galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

DE PONTEVEDRA AL PARQUE DEL LAGO

Desde la terraza del “Carabela”, el más antiguo de los cafés de la Pontevedra señorial, se contempla la belleza de los históricos edificios de la plaza más hermosa de la ciudad, en donde la vieja fuente, en tiempos, daba de beber a quien por allí pasaba, que eran principalmente peregrinos de concha y bordón; es decir, caminantes a Compostela.

Allí la conocí, en aquella tertulia donde uno admiraba la belleza de sus ojos claros, disimulando como si hubiese perdido la mirada entre la mera contemplación de la tarde y las camelias centenarias.

Fue ella quien me invitó a dar un paseo entre las palmeras de los jardines más románticos, para esconder nuestro mutuo interés entre las flores que tapan el bosque de hormigón de la ciudad habitable.

Pisamos entonces el lecho de las camelias de abril mientras la rosa nos hacía un guiño de complicidad y llenaba el aire de fragancia. Aunque no era ella, la rosa, la única flor del jardín, todas rebosaban hermosura en su talle, en su corola, en sus pétalos, en su cáliz. Jamás volví a probar el sabor a miel de aquellos tesoros ocultos… 

Entre flores quedamos, al otro día, para contemplar juntos la grandeza de la tierra y mirarnos en los espejos del lago, tras recorrer despacio el gran Parque de Cotorredondo Era, entonces, el lugar más propicio para amarnos largamente y emprender desde allí, desde ese lugar fulgurante, una vida en común que ya dura cinco décadas y media… Gloria me descubrió, allá por los sesenta, el Parque del Lago. 

El aire fresco de la mañana me devuelve hoy al mirador de Cotorredondo, para buscar desde aquí, la belleza del agua vibrátil, a veces de plata y a veces de oro, de las rías de Vigo y Pontevedra. En el trayecto, cantan los pinos su canción de primavera mientras nos saludan las flores silvestres y murmuran las fuentes.

Al paso, predomina el tapiz verdoso sobre las degradaciones cromáticas provocadas por el clima, que ya se sabe que por la ladera trepa a veces la niebla que disuelve el sol del mediodía y que otras veces, las nubes cárdenas premonitorias de las tormentas coronan la cumbre.

Desde Cotorredondo, cada momento sobre las rías es irrepetible por la luz que se obtiene de la atmósfera, que es lo que matiza las perspectivas. Y ahí están las islas, San Simón y Tambo, para pintar de verde el azul marinero. Desde estas alturas parecen mínimas.

Esta es visión panorámica que nunca hiere la vista.

Este es un monte-mirador en el que hay mucha naturaleza que admirar: estamos en un parque natural único, lleno de fuentes que cantan a la primavera del bosque y  que envían sus aguas a un lago.

En medio del trayecto, aparece mimada por el hombre una mámoa con su dolmen, su corredor y su coraza, perfectamente limpia y excavada. La huella de las antiguas civilizaciones a quienes imitamos admirando el paisaje.

El Lago de Castiñeiras, al fin, aparece para el asombro rodeado de la más variada flora que crece salpicada entre los loureiros, los pinos, los eucaliptos y los carballos…

Y todo lo refleja, porque es el espejo del alma de esta tierra hermosa.

Nadan aves bajo la atenta mirada de algún ciervo asustado por el hombre, que pasea a caballo la silueta del monte.

Hay quien se atreve a cabalgar por el río de la Fraga, avanzando entre pozas y cascadas, para llegar –atravesando los montes de A Paralaia y el Magdalena- hasta la placidez de una playa de las muchas que se esconden en la península del Morrazo…

Pero para eso, ¡ya llegará el verano…!