galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

CUAL RETAZO DE LOS CIELOS

“Todos estamos contaminados de atávicos prejuicios adquiridos en nuestra infancia”

Por J. J. García Pena

Es probable que más de una vez me hayas leído expresar mi esperanza en una verdadera y hasta hoy desconocida EDUCACIÓN UNIVERSAL, como si actualmente no hubiese gente EDUCADA. (Quizás debiera acuñarse un nuevo término para definir lo que entiendo por EDUCAR)

Y sí; efectivamente creo que no la hay ni nunca la hubo (por supuesto, me incluyo en el primer lugar dentro de los NO EDUCADOS), porque se suele confundir con EDUCACIÓN lo que es mero formalismo, buenos modales, finura, urbanidad, corrección, cortesía, delicadeza, civismo, crianza, enseñanza, doctrina, instrucción, formación, buen gusto, dogmatismo, ilustración, etc.

Sin embargo, muchos de estos conceptos carecen de valor apenas trasponemos el umbral de la sociedad en que los hemos obtenido o nos han sido impuestos. Conceptos o rasgos adquiridos que nos marcarán -lo queramos o no- de por vida. Nadie podrá ya convencerme -a esta profundidad de mi vida- de que me avenga buenamente a lo que, por ejemplo, en algunas regiones del mundo es tenido como “costumbre de personas educadas y de buen gusto”: eructar ante mi anfitrión para demostrarle, mediante esta asquerosa muestra de agradecimiento, cuán apetecible ha sido su comida. O sumarme a la chusma que, piedra en mano, se dispone a cumplir con el precepto de matar a la adúltera. Horrendo precepto que, tal vez, pudo tener su razón social de ser hace veinte o treinta siglos, pero que alguien debería abolir en el siglo XXI.

Yo, aunque escasamente ilustrado, me tengo por muy racional y sensato. Tanto, que huyo de las supercherías y de las convenciones sociales generalizadas adrede para mejor manipulación de las “masas”, tales como el fútbol, por poner un ejemplo.

No obstante, y contraviniendo mi propio racionalismo, no me es posible sustraerme a la “educación” condicionada tan tempranamente recibida de una u otra forma. O de todas las formas posibles. Todos estamos contaminados de atávicos prejuicios adquiridos, por inducción, en nuestra infancia.

En la “franquizada” España las religiosas -lo creas o no- intentaron inculcarme el desprecio por los judíos (¡mataron a Cristo, niños!), el fanatismo religioso del Opus Dei (con mi firmado, velado, consagrado y personalizado Carnet de Soldado de Cristo Rey… ¡a los siete años de edad!) y el fanatismo patriótico (¡Por Dios, por la Patria y el Rey, lucharon nuestros padres. Por Dios, por la Patria y el Rey lucharemos nosotros también! ¡Tachín, tachín,tachín…!)

En mi segunda infancia, ya en tierras democráticas y libres de templos, de reyes y de tiranos, me condicionaron a elegir, sí o sí, entre “defender la Patria a cara de perro o cavar mi Tumba Gloriosa”. Todo ello convenientemente reforzado con una dosis doble de aquello de “No ambiciono más honor que morir por mi bandera…”

Y el ensayado y sacro…

¿Juráis defender…?

— ¡Sí juro!.

Y lo juré tan inocentemente y con tanta unción (¿qué sería eso de la unción?) como había recibido el bautismo o la comunión.

¡Si será efectiva la manipulación psicológica a que todos somos sometidos desde el nacimiento, que no nos desprenderemos de ella en el resto de la existencia, vayamos a donde vayamos o hagamos lo que hagamos! Pruebas al canto.

El reciente 19 de junio llegué tarde a propósito al colegio de mis nietos escolares a presenciar el acto de la ceremonia de Jura de la Bandera por los más pequeñines. Buscaba evitar que mi esposa y yo quedásemos en la primera fila (reservada por mi hijo y su esposa) frente a los alumnos como en los años anteriores en que se me había hecho imposible sofrenar mi tonta emoción al ver las enseñas patrias en manos de los alumnos y escuchar las elaboradas letras, en las cuales no creo, pero que forman parte inseparable de mi “educación”. 

Es que había descubierto, incidental y tardíamente, buscando información sobre el síndrome de Menier, que soy P.A.S., (Persona Altamente Sensible) y debo evitar, en lo posible, las emociones, ya que me afectan, desproporcionadamente, hasta las más insignificantes (para los demás) notas emotivas.

Tampoco esta vez, (que nos ubicamos en un área del amplio salón semi ocultos a la visión directa de niños y banderas), logré evitar que unas tontas lágrimas se escurrieran por mi rostro y recogidas por mis labios que, sin poder evitarlo, sorbían su sal al tiempo que pronunciaban las frases mudas porque el sonido se me atragantaba en la garganta: “de los cielos, de los cielos”, -gota de sal-, “es la enseña de mi Patria”, -gotón de sal-, “la bandera bicolor”, -doble ración de sal-. Recordaba, inevitablemente, a mi aula y a Libertad, mi maestra de tercero que me inculcó su orgullosa orientalidad. 

Ante tal recuerdo, mi tan objetiva y cacareada racionalidad, como siempre en estos casos, se me fue al… garete. 

Esto no es resultado de una EDUCACIÓN, sino de una estudiada manipulación. –me dije.

Los humanos, aún quienes nos tenemos por muy cerebrales y pragmáticos, sucumbimos ante el condicionamiento sufrido en nuestra etapa más maleable. Esa crucial e irrepetible etapa, en vez de formar individuos que propenden a la confrontación y al conflicto contra el diferente a nosotros, debiera servir para inculcarnos valores de alcance mundial, vale decir, convertirnos en seres altruistas, verdaderos seres EDUCADOS, no adoctrinados como todos, sin excepción, lo somos.

La naturaleza humana, notoriamente más próxima al animal que al dios que -consciente o inconscientemente- pretendemos llegar a ser (y seremos), va muy rezagada respecto a nuestras conquistas tecnológicas, organizativas o científicas. Ya podemos ver, escuchar y trabajar a grandes distancias, pero aún codiciamos la mujer y la hacienda ajenas. Seguimos siendo monos tan ladrones como lo éramos en Atapuerca, Sagunto, Masada o en Numancia.

Esto representa un enorme -pero explicable- desfasaje entre nuestra naturaleza y nuestros maravillosos logros. Desfasaje que sigue produciendo calamidades y sufrimientos a nuestra especie como si el tiempo evolutivo se hubiese detenido en Altamira o en Cartago.

Son males que solo pueden ser superados, según entiendo, mediante una de dos condicionantes, de las cuales solo una depende de nosotros: 

A) cuando nuestra evolución natural alcance un grado tal de “desbestialización” que haga innecesario matarnos entre nosotros. Vale decir, cuando hayamos prescindido de órganos digestivos, respiratorios y reproductivos. 

B) Mediante una acordada EDUCACIÓN UNIVERSAL, cuyo símbolo o icono más sencillo podría estar dado por los colores del semáforo: nadie ignora su significado y todos acatan sus reglas.

Es decir, la futura moral, al igual que el semáforo, debe basarse en reglas convencionales que entendamos y nos afecten a todos por igual en cualquier lugar del planeta y alrededores. Si la infibulación, por más tradicional o cultural que sea, es mala para una mujer tribal, lo será para una citadina y para todas en el orbe; si el toreo, el boxeo, los horoscoperos o los tiracartas son actividades mentalmente embrutecedoras e indignas para una sociedad determinada, lo serán para todas, porque la vestimenta y el habla podrán ser diferentes según en qué latitud del globo, pero todo ser humano es igual en cualquier punto de la Tierra.

Considerar que somos educados cuando ni siquiera somos capaces de respondernos, – ante tanto fracaso documentado a pesar de nuestros rezos- si nuestro dios existe o si la Tierra es plana en vez de esférica, es, cuando menos, un mal chiste. Una vergüenza en nuestro siglo. En todo caso sería más “sensato” aceptar un dios universal que seguir matándonos por uno personal de bolsillo. El mejor ejemplo lo tenemos en Medio Desoriente.

Por supuesto, los conductores de rebaños humanos no querrán ni hablar de coincidir en una EDUCACIÓN UNIVERSAL. Se les arruinaría el negocio, basado en la ignorancia. Adoctrinar es necesario, EDUCAR es peligroso…para el poder pastoral.

¿Acaso no son suficientes las pruebas de que ni siquiera nuestros enemigos tienen un dios que los proteja de nosotros? Nadie podrá negar que ha habido tiempo suficiente para comprobar, objetivamente, la ineficacia teologal. ¿Nos pondremos de acuerdo en la redacción de un posible acuerdo en favor de la humanidad desahuciada por sus dioses? Creo que por ahora no. (Cada mono ladrón cuida su árbol y su hembra, mientras mira de rabillo los frutos del vecino y la hembra ajena… al igual que hace centenas de siglos). Si no acordamos una EDUCACIÓN GLOBAL, Caín seguirá matando regularmente a Abel y seguiremos, estúpidamente, preguntándonos ¿por qué lo mata?, hasta que no necesitemos dientes.

¡Y así nos va, amigo mío!

(Será bueno -para que los jóvenes sepan de que iba la “educación” durante la dictadura de Franco- ponerles algunos ejemplos en imágenes…)