galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

EL DIOS DE LA CARA PLANA

¡Qué pena si este camino fuera de muchísimas leguas y siempre se repitieran los mismos pueblos, las mismas ventas, 

los mismos rebaños, las mismas recuas!

¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra

al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?

Los mismos hombres, las mismas guerras, los mismos tiranos, las mismas cadenas, los mismos farsantes, las mismas sectas ¡y los mismos, los mismos poetas!” 

(LEÓN FELIPE)

Por J.J. García Pena

Nunca como ahora el ser humano recibió mayor cúmulo de noticias visuales y en directo. Pocos alrededor del globo se enteraron en su día del terremoto de San Francisco, en1906, o el gran incendio de Lisboa, muchísimo tiempo antes. Solamente los libros de aventuras y algunas y escasísimas páginas científicas recogieron, y de segunda mano, la hecatombe de Krakatoa. Únicamente por iniciales referencias orales, confiadas más tarde a la escritura, supimos siglos después de la indescriptible agonía telúrica de Santorini.

No existían las transmisiones vía satélite. Por eso no nos impactó visualmente el tsunami colosal formado por el terremoto de Chile en 1960 y que barrió todo el Pacífico con devastación en Hawái.

Todo quedaba lejos de todo.

La propagación, el conocimiento de hechos de todo tipo quedaba en manos de quienes pudiesen trasladarse en un mundo sin carreteras, con transporte a sangre o vela. No pocas veces llegaban esas noticias, con retraso de décadas o centurias, en forma de poemas llorosos en las voces de ciegos mendicantes o marineros alucinados por la lejanía y el alcohol.

No es de extrañar, pues, que la enorme mayoría de la humanidad conociese, y aun así parcialmente, apenas lo acontecido no más allá de unos diez kilómetros de donde transcurría su breve y trabajosa existencia.

En estos últimos meses, hemos comprobado una vez más la relatividad de la importancia que se le otorga a las informaciones. No termina de dilucidarse un hecho ni sus consecuencias, cuando es desplazado por otro más o menos importante, pero siempre novedoso. O con pretensión de serlo.

Nada vende más que lo trágico o lo morboso.

Nada había, hasta hace nada, más importante, urgente ni trágico en el panorama mundial, que el conflicto bélico de Siria. Nadie dudaba de su necesidad de encabezar los titulares, hasta que una tan antigua cuán renovada tragedia lo desplazó en cuestión de diez minutos de su lugar de destaque, como si la gravedad de aquella calamidad humana, con intereses, fanatismos con miles de muertos, hubiese, por arte de magia, endulzado su cariz o se hubiese resuelto sin pena y con gloria.

Las noticias sobre una pandemia nos envolvieron con su manto de “urgente”. (Nunca entendí la urgencia de noticias de hechos irremediables ¿O tal vez se refieren a la “urgencia” de informar antes que la competencia?)

Pero tragar noticias, urgentes o no, no significa necesariamente, entendimiento.

El entendimiento es hijo del conocimiento y la reflexión. Y esta última jamás se dará si ingerimos una información previamente masticada y dirigida malintencionadamente o no. Siglos costó a una parte de la humanidad deshacerse de los grillos de la ignorancia, derribando ídolos de pacotilla.

Hoy, cuando del horizonte de su futuro parecen alejarse las tinieblas en que siempre medraron los augures y profetas del miedo, surge en aparente reemplazo de atroces dioses perimidos, uno nuevo con miles de caras cambiantes, en una sola y plana. En cada hogar erigimos uno, cuando no más, de propiciatorios altares, para invocarlo, embobados.

Y todas las noches el Vocero Sideral nos deforma a su imagen y semejanza. A tal punto nos alucina que nos hace incapaces de razonar por nosotros mismos, aunque curiosamente nos dé, él mismo, las pautas para hacerlo.

Nos dice el Augur Mayor, por boca de histéricos lenguaraces y hermosas vestales:

—- ¡El planeta se venga del mal que le hacemos! ¡Hace 140 años que no se registraba desgracia semejante!

Nadie duda de los terribles abusos que cometemos como especie y que las naciones causantes de ellos deberán remediar por el bien de todos y así aplacar los justos y vehementes clamores de las agencias de noticias.

Pero, con la misma vehemencia sería bueno que nos explicasen que daño le habíamos ocasionado a nuestra madre tierra hace 140 años. O hace 2000 con Pompeya y Herculano.

El planeta es un ser verdaderamente vivo, y como tal sufre cambios mucho antes de

nuestra aparición. Alguna vez la congelada Antártida tuvo flores tropicales y no fue nuestra la culpa de su actual estado.

Las noticias, como el pescado en estado natural, duran poco frescos. Otras vendrán a reponer la insaciable necesidad de emociones fuertes de todos nosotros. El tiempo templa y hasta congela el dolor más profundo. Lo saben bien los abogados…

Incluso el genocidio más atroz perderá su fuerza de impacto con el paso del tiempo. Algún lejano historiador lo juzgará con la frialdad destinada a un fósil. Y ya no le parecerá tan masacre; tal vez hasta la catalogue como refriega o choque cultural.

Quizás Siria vuelva ser la vedette por otros tres días, o algo aún desconocido y macabro la opaque. No importa qué. Siempre será espeluznante o condenablepara merecer ser titular. Vende más el robo de un caramelo a un niño que la donación de mil caramelos a mil niños.

A pesar de todo somos privilegiados por tanto acceso a la necesaria información. Está muy bien que nos la vendan. Pero el entendimiento lo debemos lograr nosotros. Usemos nuestra capacidad de reflexión. En el kiosco no suele haberla.

No convirtamos a nuestra nueva creación, el segundo vehículo del conocimiento humano, en un nuevo tirano. O caeremos en las garras de los titiriteros del dios de cara plana. Y no perdamos contacto con el primer vehículo creado por nosotros, noble, sabio y sencillo: el libro.

Sin él no hablarían los muertos.