galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

IN MEMORIAM: MARÍA TERESA MIRAS PORTUGAL Y XERARDO MOSCOSO.

EL DÍA QUE MURIÓ XERARDO MOSCOSO…

“…En México existen experiencias de teatro en cárceles, con chicos de la calle, sordos, prostitutas, ancianos, niños con síndrome de down o en poblaciones que eran el peor metedero de heroína del país. Las personas que, desconociéndolo, bebieron el bálsamo del teatro fueron tocadas para siempre. San Pedro de las Colonias, Coahuila, es considerado (o era hasta hace pocos años) el pueblo con mayor consumo de heroína del país. A ese lugar, que existe en el mapa gracias a la heroína, llegó Xerardo Moscoso después de transitar muchos años por el cine y teatro chilangos. Con base en Torreón, Xerardo se volvió un personaje vital y deseado y protegido por buena parte de los pobladores de San Pedro de las Colonias que jamás hubiesen pensado que el grupo de teatro amateur de su pueblo (La Gaviota, en homenaje a Chéjov) pudiese llevar por Galicia la poesía de León Felipe con acento del norte de México en una exitosa gira, en 2007…

Jaime es el amigo común que, un buen día de pandemia, me mandó una extensa carta contándome lo que estaba haciendo en la actualidad Xerardo Moscoso Caamaño: el cantor de la rebeldía de la Galicia Ceibe se había convertido en un humilde actor social que llegó con su carromato nómada al pueblo más pobre de México, para tenderle una mano y sacar del pozo a quienes habían caído en él.

Allí enfermó de gravedad y allí sufrió el Covid. Y allí, en su base de Torreón-Coahuila, nos dejaba esta semana y emprendía viaje al Espacio para tomar posesión de una estrella e iniciar en ella otra vida sin sufrimientos, que no se los merece.

El día que murió nuestra voz ceibe lloré en soledad la partida del amigo. Juntos hicimos aquella guerra sonora contra Franco utilizando como mediador a Ramón Cabanillas y su Acción Galega. Moscoso le puso voz a la rebeldía y yo me atreví a producirle aquel disco que hoy es una joya de la canción gallega.

Antes había sido de los iniciáticos cantautores no noso idioma dentro del grupo Voces Ceibes, junto a Benedicto, Xavier, Guillermo Rojo, Vicente Araguas y Miro Casabella. Le considero una figura senlleira de la galleguidad en el mundo, al margen de valorar infinitamente su labor social como médico, y esa renuncia al éxito como actor y director teatral en México y en Estados Unidos para comprometerse con los más débiles.

Hace un par de veranos -o quizá alguno más- Moscoso y yo nos reencontramos en Pontevedra para recordar juntos aquellos tiempos en los que le cantaba las verdades al lucero del alba y al gobernador civil de la provincia.

—- Bueno, nós cantar non cantábamos, pero o decíamos moi ben…

También recordamos otras historias, como el día en que, el todopoderoso pontevedrés Antonio Puig Gaite, jefe del Movimiento y vicepresidente de casi todo, le puso una pistola en la frente y le dijo que se marchara del país.

Aguantó mi tocayo tiempo, y tiempo tuvimos para producir su disco “Acción Galega”, que dio a conocer entre los melómanos al poeta de la raza, a Ramón Cabanillas, bastante antes que el de Juan Pardo.

De aquel viaje a Madrid recuerdo muchas historias, al margen de la grabación del disco, que conservo en casa como un tesoro y aún escucho para no perder la memoria.

Moscoso estaba sin pasaporte –se lo habían retirado-; no tenía carnet de conducir y la brigada político social lo seguía porque era un clandestino y antifranquista…

Pero él se empeñó en conducir y lo hizo, faltaría más, por dirección prohibida… ¡Menos mal que aquel policía municipal de Madrid era gallego!

—- ¡Veña largade de aquí antes de que veñan os grises e vaiamos todos o cazolo…!

Aquel guardia, de apellido Santalices, fue mi invitado especial en la Festa dos Mundos, en el 2004, cuando 170 mil personas llenaron Santa Cristina para aplaudir a Carliños Brown. Santalices está retirado en Oleiros y se dedica a la vida contemplativa.

También fuimos al estreno de la película de Martín Patino “Canciones para después de una guerra”, que vimos en compañía de algunos amigos de San Adrián de Cobres, el mirador de la Ría de Vigo. Sonó una estruendosa ventosidad mientras en la pantalla sonaba el “Cara al Sol” falangista…

—- Poooorrrrrrrropoooooop…

Fue el pedo más sonoro que escuché en mi vida. Algo tuvo que ver Xerardo, claro.

Salimos todos del cine seguidos por un grupo de aquellos Guerrilleros de Cristo ReyNo pasó nada porque los grises no querían que hubiera líos donde se proyectaba una película del Régimen, aunque Moscoso y yo supimos leer muy bien la letra pequeña en la que Martín Patino escondió su fina ironía… Porque los que vieron la película convendrán conmigo que la letra era más bien pequeña y la música muy de la época.

Tiene bemoles que en Galicia algún cantautor llamase a Xerardo fascista. Lo hizo, el muy macho, -que no nombro porque ya murió-, dada la condición homosexual de Moscoso que no encajaba bien entre quienes se llevaban de calle a las alegres chicas del PCG, que ni eran tan alegres ni a la hora de la verdad tan del PCG.

Xerardo Moscoso era tan discreto que conmigo nunca habló de esa condición suya. A mí me lo descubrió una amiga común que se sentía enamorada no sé si del artista o del ginecólogo que ejercía en el Sanatorio San Rita de Pontevedra.

Me permitirá Moscoso que recuerde aquí una anécdota de este sanatorio pontevedrés. En el Diario de Pontevedra yo comencé como redactor de sucesos. Entonces nos lo tomábamos tan en serio que, tras un accidente, agresión o incluso crimen, íbamos en busca de la información al centro médico y a la Guardia Civil. Hoy en día, al parecer, se llama por teléfono o se pone un mail y se reciben los partes en el correo electrónico.

En una de mis visitas, al salir, un oficinista del que ya ni quiero acordarme, me dio un sobre:

—- Toma, así te resultará más fácil escribir que el herido está en el Sanatorio Santa Rita.

Lo metí en el bolsillo pensando que era un parte médico, pero no; en el sobre había un billete de 500 pesetas… Cogí el dinero y se lo entregué a mi maestro, Ángel Huete, que a su vez se lo metió en el bolsillo al cieguecito de la ONCE que pasaba mucho frío, porque aún no se inventara el kiosco de la esquina de la calle de la Oliva. Jamás volví a nombrar en el periódico al Sanatorio Santa Rita…

De este hecho pasaron cuarenta y siete años, nueve menos que cuando tuve el gusto de entrevistar a Moscoso, por primera vez, en aquella Radio Popular libre de mis noches de Vigo, nunca olvidadas.

Supe ya entonces que Xerardo era hijo del exilio y que en México le aguardaba una vida sin dictaduras en las que llevaría adelante uno de sus muchos sueños: el de ser actor.

—- Comencé haciendo lo que pude, hasta telenovelas, pero ahora hago más bien teatro, con mi grupo La Gaviota y cine.

Hace unos meses días hablé con él por teléfono por última vez, pero conservo para mi intimidad muchos mails. Incluso tuve el honor de que colaborara en esta tu revista digital Galicia Única y llevo un par de días repasando sus enseñanzas.

En la Red le puedes ver de fraile en la versión mexicana de “Marcelino, Pan y Vino”, que no deja de tener gracia; y escuchar su “Acción Galega”, que así tituló su disco en honor de Ramón Cabanillas.

Xerardo Moscoso fue sin duda un gran intelectual con grandes dotes artísticas, todo un personaje… ¡Único!

(Ahora, al recordarle mientras escribo estas líneas, las lágrimas vuelven a resbalar por mis viejas mejillas. Supongo que estamos llamados a reencontrarnos en el Espacio).

MARÍA TERESA MIRAS PORTUGAL

María Teresa Miras Portugal, (Carballiño-Ourense, 19 de febrero 1944 – Madrid, 27 de mayo 2021

Por Alberto Barciela

María Teresa Miras Portugal gozó de la discreción elegida para una vida colmada de esfuerzo, estudio, méritos y reconocimientos internacionales. Era una polímata, una persona con grandes conocimientos en diversas materias científicas o humanísticas.

Científica, catedrática de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) -antes lo había sido en las de Oviedo y Murcia-, fue la primera mujer elegida para presidir una Real Academia en España la de Farmacia entre 2007 y 2013, de la que era Presidenta de Honor. Investigadora con 40 años de trayectoria, se inició en la misma tras obtener su licenciatura en Farmacia en la Universidad Complutense de Madrid con Premio Extraordinario y ser Premio Nacional de la Licenciatura en 1971. Además, desde 1975 fue “Docteur Sciences” por la Universidad de Estrasburgo. Obtuvo el Doctorado en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid.

Su biografía significa que “se especializó en el estudio de los receptores de nucleótidos y su repercusión en enfermedades neurodegenerativas, y su investigación se dirigió fundamentalmente a las neurociencias (funcionamiento sináptico, neurotransmisión mediada por nucleótidos, interacción de neurotransmisores, etc.)”. Publicó cientos de artículos de investigación en las más relevantes revistas especializadas. En 2012 fue nombrada presidenta del Comité de Expertos para el estudio de la necesidad de reformas en la universidad española. Recibió múltiples premios, entre ellos en 2016, en Galicia, la Medalla Castelao.

Gustaba repetir en sus declaraciones que “el ser humano se educa en los patrones de sus progenitores”. Ella lo fue en el seno de una relevante familia de Carballiño, Ourense, en la que sus padres les enseñaron a vislumbrar el mundo y a pensarlo tamizado a través del conocimiento de los clásicos y con ambición universal, sin olvidar las raíces. “… Con mi padre comencé a leer los libros de la Primera Exposición Universal de París. Todavía los conservo, con alguna mancha de fruta, pues siempre leíamos comiendo una manzana.”, declaró en su día al inolvidable Enrique Beotas.

Vivió libre, trabajó por sí misma, cuidó a sus seres queridos, comprendió y respetó. Cuando uno repasa el legado de sus aportaciones, puede no alcanzar a comprender su inmenso saber científico, pero sí intuye el mérito humano superlativo de quien pervivirá en la mente de cuantos la admiramos y conocimos, de aquellos que la conocimos por su hermano Aurelio, y sabemos que fue una persona buena y generosa, que entendía a los otros como pocos lo hicieron. “La ciencia me ha sorprendido siempre, porque lo que importa en ella es la verdad, no el camino”, expuso.

La evolución no se para nunca”, eso dijo. Así ha de ser.

 Gracias por tanto. Descanse en paz.

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