galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

LA CUCHARA Y EL TENEDOR (Neoparábola)

«Un día, no tan lejano ya, deberemos educarnos a nivel planetario…”

Por J. Javier García Pena

Habría que caparlos, como a los cerdos.

Aunque nunca hayas exteriorizado esta intención, es altamente probable que -al igual que yo- alguna vez te la hayas planteado. Y sería una medida muy eficaz, sin duda. Esos cerdos humanos no repetirían su hazaña. Claro que tal extremo no serviría -nunca sirvió -para escarmentar a las presentes y futuras legiones de violadores. Quizás mucho mejor sería capar a todos los varones recién nacidos… pero correríamos el riesgo de extinguirnos en poco menos de dos siglos, salvo que conservásemos o pudiésemos sintetizar esperma humano, convirtiendo a nuestras sociedades en utópicos reinos misándricos. 

Las propuestas tremendistas – si bien muy entendibles como reacción ante el horror, la ignorancia y el miedo- lejos de solucionar infamias han creado nuevas inmoralidades.

Cuentan que los espartanos solían deshacerse de los nacidos deformes arrojándolos al abismo del monte Taigeto.

Quizás los hebreos seguirían esclavos de los egipcios si el azar no salvara al barrer, en ancas de un piojo, al bebé que condenaron a muerte y ya hombre habría de liberarlos.

Por no hablar de los medievales cinturones de castidad o la infibulación impuesta a mujeres  africanas, o las persecuciones y muerte de homosexuales  azuzadas por fanatismos de greys  religiosas o políticas, que no pocas veces arropan entre sus miembros la infamia tenebrosa  de la pederastia.

Los extremos de la crueldad, ya ves, son idénticos.

Imposible resumir en tan corto espacio un profundo análisis sobre las agresiones y los agresores sexuales. No obstante, a la hora de buscar soluciones racionales -que las hay- debiéramos tener muy presente, ante todo, que hombres y mujeres no somos biológicamente iguales, aunque persigamos un mismo fin «programado» por mandato natural sin nuestro consentimiento.

Llevar porciones de alimento a la boca es, si no la única, la principal finalidad para que fueron creados la cuchara y el tenedor. Le confiamos los líquidos a la cóncava cuchara y los sólidos al tenedor punzante. Diferentes entre sí, revisten similar importancia en la función asignada. Algo parecido, aunque infinitamente más complejo, ocurre con nuestros más distintivos instrumentos sexuales. Al cabo, los nuestros son órganos diferenciados, especializados, complementarios e imprescindibles para un mismo fin reproductivo; ni más ni menos que como los de las bestias.

– ¿Por qué damos por «normal, natural y saludable« el comportamiento sexual manifiestamente agresivo de las bestias, y en cambio nos espanta- con sobrada razón- la brutalidad humana en el mismo acto?

—- Porque ya no somos solo instinto, como los irracionales.

Somos hijos díscolos e irreverentes que aspiramos emanciparnos de nuestra  progenitora. Nos inventamos divinidades,normas de convivencia y un futuro no guionado por ella. Sus reglas, vigentes para sus demás criaturas , ya no nos sirven. Ella nos dio cuerpo perecedero.  Nosotros le añadimos conciencia y trampeamos su fecha de caducidad, al tiempo que le inventamos un civitatis y un alma inmortal que, de tan recientes, aún no sabemos manejarlos con soltura…

Somos algo nuevo y desconcertante, también para ella.

Si queremos entender qué nos pasa o cómo deberíamos comportarnos «civilizadamente», mirémonos en la actitud sexual de un sinnúmero de especies, sobre todo las de los antropomorfos, tan próximas a la nuestra.

El mismo acto de aparearse -incluso en las aves- conlleva dominio, agresión, invasión… y satisfacción. La gestación y cuidados del nuevo ser recaerá -con todo lo que ello implica- en la hembra de la especie.

En cuanto al agente fecundador, la Naturaleza se sirve de él para sus propósitos y, una vez  conseguidos, lo libera.

—- ¿Acaso el hombre, como cualquier macho de especies físicamente asimilables, no nace provisto de un distintivo instrumento invasor y agresivo que, ingresando -con permiso o a la fuerza- en las entrañas femeninas le asegura descendencia?

La astuta estrategia  de Natura radica en convencerlo de que «el esfuerzo más gratificante conocido»  es decisión de su inexistente albedrío.

En general,hay una evidente correlación entre la comisión de  delitos de cualquier índole – pero sobre todo sexual- y la edad reproductiva del hombre.

– ¿Por qué no ocurre lo mismo con la mujer? ¿Acaso él y ella no son iguales?

– No. No lo son. La maravilla de la concepción las hace diferentes y ciertamente superiores, moralmente, a nosotros.

Sus órganos reproductivos y por ende su temperamento ,no son agresores sino receptores. En el íntimo combate ella no apuñala; es apuñalada. Ello se traduce en una actitud refractaria a la violencia. Salvo si peligra su cría. 

No es casual la baja incidencia femenina en la criminalidad humana, especialmente en los delitos violentos o de sangre. A lo largo de los siglos, y para poder malamente convivir, nos hemos ido  otorgando  reglas artificiales, inexistentes en la Naturaleza. Tal vez sea llegada la hora de actualizarlas en función de nuestros notorios avances cognoscitivos y progresos técnicos.

Algo hemos mejorado en el último siglo.  Ya no vemos con buenos ojos aquello «tan sagrado e inmutable» de que » la mujer ha de someterse a la voluntad de su marido y blá, blá, blá…» Cada vez menos humanos “compran” el bíblico bolazo de la divina superioridad de seres idénticos a ellos. No pocos  aprendimos -¡por fin!-, que la mujer es la única dueña de su cuerpo. Y que “no es normal, ni natural ni mentalmente saludable” que nos sigamos rigiendo por anquilosadas normas  elucubradas en los monasterios, esgrimidas como anatemas desde los púlpitos y minaretes y rubricadas en  salas de tronos.

Tal como debiera hacerse con las vacunas antipandémicas, un día no lejano deberemos legislar y Educarnos, por primera vez, a nivel  planetario.  En esa Educación Universal no tendrán cabida los egos narcisistas, ni las asesinas barreras continentales, ni los mezquinos nacionalismos. Todo su vacuo espacio lo ocupará  el panhumanismo que  presentimos.

Ella, la Paneducación, justipreciará a la cuchara y al tenedor. Mientras tanto, domesticará a la bestia sexuada que, mucho más tarde, dejaremos arrumbada junto a ídolos probadamente inservibles.

Gracias a la nunca vista Paneducación abandonaremos la hipócrita tolerancia, dando paso a la inteligente e indiscriminada  aceptación de nuestros diversos semejantes. Será otro paso gigantesco -quizás el mayor después del fuego- del único animal que, enfrentándola, desafíó a la Naturaleza y, con mayor razón aún, desdeñará a sus falsos mentores.