VIAJE POR TIERRAS DE CASTILLA

Por José Carlos Romero Pérez

Hacía poco tiempo que yo había aparecido  por aquí, poco más de siete años; donde estuve  antes no me acuerdo ni tampoco nunca tuve noticias de ello. Un buen día la persona que se ocupaba de mí, mi mejor anfitrión,  me habló de un viaje a Soria y quería que le acompañase.

Cuando llegó el momento emprendimos el camino a tierras de Castilla. Hacía mucho calor, pues eran los primeros días del  mes de agosto y  para mí era un viaje a lo desconocido, pero llevaba el mejor guía.

Recuerdo los caminos de tierra que de pronto se tornaron negros y que  el olor era diferente, era olor a alquitrán. La sombra de los pinos nos fue cobijando del sol abrasador hasta que llegamos a la estación del tren. No sabía el porqué de aquel viaje, pero era muy importante para la persona que me acompañaba.

De pronto se acercó algo que hacía un ruido peculiar, era el tren.  Después de acomodarnos en la clase de asiento que nos correspondía según el billete adquirido, el tren reanudó su marcha al mismo tiempo que empezaba una película que me dejó una profunda huella.

Estaba viendo personajes nuevos para mí que interpretaban la tragicomedia que se estaba viviendo en aquellos momentos. En sus rostros, con la mirada perdida, se mostraba la inquietud del que viaja a ninguna parte; o al menos la de un viaje a donde la esperanza de que su vidas mejorasen eran escasas.

En cada estación subían y bajaban gentes angustiadas en el medio del bullicio de los que, desesperados, trataban de vender cualquier baratija a cambio de unos centavos. Eran las consecuencias del enfrentamiento entre hermanos que no hacía mucho tiempo se había vivido, y yo iba hacia  las tierras que ya había retratado Antonio Machado en su libro de poesía “Campos de Castilla” donde en  el poema Españolito presagiaba  aquel trágico desenlace…

Ya hay un español que quiere/ vivir y a vivir empieza,/ entre una España que muere/ y otra España que bosteza./ Españolito que vienes/al mundo te guarde Dios./  Una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón”. (ANTONIO MACHADO – “Campos de Castilla” – 1912).

Yo no era consciente de que podría ser también aquel españolito, y seguía viendo nuevos paisajes por las ventanillas de aquel tren que transcurría por aquellas llanuras de trigo recién segado. El sol en el horizonte me parecía mucho más grande que el que veía en la tierra que había dejado atrás, era más que una ilusión óptica, era una metáfora de la vida, unos veíamos un sol grande, y, para los que subían al tren desesperados, simplemente era un sol de esos tantos días grises que les había tocado vivir.

La sed sentida en aquel viaje fue casi insoportable y yo reclamaba agua desesperadamente  en cada estación a los que nos la suministraban por media peseta, pero también ésta sabía a barro y estaba caldeada como el ambiente que allí se respiraba.

Llegó la noche y el sueño se apoderó de mí, pero al amanecer vi a lo lejos una gran cruz que majestuosa salía de un pequeño valle. Mucho después supe lo oscuro de su significado, era el monumento al triunfo de  una de las dos Españas.

La España que no tenía monumento era la que viajaba con nosotros en las clases tercera y segunda. La otra España,  quizás viajaba en la primera clase, solo la vimos al llegar a la estación del Norte; iban mejor vestidos, pero a mí me olían a rancio, a colonia de estraperlo.

En Atocha cogimos un tren hasta la estación Ariza de Soria, creo que iba ya muy agotado, pues solo recuerdo un destartalado autobús que nos dejó en Santa María de la Huerta. El destino estaba en un convento de monjas donde unas amables hermanas nos dieron la bienvenida, nos enseñaron la celda blanca donde íbamos a pasar esos días y nos trajeron una jarra de agua fresca con limón que nunca olvidaré. Poco después se me acercó una novicia que me resultaba muy familiar y que se fundió con nosotros en un fuerte abrazo; se olvidaron de decirme quien era, no hacía falta, yo tenía la certeza de que era el motivo del viaje y ya había sentido su presencia en mi casa. Ella era, también en cierto modo, un efecto colateral de las dos Españas.

Para mí fue un viaje iniciático hacia la dignidad de la España que viajaba en segunda clase; la que se sentaba en el comedor del convento en segunda clase y asistía a los oficios de la misa de los votos de las novicias en segunda clase. Pero no olíamos a colonia de estraperlo, olíamos a la honestidad  del jabón Lagarto y aun hoy olemos a lo mismo, y poseemos los principios de la España que cree en un proyecto común en la diversidad y el respeto.

Hoy se viaja en tren de alta velocidad y hay otra España, pero el equilibrio puede ser frágil si no lo cuidamos; basta con ver como ahora con la excusa del procés  empiezan a asomar de la madriguera viejas ideas y ciertos tufillos a colonia de estraperlo que nada favorecen la convivencia.

El hombre comprende y respeta lo que ama, pero no ama lo que desconoce. Quizás los conflictos de esta querida España son fruto de que no nos conocemos lo suficiente.

El diálogo y el respeto al otro resuelven muchos conflictos y evitan muchos duelos a garrotazos como los que expresó Goya en una de sus célebres pinturas negras.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *