galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

EL SILENCIO DE LOS CULPABLES

“Yo sé que ahora vendrán caras extrañas con su limosna de alivio a mi tormento”. (Alfredo Le Pera)

Por J. J. García Pena

Sí, querida Anahí; ya ves: también a mí, un viejo, me afectó el desenlace. Toda la sociedad uruguaya está bajo el choque emocional que nos sacudió en la madrugada del 5 de septiembre pasado. Nuevamente una indescriptible violencia vicaria se llevó por delante la vida de dos inocentes y de su padre, asesino y suicida. Yo sumaría la de la joven madre que, de aquí en más, deberá afrontar cada mal sueño y cada despertar preguntándose por qué le debió ocurrir eso a su familia. La respuesta y el consuelo no se los dará nadie, por desgracia. Porque la violencia es parte de nuestro ser y solo una educación adecuada al complejo siglo que corre, sumada al cumplimiento de las aún inexistentes leyes justas, puede mitigar su naturaleza bestial. Lejos, por tanto, le queda el consuelo a la pobre madre.

A través de los siglos se han dado -y seguirán dando- estos horrorosos casos de personas (casi siempre varones) que atentan contra sus seres más próximos. Las sinrazones que impulsan a los individuos a actuar de tal forma son de distinta motivación: tanto pueden ser teologales como económicas, honorables, ambiciosas o pasionales.

El patriarca Abraham no dudó en alzar su mano para descargar el peso de su puñal contra su pequeño hijo Isaac, -tendido sobre las ramas ya dispuestas para luego carbonizarlo – si la misma voz que  le había ordenado.- ¡Sacrifica a tu hijo!-, en el último momento le dictara una contraorden salvadora.

Guzmán “El Bueno”, desde lo alto del castillo, arrojó la daga con que los sitiadores habrían de matar a su hijo ante su negativa de entregar la plaza fuerte de Tarifa.

Nerón, no satisfecho con mandar eliminar a su madre, mató, a patadas, a una de sus esposas, embarazada. La mítica Medea, de haber vivido hoy, hubiese copado los titulares y pantallas de toda la prensa mundial que condenaría su impresionante y múltiple filicidio.

Sí, nuestro planeta sigue siendo un escenario sangriento.

La sangre parricida salpicó desde las páginas centrales de la novela El gaucho Martín Fierro hasta el trágico parte policial en que quedó documentado el drama familiar de Dionisio Díaz, el “gurisito guapo”, del Arroyo del Oro. Demostrado queda, pues, que de esta plaga universal “no se salva ni el loro”, como graficamos en Uruguay los efectos tremebundos de la violencia extrema, en estos casos violencia vicaria.

Como ves, nada nuevo bajo el Sol. Miles de parricidios se cometieron y seguirán cometiendo por codicia, fanatismo, celos, desengaño o pasión insensata. Pero no es hasta nuestros días que tales aberraciones conductuales toman proporciones pandémicas. Y está claro que estas manifestaciones de crueldad primitiva van en aumento.

— ¿Por qué? -me preguntas-.

No lo sé -te respondo-.

Sin duda, “algo novedoso” debe estar influyendo en su auge; pero faltan, o se evitan, o peor aún, se esconden datos que puedan arrojar luz sobre las causas. Sin esa luz nos moveremos siempre en tinieblas, no avanzaremos más allá de nuestra nariz. Es tarea para sabuesos sociales el indagar en las motivaciones de quienes delinquen. Raro es el caso que se cierra luego de concluir exhaustivas investigaciones y pericias policíaco-psicológicas.

Por lo general, de cara a la opinión pública, se da por concluido el caso cuando aparecen los cuerpos de las víctimas o se atrapa al victimario. Entonces, como mansos corderos, volvemos a respirar aliviados mientras el lobo no está. Pero que ese lobo ya no esté a la vista no significa que otro no se esté afilando las uñas y los dientes.

Al actuar de manera tan expeditiva, superficial e irresponsable, se pierde la oportunidad de ahondar en ellos para conocer las motivaciones que llevaron a los asesinos a cometer sus atrocidades. Poco o nada quedaremos sabiendo de la personalidad del matador si tan a la ligera e indolentemente se cierran estos tristes casos.

— ¿Para qué hacerlo? 

Para acumular experiencias a fin de saber cómo proteger, en el futuro, a las posibles víctimas de la saña criminal de sus victimarios; e inclusive para preservar la propia vida de éstos. Salvo en aquellos casos de irrecuperables -aunque previsibles- patologías mentales, en las demás, por lo general, hay algún previo proceso anímico o social que solo requiere de un detonante para explotar en violencia incontrolable. Ese es el punto a explorar a tiempo, para intentar evitar que se produzcan casos similares.

Hagamos lo que hagamos, nada ni nadie devolverá la vida a los muertos, pero en vez de lamentarnos por lo ya irreparable, al menos aprendamos, con solo prestar atención a los indicios que recogemos en el entorno del drama, cómo proteger las vidas que estarán en riesgo en muchas posibles agresiones futuras.

Empecemos, entonces, a exigir que se cumpla con lo evidente e imprescindible. Alguien, con autoridad y capacidad ejecutiva para hacerlo, debiera ordenar que se lea e interprete el contenido entrelineado del siguiente mensaje que, a modo de ejemplo, te reproduzco tal cuál lo escribió un asesino y suicida hace unos seis o siete años.

Debajo de una escena infantilmente ingenua y pura y poco antes de descerrajarse un tiro en el pecho dibujó, en un idílico día radiante de sol, a una familia -su familia- que pudo ser feliz, y se despidió:

 “EL ULTIMO REGALO QUE TE AGO MIS AMORES LAS YEVARE EN MI ALMA Y EN MI CORAZON PARA VALE Y NALI”.

¿Son esas palabras de un ser perverso o de un pobre desesperado que clama ayuda?

En el horrendo caso de los pequeñines de ayer, ¿habíamos indagado lo suficiente en la conducta emotivo condicional del agresor, o nos bastó con aplicarle una orden de alejamiento y colocarle, como a un animal en observación, una anilla posicional de GPS, sin hacerle un seguimiento personalizado?

¿Tendrá algo que ver en este fenómeno la irrupción de Internet y el acceso indiscriminado a ella a cualquier edad

¿Nos hemos preguntado -y sobre todo, averiguado- qué hace que un hombre (o mujer) habitualmente amable y pacífico, reaccione con sorprendente desproporción ante un suceso determinado? 

No. Nunca lo hacemos. Ni las autoridades policiales, ni los prestadores de salud, ni ningún agente socio preventivo dentro de “el sistema” lo hace. Tampoco nosotros, simples ciudadanos de a pie, lo hemos hecho. Nunca exigimos a las autoridades competentes que lo hagan. Nos basta con que lo atrapen o lo maten, pero no nos importa aprender nada de las motivaciones de un furibundo agresor, aprendizaje crucial que puede salvar muchas vidas en futuras agresiones.

Indiferencia criminal. Hipocresía global y generalizada. Salvo los niños, todos culpables

No obstante, corremos todos a reunirnos en una plaza, en un patio, en una escalinata, en un parque, en dónde p..a sea, durante sesenta segundos (ni uno más, que llego tarde al gimnasio). Actuamos como lo hace un rebaño de corderos, bichos que, naturalmente, no piensan, pero sienten miedo y se apeñuscan frente al lobo.

Llevamos carteles, colores de duelo, lazos fúnebres y en los labios, temblorosos de miedo e indignación hacia el monstruo, consignas huecas, ya vacías y descoloridas de tanto repetirlas exigiendo justicia a… ¿A quién? ¿Al sordo y esquivo cielo? ¿A la Policía? ¿Al Ministerio del Interior? ¿Al Ministerio del Tiempo? ¿A las Fiscalías? ¿Al seudo periodismo amarillista y ensobrado que se lucra con la desgracia ajena? ¿A Superman?

¿Cuándo maduraremos y empezaremos a exigirnos a nosotros mismos el uso pleno y soberano de nuestro gran cerebro, aletargado y empachado por tanta imagen inductora a un consumo insensato mediante millones de pantallitas y pantallazas que nos prometen la felicidad eterna a solo un clic del deseo, realizable desde nuestro móvil todoterreno?   

Todos tenemos acceso por igual – ya vivamos en un palacio o en una chabola- a las imágenes que nos bombardean y nos incitan, día y noche, a un consumismo irracional y desenfrenado. Pero no todos tenemos las mismas posibilidades económicas de acceder a esos “bienes de la felicidad” que, al no concretarse, terminan generando frustración y rabia. Para agravar las cosas, no todos sabemos usar nuestro sentido común a la hora de separar lo esencial de lo accesorio para evitar caer en la trampa del consumismo criminal y dirigido.

Sí, Anahí: estos tristes asesinos -asesinos de sí mismos en primer lugar- están entre nosotros, son nuestros hermanos y amigos queridos, no son marcianos invasores ni babosas marinas: son seres humanos, casi todos como vos y como yo, solo que perdieron el norte por su mala cabeza y por …. .. los ………. de ……… .

Espero que puedas completar esta frase cuando, tras meditar qué has hecho y hacés con tu vida, halles la respuesta exacta y buena; respuesta que jamás estará asociada a ningún tipo de violencia. Te sentirás mejor persona cuando lo hagas, verás.

Es posible que encontrés otra respuesta que te divierta y te satisfaga más en esa fantástica red que frecuentás -espejo de vanidosas pretensiones- creada para hacerle creer a “los otros” (y ellos a vos) lo bien y feliz que sos y te ves luciendo tu alegre atuendo de turista en tu caro viaje soñado… pagado a plazos interminables, como le conviene a “el sistema”. Es posible. Pero será mentira. Quizás recuerdes (sé que lo leíste de niña), que El Hombre Feliz ni camisa tenía, ni la necesitaba. Y mucho menos necesitaba redes sociales, perversas multiplicadoras de envidias y mentiras mutuas.

Cuando en breves días, debido a el infaltable asesinato nuestro de cada poco, te vuelvas a sumar al callejero clamor de ¡Justicia para ……! dirigido no sabes bien a quién, al menos ahora tal vez te dé por razonar que de nada les sirve ni a las pasadas ni a las futuras víctimas (hoy todavía vivas) que participes del cronometrado silencio de los culpables.

Cuando lo asumas ya no guardarás más mutismo cómplice, sino que reclamarás, ante quien corresponda y dentro de tus posibilidades que, por ejemplo, el “periodismo de investigación”, cumpla su cometido: investigar, no farandulear. Y que no se dé por cerrado ningún caso del cual podamos aprender sobre las conductas patológicas de sus protagonistas.

Será tu (nuestro)mejor aporte a fin de preservar la vida y la dignidad de todos tus (nuestros) semejantes… aún ilesos.