galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

EL MARINERO Y LA REDEIRA

Recuerdo dos puertos en Cangas do Morrazo en los que jugaba cuando estaba a punto de pasar la frontera de la pubertad.

Uno lo ocupaban los “vapores de pasaje” que llevaban a la gente a Vigo y volvían, siempre volvían. Y aún siguen yendo y viniendo a uno y a otro lado de la Ría, que en el siglo XXI todavía es transporte bien considerado.

El otro era el muelle de mi amigo Churruca. En él, cada atardecer, se amontonaban cajas el pescado fresco: xoubas, xurelo, sardinas, alguna lubina, rodaballo, mero… alguna centolla, bastantes nécoras, algún que otro santiaguiño…

Allí dormían los barcos que iban más allá de las Cíes.

Churruca me enseñó que aquella barra de hormigón que se adentraba en la mar era el “peirao” y me instruyó en el arte de distinguir las abundantes especies que, entonces, se podían capturar en el litoral gallego.

LA PROA SIEMPRE APUNTABA A LA VIKINGA

Dos cosas me traían por la calle de la amargura a mis catorce años. Llevar el timón del barco de Churruca y conseguir que me mirase aquella chica de ojos tan azules como el mar de Liméns: Larga cabellera rubia que para mí indicaba su origen celta… Cintura de avispa y cuerpo de mujer… ¡La perfecta belleza soñada por los aún no iniciados en el sexo…!

Churruca nunca me dejó tocar el timón de su barco…

De ella, solo supe que se llamaba Chus… y que era redeira.

Churruca tuvo suerte y murió de viejo. Y Chus… mientras metía atún en una lata, en la vieja fábrica de Massó, tomó la sabia decisión de embarcar en el “Begoña” y buscar fortuna en Caracas, cuatro veranos mas tarde.

Hace unos días, en Cangas do Morrazo, me senté en el viejo “peirao”, que sigue siendo el escenario de diarias rutinas marineras; como antes, pero, eso sí, con menos “peixe” y menos redeiras.

Y pensé en la vida de estos hombres a los que se conoce por aquí como los “héroes del chapapote” después de lo del “Prestige”, aquel petrolero del “Nunca Mais”. Los viejos marineros son como el ir y venir de las olas.  

Ellos embarcan, navegan, ponen proa al horizonte más allá de la ría, pescan, regresan, descargan… Y unos venden en la lonja mientras otros preparan el barco para la rutina del día siguiente…

Y ellas… ¡Ellas son la estampa más fotografiada de cada puerto y las que hacen aún posible la conservación de uno de los oficios más antiguos, de todos los oficios marineros! Ellas son las redeiras, con cientos de años de historias vividas junto al mar; mujeres de manos ágiles que ponen a punto las redes de la pesca,  para que devuelvan toda la vida posible a este buen puerto.

Me alegro mucho de que este viejo oficio haya sido organizado mejor en la modernidad: se han agrupado en la Federación de Asociaciones y han conseguido el reconocimiento que le faltaba a su trabajo.

Porque no hay puerto sin redeiras. Y por eso se teme al futuro. Se precisa ya el relevo generacional y para ello, interesar a las jóvenes en el oficio, mediante la implantación de estudios reglados.

¿Una exageración? Su necesidad la razona muy bien Geli Martínez, que es la presidenta de las redeiras de Galicia y entusiasta profesional de este oficio, a la que podemos ver en el peirao de Cangas a diario…

—- Non hai redes sin redeiras e sin redes non hai peixe.