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CRISTÓBAL GABARRÓN, ACORDES DE UNA VIDA

VEINTE AÑOS DE MUSEO, TREINTA DE LEGADO

Por Alberto Barciela

Hay noches en las que el tiempo parece detenerse para tomar aliento y contemplar lo construido. La velada de hace unos días en el Auditorio Nacional de Música de Madrid fue una de ellas. Mientras las notas de Manuel Tévar, pianista, compositor y director de orquesta, llenaban la sala con el estreno mundial de “Hope for Peace”, sentí que aquella partitura no solo celebraba una efeméride institucional, sino que narraba una historia compartida, una travesía vital, una playa inconmensurable, en la que he tenido el inmenso honor de participar como un humilde grano de arena.

Celebrar el 20º aniversario del Museo Cristóbal Gabarrón es conmemorar mucho más que la apertura de un edificio en 2005; es honrar la consolidación de un espacio de libertad y diálogo humanista. Sin embargo, para quienes hemos caminado cerca del maestro, esta fecha se superpone con una cronología aún más profunda: 30 años de legado, tres décadas de esfuerzo sostenido para preservar, difundir y comprender la obra de Cristóbal Gabarrón, uno de los artistas plásticos más trascendentes del panorama mundial.

Entre Mula, Valladolid, Beluso-Bueu y el mundo

Bajo el título “Gabarron’s Portrait”, el concierto fue una sinestesia perfecta. Tévar, con su habitual sensibilidad y virtuosismo, logró traducir al lenguaje sonoro la ética y la estética de Gabarrón. Escuchando la pieza, recordé las reflexiones cuando tuve ocasión de describir la perspectiva del artista como un “silencio discontinuo” capaz de unir orillas distantes. Anoche, esa unión se hizo tangible. Ver a más de 500 personalidades, desde la delegación encabezada por el Embajador de la República Popular China, H.E. Jing Yao, a Juan Luis Cebrián y su esposa Mihaela Mihalcia, al Director de la Orquesta internacional Ramón Torrelledó, diseñadores de categoría mundial como Vicente Gómez Rico, miembros de la Mesa del Turismo de España como Yago González o Carmen Orlando, autoridades como Alfonso Cavallé, personalidades del mundo editorial como José Luis Pardo o su esposa Adela, hasta figuras clave de la cultura, reunidas por la fuerza del arte, llegadas de Mula, Hong Kong o Nueva York, que validaron con sus aplausos el sentido de todo el trabajo realizado durante estos años.

El orgullo de haber podido contribuir a este homenaje es difícil de verbalizar. No se trata solo de la satisfacción por el deber cumplido, sino de la emoción de ver cómo una visión artística, que comenzó con trazos y sueños, se ha convertido en una institución sólida, capaz de iniciar ahora una gira internacional de dos años.

Como he señalado en mis ensayos, “todo mar ha de alcanzar su orilla”. El otro día, en el Auditorio Nacional, sentimos que el océano creativo de Gabarrón alcanzaba una nueva costa, una orilla sonora y solemne. Haber reconocido este viaje, haber ayudado con un grano de arena a cimentar estos 20 años de museo y 30 de legado, es un privilegio que guardaré, al igual que la música de ayer, en la memoria de lo imperecedero.

Un día escribí “el niño, con un calendario sin tiempo. Se ha hecho artista. En él permanecen las percepciones coloristas, primigenias, mediterráneas, que se serenarán con su luz en los afanes y la sequedad de la castilla vallisoletana.” Cris Gabarrón, hijo del artista, presidente de su fundación, uno de los mejores gestores culturales del mundo, sabrá porque esa frase abre el catálogo homenaje a su padre, en el que participan decenas de autoridades mundiales; solo es una pincelada, apenas un bosquejo, al lado de la obra inconmensurable de Cristóbal Gabarrón, un artista que veranea en Beluso, Bueu, y que goza de una obra genial que empieza en su familia, la que creó con Rosa. Enhorabuena.

Alberto Barciela