galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

EL GIGOLÓ DE A MEZQUITA

Era mi segundo viaje a la Argentina y llevaba yo por equipaje, aquellos días, cierto exceso de “Galeguidade”, que son esas horas interminables en las que no puedes separarte ni de la patria, ni de los actuales problemas de la emigración, ni de los protagonistas del éxodo. Así que decidí perderme en el gran Buenos Aires buscando la complicidad de un viejo ex tanguista al que conocí en el “Querandí”.

Orlando hizo de guía aquella noche “semicrápula” que comenzó en Puerto Madero, en La Bistecca, tomándonos ambos un asado italo-argentino; y terminó casi al amanecer con un grupo de “gente del tango” bailando alrededor del piano y bajándonos todos whisky de buena cosecha.

Orlando ya no sabe ser garufa, pero fue un caso perdido desde que sus padres lo llevaron a la Argentina. El tango le sirvió para…

—- Conocer gente, chico. Por el día en la academia y por las noches bailando con cuanta turista llegaba a este país con ganas de juerga. Yo era lo que se dice un gigoló y me ganaba la vida de local en local, de esos donde las guiris buscan el amor de una sola noche…

A medida que bajaba el whisky tomaba velocidad la lengua de Orlando, que, pese a su edad, setenta recién cumplidos, tenía materialmente colgadas de sus brazos a dos pibas que quitaban el hipo, mientras yo ansiaba conocer las historias nunca contadas de aquel hombre que…

 —- A veces me llamaban por teléfono mis amigas argentinas y la fiesta era secreta, en alguna de esas quintas de lujo del gran Buenos Aires. Ahora estoy retirado…

Orlando nunca daba pistas de sus damas secretas, que eran muchas y muy variadas, de la media y de la alta sociedad, señoras y señoritas herederas…

Las dos “pibas” lo manoseaban mientras el tocaba para adivinar el parpadeo de una de esas señoras estupendas que nunca ves ni en esos tugurios ni a esas horas.

Y allá se fueron los dos, al cabo de un rato, cantando aquello de volver con la frente marchita, que ella ya tapaba canas con un fino teñido rubio para resaltar aún más su belleza enfundada en ajustado y corto vestido rojo…

Creo que yo, impresionado, me quedé soñando otra vez con Marilyn; era cualquier noche en Nueva York y compartía aquellas mismas escenas que se avecinaban en una quinta no lejana…

Sin embargo, me quedé solo y sin taxi.

Cuando desperté en la soledad del hotel me dije que Orlando escondía aventuras y que podía ser un buen libro si yo tuviera ganas de escribir una novela. Porque si cuentas su vida como biografía, nadie te la cree.

Aun cayendo el agua de la ducha por mi cuerpo lleno de gel, me pregunté…

—- ¿Pero… cómo un tipo de A Mezquita, sin saber leer ni escribir, llega a Buenos Aires y se hace gigoló?