VIDA MONÁSTICA EN SAMOS

A los monasterios siempre fui de visita.

Nunca utilicé, siquiera, los servicios de esa hospedería con la que los monjes modernos recaudan dinero para la subsistencia de la comunidad. Ni se me ocurrió elegir alguno de ellos para pasar un tiempo de ejercicios espirituales, que le dice la gente religiosa.

Meditar no viene mal pero yo soy un haragán y puestos a buscar mi otro yo prefiero encontrarlo instalado en la comodidad de un hotel-monasterio como el Santo Estevo de Ribas de Sil, parador nacional.

Sin embargo… de los cenobios gallegos el que más me impresionó siempre fue el de Samos, a pesar de la amplia competencia que tiene en otras bellísimas edificaciones de su uso,  como por ejemplo Oseira o Sobrado.

Fue en mi primera visita cuando se quedó entre mis monumentos preferidos y no es extraño que así fuera tras haber conocido al alquimista y por su indicación estudiar a fondo los misterios que ofrece este tramo samaniense del Camino Francés a Compostela, bañado por el modesto pero pintoresco río Lóuzara.  

Se me ocurrió que, mientras sigue esta cuarentena vírica, sería bueno que te detuvieras a pensar qué harías si fueras peregrino…  

¿Pasarías de largo? ¿O completarías el camino y luego te quedarías en esta comunidad? Algunos de los monjes que aquí oran y laboran llegaron a Samos caminando. 

ENTRE LO MÍSTICO Y LO ASOMBROSO

                            

Es que verás, para admirar el Monasterio de Samos los peregrinos desvían su ruta. Entre Triacastela y Sarria está Samos y en la propia villa se encuentra el Monasterio de San Xián.

El Monasterio tiene una trayectoria que se debate entre lo místico  y lo asombroso.

La pasmosa tranquilidad lo convirtió en uno de los lugares propicios para la oración y el retiro y por eso los benedictinos lo transformaron en su casa.

Su antiguo nombre, “Sámanos”, hace referencia al lugar habitado por una comunidad religiosa, que cuando se instaló en él lo convirtió en parada obligatoria para los caminantes a Santiago.

La llegada de los moriscos a Lugo condenó el cenobio al abandono, aunque por poco tiempo. Porque ya el Rey Fruela I en el año 757 lo asigna a una comunidad de monjes que buscaban destino para la práctica de la vida monástica.

Tras años de vaivenes y situaciones difíciles, en el siglo XVI se lleva a cabo una reforma que será el inicio de una época de intensa actividad en la que ejerció incluso de Hospital Militar.

A mediados del siglo XIX, sin embargo, la situación política del país redujo de 37 a 3 los monjes de la comunidad, con lo que el deterioro del edificio fue a mayores y el Estado se lo entregó al Ayuntamiento de Samos para ocuparlo en servicios públicos.

Pero en 1862 la falta de fondos para su conservación lo devuelve a manos del Estado, quien, a su vez, lo entrega al obispo de Lugo para convertirlo  en una casa de misiones.

De nuevo la situación política aborta estas perspectivas y tras 45 años de abandono, 9 monjes de Valladolid lo restauran y reconducen.

Hoy en día la edificación se conserva majestuosa. Una construcción sólida y austera, hecha en mampostería de pizarra, que combina diferentes estilos arquitectónicos, gótico tardío, renacentista y barroco

10.000 metros cuadrados que se articulan entorno a dos claustros; el del Padre Feijoo, de mayores dimensiones y el de las Nereidas, de estilo gótico tardío que es uno de los mayores atractivos.

El refectorio de estilo renacentista es una de las estancias más importantes en la vida diaria de los monjes, un lugar de almuerzo, silencio y oración. Durante el siglo XVIII los peregrinos podían tomar aquí la misma ración de comida de los monjes.

La iglesia es uno de los lugares más visitados, quizás porque tiene 13 retablos diferentes, una impresionante cúpula, luminosidad y grandeza.

No se puede pasar por alto otras estancias como la sacristía, del siglo XVIII, o el Signo, que recibe su nombre de la señal que da el abad para entrar en la iglesia.

La biblioteca perdió parte de sus ejemplares en un incendio, pero hoy en día sigue siendo un lugar de estudio para los monjes y algunos visitantes especiales.

El albergue de peregrinos llena el monasterio de vida y colorido. Muchos vienen tan solo a conocer el monumento, que significa espiritualidad, consejo y grandiosidad en los siglos de historia que impregnan cada rincón.

Hoy, día 25 de mi enclaustramiento forzoso, me dije a mi mismo…

—- Si al menos me encerraran en Samos…

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