galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

ANTE EL 8 M

Por J.J. García Pena

Cenaron. La sutil fragancia de los jazmines y la temperancia del aire, precursora de la entrada primaveral en el hemisferio sur, los invitaron a permanecer un rato en las reposeras del jardín familiar antes de irse a la cama.

Grillos enamorados y las estrellas salpicando un fondo azul eterno reemplazaron, ventajosamente, a la rutina parda de los informativos. Jazmines, esperanzas, latidos e incógnitas de ida y vuelta, circulaban a través del puente colgante que, en su centro, se ensanchaba en un enlace robusto y tierno de diez dedos. 

De la Cruz del Sur – sin duda por efectos de la fatiga visual- pareció desprenderse un pequeño trozo de estrella. Asombrados, contemplaron como, muy lentamente, el objeto aumentaba de brillo y tamaño.

—- Amor: una estrella fugaz es vertiginosa y su melena de luz previsiblemente se consume como fuegos de artificio. 

Ahora ya era tan grande que abarcaba la casi totalidad del cielo. Crecía y avanzaba pacíficamente hacia ellos, y su color -ya no había dudas- era azul celeste.

– Si fuese un meteorito ya se habría desintegrado.

Sin embargo, la enorme burbuja de luz azul se posó, sin dañarla, sobre la hierba del jardín, moteada de olorosos pétalos de jazmín. Allí, casi tan alta como el arbusto de jazmines y latiendo plácidamente como un corazón sin culpa, pareció reposar de su viaje sideral.

Más que comprender, intuyeron que era algo fuera de lo común.

-Pero los milagros no existen…-, pensó Juan Ángel.

Asustados, aunque sin soltarse de las manos, se precipitaron al interior de la casa y cerraron, con llave y cerrojo, la sólida puerta de pino. La inevitable curiosidad de su especie, superior a su fundado temor, los impulsó a mirar por las rendijas de las celosías de madera. El patio, en plena noche, resplandecía con la desconocida intensidad azul del sol en un mediodía imposible. Verde azulado el pasto, lozano de rocío. Blancos azulados los capullos y las flores entreabiertas del jazminero en flor.

Abrazados, trémulos y ansiosos, vieron abrirse, suavemente, la puerta recién cerrada con llave. Una figura humana, de escasos tres palmos rematada en una cabeza enorme, recortaba su silueta bajo el dintel del marco. El contraste de luz les impedía ver su rostro mil veces imaginado.

Juan Ángel se despertó sonriendo de gozo. El frescor de la madrugada, que entraba por la ventana entreabierta, lo hizo palpar con su mano izquierda las sábanas y halar, a ciegas, de la manta replegada a sus pies. Con la derecha acarició las maravillosas esfericidades de su esposa, embarazada de ocho meses.

Le arropó la espalda y hundió delicadamente su cara en el cabello aromado por la cercanía de dos jazmines dormidos en su mesita de noche.

No la despertó ni le contó su sueño hasta veintisiete días después. Solo entonces recordó (pero no quiso repetirlas) sus propias palabras oníricas: 

—- Los milagros no existen.

En cambio, mirando por primera vez la mil veces presentida carita de su primer hijo y sabiendo que todo el mérito de su nacimiento era exclusivamente de ella,

le dijo a la novel madre:  

—- Solo ustedes, las mujeres, son capaces de hacer milagros.

SOBRE LA IGUALDAD

Durante miles de años -y sigue hoy- la mujer ha sido disminuida y maltratada socialmente de todas las formas imaginables. Hoy, desengañados de nuestro heredado error, pretendemos corregir la épica injusticia igualando lo inigualable.

Los derechos civiles (también las obligaciones) deben abarcar, sin distingos, a todos los humanos. Nadie es más que nadie. A igual tarea, a igual mérito, igual retribución económica.Al César lo que es del César.

Igualdad de oportunidades -no de privilegios- para todos. 

Pero no nos llamemos a engaño repitiendo consignas que suenan gratamente reivindicativas, pero carecen de sustento real. Los varones, cuando jóvenes, no menstrúan cada mes y pueden aspirar a miccionar de pie toda su vida sin mojarse los muslos. 

La Humanidad está entrando, a trompicones, en su mayoría de edad. Ya sabemos vencer a los fantasmas y a las excusas de siempre. Ya sabemos cómo descubrir y derribar a los falsos dioses y a los desprestigiados caciques de Fuenteovejuna

Entonces, no perpetuemos, diez mil años más, el otro extremo de la misma falacia, creyéndola, erróneamente, su centro y equilibrio.

La igualdad de sexos nos conduciría a una neo hipocresía. Sea nuestra meta la igualdad de derechos civiles. Porque hombres y mujeres, por suerte, no somos orgánicamente iguales. 

Lo aprendí de sus arrullos. Sin ellas nada somos. Sin ellas no habrá milagro