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FERNÁNDEZ DÍAZ

Por José Antonio Perozo

Un importante político conservador, amigo mío, me dijo en una ocasión: “Los creyentes tenemos una gran ventaja sobre vosotros los incrédulos, si yo peco o miento el confesionario me absuelve y duermo tranquilo; a vosotros siempre os aguardan los tribunales de justicia”. Tengo la impresión de que esta filosofía está muy arraigada en algunas prácticas políticas conservadoras en España y, como estamos viendo, personajes del calibre de Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior con Mariano Rajoy, se ha convertido en un ejemplo palmario.

Fernández Díaz, en su cometido institucional, por la mañana ponía medallas a las santísimas Vírgenes barrocas y por la tarde se dedicaba a conspirar delictivamente contra sus adversarios políticos para sentarlos en los banquillos. Es de suponer que, cuando fue en coche oficial al Valle de los Caídos a orar o confesaba los sábados en su parroquia, se liberaba de toda mala conciencia, propia de su educación religiosa. Sin embargo, me temo que ningún cura biempensante jamás se habría atrevido a perdonarle sus desafueros políticos. Los mismos que debieran llevarlo ante los jueces, a quienes también estaba seguro de manipular, como hemos escuchado en sus conversaciones con el comisario Villarejo.

Jorge Fernández mintió en sede parlamentaria –también en los juzgados– asegurando no haberse reunido nunca con Villarejo, del mismo modo que lo hizo Aznar afirmando no conocer a Correa, cabecilla de la Gürtel, testigo principal en la boda de su hija. Este delito está penado con multa y cárcel, pero nunca prospera, acentuando la invalidez de cualquier comisión de investigación parlamentaria. Con todo, lo más grave de las andanzas por las cloacas del ministro es el recrudecimiento generado en el conflicto con Cataluña, que aún padecemos.

Fernández Díaz ha resultado ser un ministro de sainete de Arniches, abanderado de una Policía Patriótica, heredera del Somatén de la dictadura de Primo de Rivera. Un presunto delincuente y otra gota malaya sobre la cabeza del amigo Mariano. Y ya vemos hasta dónde puede llegar el famoso ora et labora benedictino.

JOSE ANTONIO PEROZO