galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

LA INMIGRACIÓN Y UN SEÑOR DE OS PEARES

Por Xosé A. Perozo

Cuando el señor de Os Peares nació, Galicia ya se había vaciado de democracia. La ciudadanía demócrata o había muerto durante la guerra generada por el golpe de Estado de 1936 o estaba silenciada o había emigrado a Hispanoamérica. Allí fueron acogidos con fraternidad y la mayoría echó raíces eternas. Antes, durante los dos últimos tercios del siglo XIX, se ha controlado la emigración de 180.018 gallegos al exterior. De 1911 a 1930 cruzaron el Atlántico 733.176 paisanos buscando una vida mejor. Después del vaciado democrático, entre 1946 y 1960, cuando el señor de Os Peares se disponía a nacer, le dejaron sitio libre 286.437 gallegos trabajadores. Por lo tanto, es lógico que al chaval ourensano este asunto de la emigración le suene a gaiterada romántica.

Sin embargo debería conocer el dato de la creación en 1956 del Instituto Español de Emigración, nacido bajo los auspicios del almirante Luis Carrero Blanco, que hasta la llegada de la transición democrática empujó a casi medio millón de gallegos a emigrar legalmente a Europa sin saber ni francés ni alemán ni inglés ni italiano ni romanche ni noruego ni sueco ni practicar el protestantismo…, contratados como mano de obra barata, pero capaces de poblar el continente con Casas de Galicia y Centros Gallegos para conservar nuestra cultura, idioma e idiosincrasia y a la vez llenar de divisas las arcas de la dictadura.

En este siglo XXI encontrar datos del éxodo es más complicado pero el señor de Os Peares debiera saber que las maletas de cartón de nuestros padres y abuelos han sido cambiadas por mochilas y bonitas maletas de calidad. En la actualidad Galicia exporta juventud con estudios medios y superiores, además de profesionales, como es el caso de los sanitarios (se estiman unos 30.000 en los últimos años), de los cuales en el país adolecemos. Si del siglo XIX a nuestros días esos más de dos millones de gallegos expulsados al exterior, además de los empujados a otras comunidades españolas como Cataluña, Madrid o Euskadi, hubieran permanecido en la tierra que les vio nacer, formado familias y procreado con salud, seguramente el terrible despoblamiento de provincias como Lugo y Ourense, las más perjudicadas, no se habría producido.

Y, por descontado, ahora no sería necesario rogar al santo patrón Santiago para que vengan otros emigrantes de América y África, con distintos acentos y colores de piel, y arraiguen entre nosotros evitando la desertización social y económica del territorio. El señor de Os Peares esto no lo tiene nada claro.

Ante la regularización de 500.000 inmigrantes residentes en España, el señor de Os Peares asegura que, caso de gobernar, les exigirá un mayor conocimiento lingüístico (¿gallego, catalán, euskera?), cultural y constitucional. No ha entrado en el apartado religioso, pero es evidente que al detestar “la fragmentación cultural”, según él, a la que nos arrastraría “la diversidad cultural” también pone de manifiesto su monoteísmo, además del ideológico, el de las creencias.

El señor de Os Peares se pierde en ambigüedades por caer en los amados brazos de Vox asegurando que “aquí no cabemos todos” y que la regulación del Gobierno es oportunista para conseguir votos futuros. Tergiversa la legislación y oculta que la extrema derecha de Giorgia Meloni, estrella de Abascal, en dos años ha regularizado de tapadillo más de 200.000 inmigrantes en Italia. Oculta a los oyentes que la regulación protege el mercado laboral contra la precariedad y la competencia desleal, además de fortalecer las inspecciones y la igualdad impositiva.

El señor de Os Peares en la cuestión crucial de valorar la inmigración como un paso hacia el futuro ignora la historia de la Península y las deudas que la Galicia de la diáspora tiene contraídas con el pasado.

Xosé A. Perozo