galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

HACIA EL MOTÍN DE ESQUILACHE

Por Xosé A. Perozo

Nos hemos vestido de pantallas, peliqueiros y cigarrones y hemos salido a la calle con cencerros a celebrar las fiestas de don Carnal en recuerdo de las viejas Saturnales, donde se hacía acopio del buen vino de Baco, de los alimentos de Ceres y se disparaban los gozos sexuales de Venus, para dejar los cuerpos satisfechos ante la llegada de los rigores y penitencias de doña Cuaresma. Estaba bien esa hipócrita filosofía de usar el desmán de hoy para reprimirnos mañana, sin embargo, en los carnavales modernos sólo perviven los símbolos, lo gestual, el consumo, el turismo, la distracción, justificados con el mito de la tradición con o sin creencias.

El curso de la vida es así, una farsa para ir tirando. En realidad, la Historia enseñada en las aulas es un carnaval donde la verdad de los sucesos se disfraza según la conveniencia de cada siglo. Por tanto, las carnestolendas pertenecen a esa cultura, llamémosle nuestra, que dice llevar en su biblia la ignorante extrema derecha como si fuera de su propiedad.

Digo esto porque mientras disfrutaba en Compostela disfrazado de obispo, en Madrid el partido de Abascal resucitaba la ancestral gestión contra las caras tapadas del italiano marqués de Esquilache. Pretendía Santiago, y cierra España, legislar contra el uso público del burka y el niqab, los velos islámicos usados por las mujeres árabes por imposición de sus maridos. Él y los suyos no quieren ver a esas mujeres cubiertas como fantasmas paseando por nuestras calles. No por ellas sino por su religión y cultura.

Sin embargo, yo, en medio de esta carnavalada me malicio que pretenden una primera prohibición puntual para, a renglón seguido, proscribir la utilización de pasamontañas, caretas, bragas de cuello, bandanas, velos de boca y faciales, mascarillas sanitarias, disfraces varios y, por descontado, las pantallas de Xinzo, los peliqueiros de Laza, cigarrones de Verín y otros tantos… ¡Prohibido llevar la cara tapada! Será el lema.

No les importa, no, la degradación de las mujeres árabes. Las quieren encerradas en sus casas como a las cristianas monjas de clausura, aún hoy vestidas con hábitos medievales. Son pocas, pero las quieren cautivas o expulsadas fuera de nuestras fronteras. Ningún propósito de liberación de la mujer. Una muestra evidente de misoginia, xenofobia y de control social que yo, disfrazado de carnaval, de inmediato relacioné con aquella otra historia del siglo XVIII cuando el célebre ministro de Carlos III, para controlar a los súbditos de toda clase y condición, prohibió llevar las caras tapadas. Para que nadie pudiera embozarse mandó recortar el largo de las capas tradicionales y recoger las amplias alas de los chambergos, subirlas hasta las copas y convertirlos en los nuevos sombreros de tres picos, tan del gusto de Napoleón Bonaparte.

Sí, el marqués de Esquilache puede considerarse un precedente de Santiago Abascal, encabezando un ejército de sastres, tijera en mano, por las calles de Madrid. Entonces la capital vivía agobiada por las subidas del precio del pan (alimento de primera necesidad). Hoy sufre vapuleada por las subidas de los huevos. Dos buenas razones para un motín.

También recordé que la dictadura de Franco prohibió los carnavales para evitar las caras tapadas. Quizás Abascal este eco lo tenga más cercano y amado. En las ciudades la tradición popular se borró de las calles, pero en algunos lugares la burguesía la trasladó, sin caretas, a locales sociales privados. Podías maquillarte siempre que no desfigurases la fisonomía y guardaras las reglas del régimen. Cada quien hacía el motín a su manera. A mis catorce años, yo fui expulsado del Casino de mi ciudad por disfrazarme de clérigo goliardo. Todo es viejo, señor marqués.