… Y TE VESTIRÁS DE LUTO.

Por J. J. García Pena

Celebro que a las nuevas generaciones -si es que se enteran- les resulte inconcebible y hasta risible saber que hubo un tiempo español -creo que paneuropeo, pero español sin duda alguna- en que no nos bastaba con sufrir la interna pena negra de un duelo familiar. La muerte, por ese entonces, tenía estatus público y nacional, como los toros, las procesiones, las romerías y las cucañas. Todo muerto era velado en su casa, de preferencia en su dormitorio. ¡Faltaba más! Ocultar discretamente  el dolor no era bien visto en un mundo dominado por preceptos religiosos medievales.

—- Se nace para sufrir en este  valle de lágrimas, para luego ganar la gloria eterna – , se nos adoctrinaba piadosamente.

 Así que nada de colorinches por un buen tiempo, ¿eh? Por el contrario, se tenía por muy honrada y católica a la familia que acataba la ley no escrita de mantener el riguroso ritual del luto, aún en plena canícula. Los contritos deudos debían no solo sentir, sino manifestar la procesión fúnebre que invadía cada fibra de su ser.  Ni los niños se libraban del luto riguroso o medio luto, según el grado de familiaridad que los ligaba al finado o a la finada.

Para proclamar y ventilar de negro su íntimo dolor, la sociedad toda se privaba, convenientemente,   de los colores convencionalmente alegres. No fuera que el difunto se ofendiese ante la grave falta de respeto,  al lucir, sus supérstites, alguno de los colores del arco iris. (Ya se sabe que no conviene incomodar a los muertos, aunque lo hayan merecido en vida. La superstición es cobarde, por eso no hay muerto malo.)

El negro, tirando a sotana de párroco de pueblo, era un color de lo más recomendable para la ocasión.  Y guardaba las formas  “como Dios manda“. Las buenas y las malas gentes, por igual,  se enfundaban en la infausta y corta gama de los carbones que, de seguro, anticipaban las brasas del amenazante Averno.

Nadie salía a la calle antes de ser capaz de mostrar, como inconfundible señal de duelo, aquellos trapos teñidos a toda prisa con la infaltable y barata anilina,  con tal de no contravenir las “buenas costumbres” imperantes. Mujeres y niños, en especial, no podían eludir el luctuoso vestuario de emergencia. Solo a los varones adultos se les concedía el uso, sin pasar por un afrentoso negro teñido, de sus trajes domingueros… cuando los hubiere.

Verdad es que, encontrar un traje masculino de color claro o medianamente luminoso en aquella España tan gris como el *NO-DO de Paco el Cruel, era casi una utopía.  Si acaso entre la multitud aparecía un traje blanco o caqui, todos sabían que lo portaba un alegre cubano o un ostentoso “indiano” con ganas de figurar. 

El uno se iría pronto y el otro, en caso de necesitarlo, tendría un segundo y hasta un tercer traje de repuesto en su atrevido guardarropa ultramarino. Ambos eran minoría y excepción.  No  agradaban,  pero tampoco preocupaban a los severos árbitros de almas del régimen.

Por tanto, el atuendo de luto para los demás hombres españoles se resumía, a veces, al uso de una corbata azabache y siempre a un brazalete de cinta negra, mal cosido alrededor de uno de los antebrazos de su chaqueta.

No te hablo de los tiempos del astur don Pelayo ni de Luis Candela, que también podría ser, sin sacarle ni añadirle una jota. Te hablo de anteayer, nomás.

¡Y aún hay quien repite que todo tiempo pasado fue mejor…!

¡Benditos los tiempos y felices las edades actuales,  en que el dolor y el amor son  de exclusiva incumbencia personal y no, como antaño, comidilla de comadres ociosas y feudo de siniestros caciques de cruz y espada!

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