galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

CUANDO SE NOS OLVIDAN LAS CANCIONES…

Ahora que la gente se muere en secreto y la enfermedad espera por todos al doblar la esquina de la gran ciudad, vuelve a hablarse de la aldea del abuelo. Si no llega a ser por el coronavirus, el lugar, precioso y sano, permanecería en el olvido. Como el propio abuelo.

Los urbanitas, a medida que avanza la pandemia esta que nos quita el sueño, abren el baúl de los recuerdos que les lleva a esos pequeños lugares, únicos, entrañables, de postal y lo hacen tras haber mantenido el paisaje nativo en el más cruel de los abandonos.

—- Normal, el abuelo murió hace tiempo y muchos ni siquiera llegaron a conocerle.   

—- Sí, pero son sus raíces las que sostienen las viejas piedras de la casa en ruinas, lo mismo que el hórreo o los muros de las leiras.

La aldea del abuelo está al final de la corredoira.  Años ha se escuchaba el canto del eje del carro, las canciones de los pájaros, los gritos de los niños, los sonidos guturales de cada animal doméstico y el canto del viento en la copa de los árboles…

Si vas hoy a esa misma aldea verás que la hierba crecida, toxos y silvas cubren por completo hasta el silencio. Este lugar está abandonado y aquella hermosa casa de labradores espera el renacimiento al final de un angosto camino.

—- ¿Cómo puede morir una aldea?

—- Lee “Memorias de un neno labrego”, del gran Neira Vilas, y comprenderás el porqué de la existencia de aquel lugar medio aislado, tranquilo… cuidado con mimo por aquella buena gente que lo habitaba.

Los abuelos eran mayores pero fuertes para cuidar la leira y hacer leña. La madre era la encargada de administrar los frutos de aquellas cosechas, de salar el cerdo, de cuidar la vaca, de ir a la tienda, de pagar las deudas y de hablar con el del banco sobre cosas de pobres…

—- ¿Y el padre?

—- El padre se había ido a Venezuela para alimentar aquellas bocas.

—- ¿Y los niños?

—- Los niños eran cuatro. Ya te imaginas que en aquel tiempo no había luz eléctrica, solo candiles, viejos candiles que funcionaban con carburo…

La huella de esas viejas pisadas son las que reflejan el paso del tiempo, las estaciones y la energía de cada uno de los instantes que a muchos les han quedado grabados. Romper de pronto con esas corredoiras es romper con la cultura propia, quebrar la personalidad. Esos caminos de nuestra memoria nos siguen contando ricas historias de personas, personajes y leyendas que mantuvieron viva tantos años la aldea del abuelo.

Puede que sus imágenes se hayan ido difuminando con el paso de los años y otros tantos inviernos los que hicieron crecer las silveiras que todo lo cubren…  

Bien se nota que hubo que pasar la llave con lo puesto y buscar el futuro allá donde quisiera que se encontrase.

—- Es una historia triste, Yayo…

—- La más triste página de nuestra historia que escribimos nosotros mismos.

El tiempo demostró que la mayor pobreza es quedarse sin aldea y todo lo que significa. Por eso escribió el poeta…

Perdín as cancións que voltan tan só para que chore.

Meu can xa se esquenceu de ladrar e non responde o nome.

Eu perdín meu ceo… e agora son iso, un pobre.”

—- Los gallegos tenemos fama de lamentarnos sin hacer nada por curar nuestros males…

—- Es verdad, pero nunca es tarde si la dicha es buena y algunos han comprendido la palabra del poeta, también muerto y olvidado al otro lado del océano…

Por eso cauterizan ahora las heridas y ahogan los lamentos al saber que aún es posible reescribir aquel cuento de hadas y meigas buenas. Mucha gente ya emprendió el retorno y muchos otros devolvieron a su memoria la ansiada posibilidad de volver…

La vieja corredoira es ahora ancha y asfaltada y pasa por medio de los verdes campos, los de siempre. Sin embargo, cuando llegas… ves que ha cambiado el paisaje del lugar: ahora hay más de una casa y en la pequeña plaza se erigió un cruceiro. Las chimeneas vuelven a echar humo y los niños corretean por el lugar gritando como si fuera ayer.

Por volver, hasta han vuelto los pájaros cantores y se ha recuperado ese olor característico de la tierra cultivada.

Si entras en la vieja casa del abuelo, en solo un instante vivirás las mismas sensaciones que guardaron aquí los corazones errantes. Solo hace falta fuego en la lareira para entender que la aldea ha renacido, al otro lado de la curva.