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BIDEN Y LAS MULTINACIONALES

Por Luís Caramés

Por más que Trump apurase sus exageraciones de campaña, llamarle comunista al Partido Demócrata americano es pasarse mil pueblos, como mínimo. Claro que en esa formación militan Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, pero ellos y los que piensan como ellos, son franca minoría. Biden es centrista y no siempre, es decir, a veces saca un perfil más derechista y, como dicen los politólogos, le votan desde gentes homologables a electores PSOE hasta los que podrían pertenecer al ala moderada del PP.

Pues bien, Yanet Yellen, actual secretaria del Tesoro y expresidenta de la
Reserva Federal, acaba de encarar el espinoso asunto de la fiscalidad de las multinacionales. Es sabido que en no pocos países se practica una baja imposición, desatándose incluso la competencia fiscal para jugar con los tributos, al objeto de atraer inversión extranjera.

Pero tal estrategia de imposición a la baja acaba llevando a un círculo vicioso, reduciendo los ingresos fiscales más allá de lo aconsejable. Por eso Yellen, juiciosamente, ha manifestado anteayer que está trabajando con los países del G-20 para acordar un tipo impositivo mínimo a las transnacionales, a fin de detener una carrera hacia abajo, que lleva a la erosión indeseable de la recaudación.

Detrás de esta declaración de intenciones, se esconde –sin duda– una mirada especial sobre las multinacionales de lo digital, que a menudo pagan impuestos –cuando lo hacen– sin relación con el volumen de sus beneficios. Además, no están entre los perdedores de la etapa COVID. Y no olvidemos tampoco que, en el actual contexto, algunas de estas empresas, en sectores como el aeronáutico o el del automóvil, entre otros, fueron objeto de planes de salvamento.

Creemos, pues, que posiciones como la de la señora Yellen, al limitar la optimización fiscal agresiva, ayudarán a grandes empresas en su tarea de legitimación social, ante potenciales planes de ayuda en el futuro. Nada que ver con la Administración Trump, que, en esto como en tantas otras cosas, actuaba como “un pollo sin cabeza”.

La imposición mínima, con tipos moderados, eliminaría el incentivo a la planificación fiscal agresiva, y sería realmente eficaz al aplicarse con carácter general. Lo que no tiene sentido es establecer esos tributos unilateralmente, con mucha carga ideológica y poco sentido común.

LUIS CARAMÉS