VIAJE A LA SALUD

Por Alberto Barciela*

Hay nombres de lugares que en sí mismos resultan sugerentes: Pernambuco, Tombuctú, Marbella, Fuerteventura, Menorca. Otros han impuesto su mítica: Nueva York, Tokio, Madrás o La Habana; algunos han protagonizado la Historia: Londres, París; o están vinculados a momentos gloriosos del Deporte o de la arquitectura, como Barcelona, o a Exposiciones Universales, como Sevilla. Hay lugares insertos en la cultura, como Madrid o Bilbao o Málaga; o la Religión, como Jerusalén, Roma, Santiago de Compostela, Fátima o Lourdes; o del juego, como las Vegas o Montecarlo. También los hay ligados al lujo y a la lujuria o a la naturaleza, como Kenia. Todos son destinos tan atrayentes como Río de Janeiro, Buenos Aires, Sidney, Pekín, Tokio, Lisboa, Oporto y Moscú. Hay recorridos por la Historia como el Camino de Santiago, o metas legendarias como las Rías Bajas o los Finisterrae, o direcciones en las antípodas, como Nueva Zelanda. Hay citas gastronómicas, congresos, ferias, desplazamientos de negocios, arquitecturas fascinantes, bodegas de ensueño.

Más allá de los nombres hermosos, sugerentes y sonoros, el mundo se envuelve en maravillas que crean deseos y expectativas. Y el turismo como industria siempre ha estado ahí para responder a las demandas de los seres humanos, ofertando establecimientos portentosos, hoteles, restaurantes y trasatlánticos grandiosos, campos de golf, clubs náuticos, campings, caravanas de las mil y una noches; experiencias únicas que pueden nacer en el propio avión o en el más modesto ciclomotor de Vietnam, o en la travesía de un lago; rutas encaminados hacia playas o montañas o museos o un mirador de carretera, o la expectativa de una noche estrellada en la que esperar auroras boreales o celebrar una verbena; viajes hacia la nieve o en pos de un rincón delicioso en la ribera de un río.

La realidad en ocasiones es absurda, pero también en no pocas coyunturas nos ofrece la oportunidad de disfrutarla y no lo hacemos. A veces es suficiente con un simple cambio de actitud, de perspectiva, de ansias de promover aquello que nos apetece, de optar por la acción, por realizar lo que hemos pensado o de aceptar lo que se nos presenta como oportunidad disfrutable. La vida es eso que pasa, hay que subirse en marcha, crear el propio cuento y relatarlo con eficacia persuasiva.

Todo viaje hay que realizarlo desde uno mismo y hacia uno mismo, con uno mismo, motivándose a cambiar pautas y comportamientos rutinarios. Hay que predisponerse a conocerse para conocer, dar ese primer paso con el que comienza todo camino, pasear hasta la esquina, cruzar la calle, relacionarse, dejarse asesorar por los profesionales, leer, planificar y, tras tomar una decisión relajada, reflexiva, viajar allí a donde la seguridad, nuestros alcances físicos y recursos económicos -muchas veces no es necesario demasiado- nos permitan. Es posible que tan sólo lleguemos al museo de la esquina, a ese en el que nunca hemos estado, o también que viajemos a ese sitio con el que siempre habíamos soñado, incluso al Himalaya o a Machu Picchu. Si tenemos decisión, nos sorprenderán los resultados.

Niños y mayores, mujeres y hombres, solteros o casados, ricos y pobres, solos o acompañados, encontramos en la industria del turismo la respuesta deseada, acorde a nuestras posibilidades. Esto habla de la madurez de un sector que ha sido pionero en incorporar las posibilidades tecnológicas, en hablar idiomas, en reconvertirse cada cierto tiempo, en responder al coronavirus. El turismo es parte esencial de nuestras vidas, y lo es también de nuestra economía. Ocio y negocio, vanguardia y modernidad.

Una puesta de sol inolvidable, una ópera, el conocimiento de un monumento, de un artista, o del amor, de la convivencia, de la amistad, surgirán como prodigio en un viaje. La predisposición a lo bello, al encuentro con lo desconocido, un entorno cultural diferente,  inducirán una atracción única, la chispa de la vida, un rejuvenecimiento de actitudes, todo premonitorio de momentos de felicidad, de aventura, de imprecisiones alegres, vitales, disfrutables.

Un paseo bajo las sombra de los mangos, en un país cálido; una taza de té mientras se contempla, guarecido, el monzón; una bella habitación compartida con el amor de nuestras vidas; un paseo en góndola; un gustoso menú rematado con un sabroso helado; una compra  presencial; un baile; una copa, un concierto o una gran exposición se convertirán en positivas experiencias inolvidables.

Tan pronto como las circunstancias lo permitan y surja la oportunidad debemos ejercer el sueño de viajar con la visita a lugares maravillosos. Con seguridad y sentidiño, que decimos los gallegos, y si es posible de manera compartida debemos entender que necesitamos hacerlo pues el viaje es salud para el cuerpo y para el espíritu. Y esencial para la economía.

* Alberto Barciela es también Miembro de la Mesa del Turismo de España

@AlbrtoBarciela

(4) Comentarios

  1. Encantado de viajar, Alberto. Pero primero tengo que encontrar un trabajo que me permita tapar unos agujeros. Desde luego es mi gran pasión y como tu dices, muy saludable.

  2. A ver si me el banco uno de esos créditos a largo plazo. Si es así viajaré pero para no volver, que ya estoy harto de este país y de sus dirigentes.

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