¡VIVA MI SAHARA LIBRE!

Yo viví un tiempo en ese país. En el Sáhara. Aproveché bien la mili para conocer a fondo a la gente y el territorio. De cabo a rabo. De Smara a Bir Nazarán, incluyendo El Aium, Villa Cisneros y hasta las montañas negras de Aussert.

Allí lo he pasado bien y mal, como cualquier legionario. O cualquier periodista que se enrola en la Legión a sus 21 años para evitar que le obliguen a hacer Radio en el Sáhara,  mientras los demás “pistolos” conocen a la gente más pobre pero más noble que yo he conocido.

Porque los saharuis son esa gente que te da lo único que tiene cuando te las encuentras por el infinito desierto. A saber, te invitan a te; te ofrecen una amistad que no sé olvida, mucho más “entrañable” que la  Corinna, mi poco estimado Rey;  y luego te dan el alma, lo más puro que poseen.

Y tú no sabes que hacer y les ofreces tu amistad, tu dirección en España, Galicia; y un amuleto que te regalara la meiga guapa en la hora de la partida…

Cuando pienso en el daño que les hicimos cuando los abandonamos en manos del azar político pienso en aquel Rey joven volando sobre la Marcha Verde marroquí pero sin hacer más por aquella y esta gente a la que el Rey Moro dejó sin patria… Entonces, majestades, dejé de creer también en las monarquías. No se me ofendan pero un rey nunca abandona a su pueblo ni le roba su voluntad. Y ustedes, ambas sus majestades, sí lo hicieron en el momento en que Arias Navarro anunciara al mundo, en aquella su patética aparición en TVE…

—- Españoles, Franco ha muerto… 

Y a dictador muerto, Rey puesto. Un Rey rodeado de pelotas que se olvidó de que el Sáhara también era España porque los saharuis, sus habitantes, decían…

—- ¡Antes españoles que marroquíes…!

Y los abandonó la ONU dos veces, las que iba a celebrar un referéndum para el que no hubo lugar y sobre lo que yo escribí en mi vieja Olivetti que aún conservo porque es el espejo en el que miro hacia el pasado.

¿Aún hay remedio?

Uno de los viejos lobos del PP, Jorge Vestrynge –sí, el mismo que ahora se ha vuelto rojo-  me contestó:

—- Eso es cosa de las OENEGÉS y de los periodistas de causas pobres como tú…

—- Me cago en…

Tuve que reprimirme porque su madre no tenía la culpa, pero menos mal que su suerte cambió ya con Fraga, su mentor, y ahora no es nada… es un politólogo, lo que suelen ser los políticos fracasados.

Sí, mi gente, en España, sus políticos y su Rey, dejaron en la estacada a un pueblo que no es de sangre azul, pero ese es el color de sus túnicas y de sus caras, sobre todo las de los más sabios que suelen ser los mas viejos…

—- ¿Por qué los tuaregs sois de piel azul?

—- Porque somos hijos de rey… Ja,ja,ja… Mira, en el desierto hay que aprovechar el agua y lavamos las túnicas y luego nos lavamos el cuerpo y la cara… Con el tiempo, la piel se vuelve azul… ¡Un milagro!

Esto me lo contó mi guía de un año largo por el más bello mar de arena que he conocido. Se llamaba Mohamed Alí y algo más, pero del algo más me he olvidado. Es –espero que aún viva- mi mejor amigo saharaui. Me gustaría recuperar su amistad y que se viniera a vivir conmigo a Galicia…

“Moha” es tan generoso que me salvó la vida poniendo muy en riesgo la suya…

Aquella vez nos perdimos, cosa fácil en un desierto en donde las señales cambian cada vez que hay siroco, es decir, cada dos días. Nuestro jeep entró en Mauritania, entonces en guerra y por un paso con fuego cruzado entre dunas…

“Moha” sacó de su morral la bandera del Sáhara Libre y comenzó a agitarla por la ventanilla del jeep… Los disparos cesaron y nosotros encontramos el rumbo que nos llevaría a la boca del Río de Oro y de allí a casa, a Villa Cisneros, cuartel del IV Tercio Alejandro Farnesio,  de la Legión.

“Moha” era un soldado experto y me llevó para relajarme al lugar de arena donde había naufragado un barco… ¡Impresionante paisaje! A tres o cuatro kilómetros del mar, el esqueleto de un buque antiguo de transporte, flotaba sobre aquella arena tostada. Increíble.

Luego, ese mismo día me hizo nadar hasta la Isla de los Cartagineses, que guarda, según contaba, numerosos tesoros arqueológicos…

El Río de Oro no era tal río, sino una lengua de mar que se extendía desde las costas de Villa Cisneros unos veinte kilómetros, más o menos. Para mí era como una de mis rías gallegas, con playas pero sin bateas…

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