galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

AS ZOCAS

Éranche coma dous barquiños de pesca pequeniños e sen pintar, ou coma dous inxentes caróns d’un-a noz monstruosa.  Uns xoguetes de porveito

Por J. J. García Pena

Las genuinas zuecas y zuecos, añejo calzado de madera discriminadamente masculino y femenino, están presentes en la tradición de no pocas comunidades, regiones o países europeos húmedos, fríos y lluviosos, como Holanda o Galicia. Forman parte del atuendo folklórico de todos ellos, a pesar de que solo en rarísimas ocasiones los danzarines tradicionales las calzan dada la dificultad de su uso en la danza. 

Yo comparo esa peculiar destreza a la de bailar sobre zancos. Si ya caminar con zuecos tiene su dificultad, es fácil conjeturar lo ímprobo de coreografiar calzándolos. Aunque te cueste creerlo, en los albores de mi primera niñez  llegué a usar genuinos zuecos gallegos.

Y, a pesar de que lo parezca, no fue en la alta Edad Media. (¿Te conté que tuve tres niñeces, una gallega, una andaluza y una uruguaya? O una sola fracturada en tres. Ya te iré contando).

Sada, costero pueblo gallego y marinero, es lluvioso y húmedo. En invierno se le suma el frío. Y bajo el reinado de Paco, el Cruel, una estrechez que paría éxodos.

Entre las voces y los voceos que conforman mis primeros recuerdos sonoros, mixturado para siempre con el del vendedor de lejía con sus enormes garrafones de vidrio verde o el del afilador de rueda y chiflo, se me pierde el callejero grito del «zoqueiro» ambulante, pregonando su ecológica artesanía, nacida y pulida en los montes gallegos.

Quizás su reclamo publicitario no fuese tan fácil de rimar para la zumbona nube de divertidos golfillos que seguíamos a los trashumantes mercachifles replicando, como un eco desvergonzado -y a veces sin siquiera entenderlas-, las ocurrentes gracias de nuestros líderes.

No en vano aquellos caudillos tenían dos años más que los pequeñines que secundábamos su sombra. 

– ¡Lejía buena y barata!   

—- ¡Para, lavar «la rata»!

—- ¡Afilador y paragüero!

—- ¡Quiero cag.. y no puedo! -retrucaba el jocundo y pueril coro de insolentes.

No; no puedo discernir, entre tanta algarabía antañona, la proclama del «zoqueiro» de mi infancia gallega.

Decía:

—- ¡Teño zocos e zocas para homes, nenos  e mulleres!

Puede que sí. O puede que no. O todo lo contrario. 

Ni en castellano ni en gallego sería fácil hallar, para los niños, rima bufa a su pregón invernal.

Al vocear, su boca fabricaba nubes de escarcha en el aire glacial de mi pueblito marinero. Solo sé que aquella irrepetible y fría mañana de 1955, al tibio regazo de mi madre, ella misma me probó el primer y único par de zuecos de mi vida.

Eran como dos barquitos de pesca pequeñitos y sin pintar, o como dos enormes cáscaras de una nuez monstruosa. Unos juguetes provechosos.

Su sonoridad al caminar, además de peculiar, resultó inolvidable. Las había para hombres, con taco y suela corrida; y para mujeres, pintadas, barnizadas, teñidas y decoradas con filigranas talladas a navaja en la dura capellada y en la suela tres protuberancias o peajes, aislantes del gélido suelo.

Mediante ese labrado extra y laborioso, el «zapato» de mujer -las «madreñas» que usaban mis hermanas mayores- resultaba más atractivo y confortable, pero mucho más ruidoso que el masculino. 

Solían usarse, como las escasas botas o bastos zapatos de calle y trabajo; de tal modo que en su interior el pie estaba calzado con una zapatilla de paño o con medias muy gruesas, aptas para entrecasa. Las zuecas, como los paraguas, se dejaban en la entrada.

Los marineros, al tiempo que embebían en oloroso aceite de linaza sus «roupas d’auga» para impermeabilizarlas, claveteaban un trozo de neumático desechado a modo de caña de bota en sus «zocos», y con ellos salían, día tras día, ufanos y valientes, a disputarle a la mar un pedazo de su pan salado.

Cada zueca, -zapato de montañés  o mariñán pobre  que envolvía totalmente al pie- , era el resultado de horadar y desbastar, tenazmente, un trozo de tronco o de ramaje mayor de abedul, castaño o nogal, entre otros árboles autóctonos.

El pie, pues, -no es metáfora- se introducía totalmente en el corazón del árbol sacrificado que de esta forma estrenaba nueva vida.

De ahí que, en algún artículo, me haya referido al «zoqueiro» como a un artesano prodigioso , que «posee el poder de hacer caminar a los árboles».