancia de Pontevedra dictaminaron suicidio por ingestión de una fuerte dosis de matarratas…

Pero nadie creyó nunca lo que decía el informe…

Ramón Morán dejó la casa de la granja y se fue a vivir con su hija al último piso  de un edificio de tres, nuevo, en el centro de Silleda… Pero sus costumbres no cambiaron. ¿Para qué? Hacía años que se había convertido en “compañero” de la  Muerte

Raquel, próxima a cumplir los 15, sustituyó en todo a su madre: en la cocina, en las faenas de la casa, en el lavadero y también en el lecho del placer de su padre, un violador borracho y premeditadamente violento para que una niña asustada “guardase aquel secreto”.

Pasara solo un año de aquellas asquerosas prácticas y el Dr. Ramos asistía ya al parto de Raquel Morán Robledo, aún niña de casi 16 a la que su padre repudió públicamente, echando la “culpa” de aquel precioso bebé  a las “malas compañías” de su hija

Un día de aquel verano del 57, Raquel Morán dejó a su bebé en la cuna,  dormidito y feliz. Se fue hasta la granja, próxima a La Mera, y tomó una bolsa de matarratas, la metió en la cesta de la compra y regresó al piso tan tranquila…

—- ¡A ver, Raquel, ostia! ¡O café que teño presa!

Así sucedía todos los días, después de los improperios por la comida. Así… Hasta aquella tarde de Agosto del mismo año 1957, en la que Ramón Morán tomó un último sorbo… Se quedó como dormido sobre la mesa y nada más tocarlo Raquel… Se cayó al suelo como un saco de pienso…

La joven se asomó a la ventana con el bebé en los brazos y comenzó a pedir auxilio…

—- ¡Socorro! ¡Meu pai… está… está morto…!

Y aquel bebé –al que habían bautizado como Francisco Morán Robledo en la Iglesia parroquial de Santa Eulalia,  tan solo tres días antes- se escurrió de los brazos de su madre y cayó en la acera para morir en el acto…

—  ¡Meu fillo, collede ó meu fillo…! ¡Meu pai está morto!

Cuando llegamos del río,  todo el mundo decía que el niño había caído por accidente y hasta nueve guardias civiles seguían preguntando a diestro y siniestro que habían visto… Todos habían sido testigos y todos vieran lo mismo…

— A nena estaba moi nerviosa… O bebé escurríuselle entre a toquiña e caíu.

Me arrimé al Dr. Ramos y pude percibir cierta ironía en sus palabras, cuando le dijo al sargento de la Guardia Civil…

— Ponga en su informe que Ramón murió de repente… Es decir, por un ataque al corazón.

Tardó un año Raquel Morán Robledo en vender la granja, el piso y en retirar todo el dinero del Banco Pastor y abrir una cuenta en Caja Pontevedra. Lo hizo el mismo día que cumplió los 18.

Se marchó ligera de equipaje. Nadie sabe a dónde, aunque todos supusieron que a Venezuela en busca de un joven de Escuadro, que había partido dos meses antes…

Caja Pontevedra mantenía fijo un delegado en Caracas.

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