galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

FARRUCO

Por J.J. García Pena

Consulto el abundoso DRAE:

Del ár. hisp. farrúǧ, y este del ár. clás. farrūǧ ‘pollo, gallo joven’.

adj. coloq. Insolente, altanero. Ponerse farruco.

Sin.: insolente, desafiante, atrevido, osado, arrogante, altanero, valentón, chulo, flamenco.

adj. p. us. Dicho de un emigrante: Gallego o asturiano. U. t. c. s.

f. Palo flamenco procedente del folclore del norte de España, que se interpreta con aire de soleá. 

f. Baile que se ejecuta al compás de la farruca.

E tamén o noso DRAG:

1 Que manifesta insolencia, arrogancia e atrevemento na maneira de comportarse ou pola actitude que adopta. Púxoseme farruco e tiven que ameazalo.

2 Que se aferra con enerxía e empeño a unha idea ou a unha maneira de actuar, persistindo nesa actitude. Como se poña farruca non hai quen lle faga cambiar de idea.

Por último, consulto al mejor e inapelable recuerdo: ¡Non te me poñas farruco, cativo do demo,que che zóupo nas cachas…!  Y, de inmediato, deponía mi eventual farruquismo, porque mi madre era mujer de palabra…seguida de obra, ¡Ay!

Doy por válidas la primera acepción castellana, las dos gallegas y les sumo la inequívoca materna, descartando las demás por ser inaplicables en este caso concreto.

“Construida en 1782 por Francisco Rodríguez, conocido como “Farruco”, la capilla sirvió tanto como templo como fortín, desempeñando un papel espiritual y defensivo. En 1797, fue escenario de un evento histórico crucial: José Gervasio Artigas se unió aquí al Cuerpo de Blandengues, marcando un hito en la historia de Uruguay”.

En 1764 llega a Montevideo desde su tierra natal de Santa María de Paraños, el pontevedrés “soldado de los ejércitos del Rey” Francisco Alonso Rodríguez, portando ya su apodo de Farruco.

Casualmente, el 19 de junio de ese mismo año nacía quien llegaría a ser el mayor exponente de la nacionalidad (e idiosincrasia) oriental, el montevideano José Gervasio Artigas Arnal, tercer hijo de Martín José Artigas, quien coincidiera con Farruco en el servicio de armas a la Corona, si nos atenemos a lo señalado por el destacado historiador uruguayo Aníbal Barrios Pintos al referirse a la conocida como “Capilla de Farruco”:

Prestigiosos investigadores de nuestro pasado, como D. Juan A. Gadea, estiman que fue en sus muros/………………/donde nuestro Prócer se acogió el 10 de marzo de 1797, al conocido indulto para la formación del Cuerpo de Blandengues. Avala dicha tesis la notoria amistad de Francisco Rodríguez con su padre, D. Martín José Artigas, con quien compartiera responsabilidades en el Cabildo montevideano (hacia 1796) y en la plana mayor del Regimiento de Caballería de Milicias de Montevideo, al que “Farruco” había ingresado en marzo de 1764”.

El indulto a que hace referencia Pintos es el bando publicado por Olaguer y Feliú para la formación del Cuerpo de Blandengues de Montevideo (que existía desde 1751 con el mismo nombre y finalidad en la extensa planicie pampeana de Buenos Aires), e iba dirigido a “beneficiar” a “los contrabandistas, desertores y demás malhechores que andaban vagantes huyendo de la justicia por sus delitos”, con la única condición excluyente de no estar requeridos por “delitos de sangre”. A cambio, cada indultado debía aportar al Cuerpo “seis caballos y ocho años de servicio”.

El baqueano treintañero “Pepe” encajaba en esa categoría.   Artigas, entonces, con muchos de sus compañeros de aventuras, se enroló, voluntariamente, como soldado en el “Cuerpo de Blandengues de la frontera de Montevideo. Su curioso nombre provenía del acto de “blandear” (blandir) el sable o la lanza, dos de las herramientas de su duro oficio.

Prosigue Aníbal Barrios: “El edificio (en su totalidad) mide 35 mts. x 25. Sobre la Capilla se conservan cuatro asientos de respectivos cañones de regular tamaño. Hemos visto uno de ellos frente a la citada Parroquia”. Como vemos, el sólido edificio de la Capilla de Farruco, construido con piedra y ladrillo en campos del gallego Francisco Rodríguez, había nacido para cubrir la doble necesidad de proteger “de vagos, malébolos, gauchos mal entretenidos y Indios infieles”, las vidas y los bienes de aquella alejada y dispersa población rural, así como atender las de naturaleza espiritual y contener los esporádicos pero atrevidos avances de los portugueses fronterizos.

Si bien en esta Banda hay otras (muy pocas) de similares características e incluso con mayor antigüedad (ej.,Capilla de Narbona, 1732), la Capilla fortificada de Farruco cuenta con el invaluable plus de haber estado relacionada con la figura del prócer oriental José Gervasio Artigas, según nos informa Barrios Pintos quien, además de denunciar el estado ruinoso de la capilla, se ocuparía personalmente de la parcial recuperación de sus venerables muros a comienzos de los años 60 del siglo XX. Gracias a su oportuna intervención el vetusto fortín, oratorio y antigua pulpería, ha llegado en pie al siglo XXI en el cual, remozado su cuerpo, presenta un aspecto similar al que, por fuerza, debió ofrecer el lejano día en que, acogiéndose al indulto gubernativo, llegó a enrolarse, con seis caballos, un joven y sin embargo curtido Artigas.

Nunca sabremos, con absoluta certeza, qué movió al obstinado adolescente a “desaparecer de la vista de los suyos” de los 14 a los 33 años de edad.

Muy de tarde en tarde llegaban a la amurallada Montevideo referencias de sus “andanzas de vida semisalvajeo no tanto”.

Quizás la “oscura motivación”estuvo siempre a la vista. Según creo, se negó a aceptar el destino clerical con el que su abuelo materno -habiendo instituido una capellanía- lo condenaría a oficiar “por primer capellán de ella a mi nieto José Gervasio Artigas”. No había nacido el inquieto Pepe para vestirse por la cabeza y rezar. Por tanto, huyó a la vida libre, dejando las comodidades de su patricia familia de cabildantes hijosd’algo.

Así nos dejó pintado ese no tan “oscuro período”, su sobrina Josefa de Ravía:

Tío Pepe iba a las estancias por vía de paseo, en las cuales adquirió relación con la familia de los Latorres de Santa Lucía y los Pérez del Valle de Aiguá. Frecuentó esas visitas a la campaña, y le fue tomando afición a las faenas de campo; pero como no tuviera en las estancias de su padre una colocación fija se ponía de acuerdo con los Latorres, con los Torgueses, D. Domingo Lema y D. Francisco Ravía, y salía a los campos de D. Melchor de Viana por autorización de éste y del Gobernador de Montevideo a hacer cuereadas, utilizándose también las gorduras y las astas”. “… En cuanto al carácter personal de Artigas, lo tengo muy presente, porque desde niña he estado oyendo diálogos de tía Martina Artigas, hermana de tío Pepe, con mi tía Josefina Ravía, del carácter, hechos, y costumbres de aquél hasta la época que voy refiriendo. Ellas decían que tío Pepe era muy paseandero y muy amigo de sociedad, y de visitas, así como de vestirse bien “a lo cabildante”; y que se hacía atraer la voluntad de las personas por su modo afable y cariñoso. Don Martín Artigas era el que recibía en Montevideo las carretas de cueros que mandaba tío Pepe de campaña, siendo los conductores de ellas don Francisco Ravía, don Domingo Lema, don Manuel Latorre y sus esclavos. Don Manuel vendía la carga, la metalizaba y repartía su importe, entregándoles su parte a los conductores arriba mencionados”.

Y así nos lo retrata en sus Memorias el Gral.Nicolas de Vedia, que lo conoció desde el colegio en que fueron condiscípulos: 

“Es Artigas de regular estatura, algo recio y ancho de pecho. Su rostro es agradable; su conversación afable y siempre decente; come parcamente, bebe a sorbos, jamás empina los vasos. No tiene modales agauchados, sin embargo de haber vivido siempre en el campo. Se habían pasado cosa de dieciséis a dieciocho años, cuando después abrazó su carrera de vida suelta, lo vi por primera vez en una estancia a orillas del Bacacay, circundado de muchos mozos alucinados que acababan de llegar con una crecida porción de animales a vender. Esto fue a principios del año 93, en la estancia de un hacendado rico, llamado el capitán Sebastián”.

El presbítero Larrañaga también lo describe en ocasión de entrevistarlo en Paysandú (comisionado por el Cabildo de Montevideo), en junio de 1815. Artigas, en esos días, cumplía 51 años:

“...En nada parecía un general. Su traje era de paisano y muy sencillo: pantalón y chaqueta azul, sin vivos ni vueltas, y zapatos y medias blancos y un capote de bayetón eran todas sus galas, y aun todo esto pobre y viejo. Es hombre de una estatura regular y robusta, de color bastante blanco, de muy buenas facciones, con la nariz aguileña, pelo negro y con pocas canas; aparenta tener unos cuarenta y ocho años, su conversación tiene atractivos, habla quedo y pausado; no es fácil sorprenderlo con largos razonamientos, pues reduce la dificultad a pocas palabras y lleno de mucha experiencia, tiene una previsión y un tino extraordinarios. Conoce mucho el corazón humano, principalmente el de nuestros paisanos y así no hay quien le iguale en el arte de manejarlos. Todos lo rodean y todos lo siguen con amor, no obstante que viven desnudos y llenos de miseria a su lado…”.

Hasta uno de sus mayores detractores, como sin duda lo fue Bartolomé Mitre, militar argentino que contribuyó a imponer en público la “leyenda negra” antiartiguista, reconocía en privado -en manuscrito del año 1841- la extraordinaria personalidad del tozudo oriental que, nombrado Protector de los Pueblos Libres, enfrentó al egocentrismo de las poderosas Logias porteñas (que temían que su ideario de Provincias Unidas y Confederadas siguiera creciendo) que terminarían poniendo precio a su cabeza:

Artigas era verdaderamente un hombre de hierro. Cuando concebía un proyecto no había nada que lo detuviera en su ejecución, su voluntad poderosa era del temple de su alma y el que posee esta palanca puede reposar tranquilo sobre el logro de sus empresas. Original en sus pensamientos como en sus maneras, su individualidad marcada hería de un modo profundo la mente del pueblo. Activo pero silencioso, hablaba muy poco y sus órdenes más terminantes se expresaban por el lenguaje mudo que pedía la vida o la muerte de los gladiadores. Sereno y fecundo en arbitrios, siempre se mostró superior al peligro”.

Sé lo que estás pensando: Don José, sin ser gallego, (que era un criollo de origen aragonés), fue la mejor encarnación de un auténtico Farruco.

Hoy, viernes 19 de junio de 2026, aquel empecinado Artigas cumpliría 262 años.

De haber vivido en su tiempo no sé si lo hubiese acompañado en la “Redota” de 1811 (no fue empresa para flojos…ya te lo contaré otro día), pero sin duda le estrecharía fuerte su mano y le agradecería, en el conmovido silencio de su ostracismo paraguayo, la patria que nos legó, sin llegar él a disfrutarla.