VOLVER A CASA

Por Celsa Barja

 

Una y otra vez. Sobrevivir y morir. Recorrer el arrabal de la vida, soltar de la trenza sus nubes, calzar la infinitud y enfilarse, desnuda, arreciando el alma sobre los adoquines del cansancio… Buscar las pisadas bajo las hojas de las metáforas…

¿Metáforas? No… La hojarasca más atroz es la de la mentira, la que poco a poco se convierte en un torrente profundo, en una selva rezumando pánico…

A eso he venido aquí. A bajar los escalones de mi propio vértigo, a arrastrar los pies en su fango, a hollar con las manos esta ansia que grita en mi esencia, que se esconde, que escondo, que me acomete, a quien acometo… He venido a buscarme, sin los falsos vestidos que relinchen sobre el polvo del abolengo de este silencio, sin más compañía que la savia de estas cenizas que quedan de fumarme la incomprensión, cenizas íntimas que todavía gimen, que todavía clavan sus colmillos en el légamo sudado que soy yo…

Qué pronto se seca una lágrima, ya lo decía Cicerón… Por eso no lloro. Por eso regreso a mi abandono primero, a aquel que vivía antes de ser expulsada al engaño sucesivo de los sucesivos consuelos…

Necesito esta plegaria que me dé el perdón. Necesito lamerme las llagas, morder las blasfemias que callo, precipitar esta desazón que parece haberse fecundado allí, donde nadie mira, donde nadie quiere ver…

He de sentarme en el escabel de mis escombros e ir haciendo autopsia de todas mis hambres, postrarme ante mí, como un animal abatido, hasta vomitar la última de mis soledades…

No más estigmas bajo la piel, no más estafas rozando mi carne, ni más secretos telúricos balbuceando en mi corazón… No más sacrificios en el cuaderno petitorio de mi voz…

Es que… estoy cansada. Cansada de tanto segundo luxado, del plañir impotente de un dolor manuscrito con las venas saturadas, de la alquimia de falsa alabanza, de los piadosos asesinos que juegan a compartir mi vida… ¿Qué vida?

Mi vida es una clepsidra goteando el duermevela más atávico… ¡Qué sabrán ellos de mis muertes, del oscuro mensaje que pinta la sombra de los huesos, ni de los jirones de ternura que no han podido salir de su enclave…!

Ni siquiera ven que soy inversa a sus banalidades, al bufón del aplauso, a las primaveras estériles que nunca llegan, a las rendijas en el tiempo, por las que espían lo que luego niegan, sin engañar a nadie…

Si supieran que mi memoria es una habladora de silencios, que aquí y ahora hay un duelo entre la verdad y la mentira, mirándose de frente…

Aparco el moho de la herida cuando profano sus pecados… porque estoy cansada…

Necesito irme. Irme hasta de mí. Irme a ese instante que es toda la vida. Desvincularme de este esqueleto, tocar la puerta del auspicio de la palabra y traspasar su umbral para decir, feliz, “he vuelto a casa”…

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