VIGO Y EL MUSEO DE LA EMIGRACIÓN GALLEGA

Por Alberto Barciela

En mi infancia, en el Vigo que apenas surgía de los años cincuenta, de los barcos descargaban pescado, algunas sedas, jabón de olor, perfumes o café de contrabando, frutas tropicales mezcladas con cajas de té. Con ellos atracaban historias míticas, contadas por tripulantes en cuyos rostros la experiencia y la salitre dibujaban un mapamundi único. Eran los suyos relatos de tierras vírgenes, de mares destemplados e incluso huracanados, de naufragios y de amores portuarios, de sirenas y de otros seres casi mitológicos avistados en no se sabe qué isla, al calor de no se sabe qué aguardiente de bodega… Con ellos nos alcanzaban palabras tan exóticas como “guayabera”, “kimono”, “mambo”, y otros sortilegios etimológicos casi bailables, recabados en escalas más o menos breves, siempre intensas…

En la ruta de los grandes puertos europeos, Vigo vivió en la espontánea intuición de  Nueva York, de Buenos Aires o de La Habana. Nuestras infancias se llenaban de nombres sugerentes: Pernambuco, Río de Janeiro, Montevideo…  Que llegaron a convertirse en personajes imprescindibles de unas quimeras propias de adolescentes.

Y mientras, aquí seguía Vigo, asomada a la baranda de una dictadura imperturbable, dispuesta a leer en las claves portuarias las noticias sin censura llegadas con la última marea.

Incluso a edades muy tempranas, de alguna manera todos soñamos en aquellos años sesenta con traspasar la valla del puerto, y luego el mar, para perdernos en los suburbios del orbe, aventurando nuestras propias vidas en una huida consentida por un irracional sin sentido que nos hacía y nos hace tender a lo desconocido.

Los ultramarinos de ribera atesoraban entonces buena parte de nuestras fantasías. En sus escaparates y anaqueles alentaban la esperanza de poder alcanzar algún día el lujo siquiera momentáneo de tener alguno de sus novedosos productos al alcance del bolsillo. El Mercado de la Piedra añadía el atractivo misterioso del contrabando. En él, entre cajas de bombones ingleses y paquetes de medias de cristal, se disimulaban cartones de tabaco americano, transistores de importación  y botellas de whisky Monges.

Disfrutábamos con cada indicio de que más allá de las Islas Cíes existía algo diferente: un lugar herido por otras inocencias, seguramente distintas y ya por ello deseables… La posibilidad de huir era provocativa y psicológicamente necesaria, el ansia de una aventura era inquietud. Con los años, la idea de un cambio nos permitiría seguir soñando con otra libertad, con la experimentación de cosas nuevas, de olores singulares, de sabores inapreciados… Queríamos escapar de lo rutinario para imbuirnos de costumbres ajenas, de aromas y sonidos originales…  Era algo más que un divertimiento, era la necesidad de evasión acentuada por las melancólicas tardes de los largos y aburridos inviernos.

Es fácil concluir que en la vida de los ribereños existió al menos la intuición de un destino distinto al que espontáneamente le ofrecían sus vidas, y eso representa siempre un aliciente.

En mi inocencia desconocía entonces que el escenario que excitaba mi imaginación había sido el lugar físico de abordaje de esos mismos sueños y esperanzas para millones de gallegos que tuvieron que emigrar a Ultramar. Mi niñez no me permitía sospechar el drama que representará para siempre el recuerdo de que en aquellos muelles o al alcance de los boteros, los barcos habían navegado entre lágrimas y adioses. La otra orilla, América, parecía entonces el otro mundo, pero, para unos, era la única alternativa posible a la miseria y, para otros, representaba la libertad política.

La ciudad no zarpa, permanece anclada en sí misma, encallada en sus playas cubiertas de muelles y de vida, como un trasatlántico cansado de travesías, convencido de haber arribado a puerto seguro, a un lugar privilegiado en el que constituir el hábitat de buenas gentes trabajadoras, esforzadas, imaginativas. Los rumbos han sido vencidos como los franceses por una ciudad que, aun sabiendo de otras urbes, se admira a sí misma sobre un espejo que sujeta las Cíes, quizás dispuesta a no despertar de sus propias ensoñaciones. Y la ciudad va…

La Estación Marítima sería un escenario ideal para el Museo de la Emigración de Galicia, una lección de historia pendiente para muchos y especialmente para las nuevas generaciones. Lo propuso hace años la CIG, creo que su idea era buena. Se contempló en el proyecto de la Ciudad de la Cultura en Santiago de Compostela. Hace unos años surgió otra iniciativa en Ourense. En la desatención de sus oportunidades, la ciudad olívica naufraga en esta ocasión frente a su propia historia.

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