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LA INSOPORTABLE PRESENCIA DEL ESPECTÁCULO DEL FUTBOL

Por Xosé A. Perozo

Me molesta la insoportable presencia del Mundial 26 en los medios de comunicación audiovisuales. En ellos desplaza las dinámicas habituales, para emitir encuentros y polémicas entre selecciones de países ignotos.

En la monumentalidad romana destacan tres símbolos: el teatro, el circo y el anfiteatro. Son los grandes recintos públicos destinados al solaz de la ciudadanía a la que, además, no les faltaba el pan diario para sustento básico gratis. Desde entonces acá la cultura y el deporte no han perdido vigencia como espectáculos, aunque las programaciones tengan otros signos políticos y modos de llegar al público.

El deporte de masas como exhibición competitiva ya lo habían puesto de moda los griegos instaurando los Juegos Olímpicos y la consagración como dioses de los atletas vencedores. Los mecanismos de Atenas y Roma no han perdido vigencia casi treinta siglos después, sus espíritus sí. Los Juegos Olímpicos volvieron en el siglo XIX levantando nuevos circos y similares edificios por todo el mundo y en 1930 los envidiosos negociantes del futbol crearon su propia competición mundial, también cada cuatro años, para no ser un deporte olímpico más y poblar de estadios faraónicos las ciudades elegidas.

Si en la antigüedad primaban la solidaridad, el entretenimiento y las obras públicas, en el presente compiten la especulación urbanística privada, los oscuros negocios y el adormecimiento intelectual del público destinatario.

En estos días de junio se celebra en México, EE.UU. y Canadá el Mundial 2026 de futbol. En esta veintitrés convocatoria es la primera vez que el negocio se reparte entre Estados diferentes y a mí se me antoja que la FIFA ha ampliado el territorio huyendo de los fracasos económicos de las veintidós convocatorias anteriores en las cuales todos los países organizadores perdieron ingentes cantidades de dinero, pagadas con los impuestos de los ciudadanos monárquicos o republicanos, aficionados o no al deporte llamado rey, dado que en este negocio los estadios los levantan las administraciones públicas, las carreteras y avenidas otro tanto, los transportes públicos y fuerzas de seguridad ídem de lienzo… y los beneficios emanados de las entradas, de los pagos de televisión, de la publicidad, del merchandising… van a parar a las arcas de la FIFA y de los clubes participantes. Y está demostrado que los balances positivos para las ciudades-sedes son pura fantasía contable. ¿Por qué, entonces, se pelean los países por albergar una competición semejante? Para gozo de la ciudadanía, dirán. ¿Cuántos ciudadanos? Una gran mayoría, contestarán. Permítanme no dar crédito a ninguna de estas y otras razones similares.

Los filósofos griegos y romanos propugnaron que una mente sana funciona mejor en un cuerpo sano. No sé si todos los dirigentes del futbol han sido alguna vez deportistas, pero escuchando a la mayoría y conociendo sus currículums cuesta aceptar lo saludable de sus meollos cerebrales. Existen excepciones, naturalmente. Sin embargo, viendo como han creado para Trump el Premio de la Paz de la FIFA es justo pensar más en sus deficiencias que en sus talentos. La excusa ya la conocemos: el futbol es así. Sí, es podredumbre, competición destructiva de la convivencia entre las aficiones, negocios turbios, compraventa de esclavos millonarios y, entre otras muchas virtudes, organizaciones sucesivas de torneos para acaparar la atención y adocenar las mentes de quienes acuden a los estadios o se sientan ante los televisores sin conocer su conversión en cómplices de organizaciones que, con relativa frecuencia, escapan a las normas legales por las que usted y yo nos regimos.

Déjeme seguir con la comparación. La antigua Grecia creó los juegos para establecer lazos de unión y paz entre las ciudades-Estado griegas. Durante cuatro años los atletas se preparaban para transmitir al público perfección física y nobleza competitiva. En el mundial de futbol de este año estamos viendo como las fronteras entre los tres países organizadores generan polémicas, impiden el paso de deportistas, árbitros y ciudadanos, entre otras miserias. Las economías menos pudientes se ven privadas de seguir a sus ídolos por los altos costes de las entradas y algunos estadios han quedado reservados para los potentados. Y, además, el Estado primado con más espectáculos resulta ser EE.UU. dónde el futbol es sólo el tercero o cuarto deporte entre los más seguidos. Igual sucede en Canadá. Este desequilibrio acontece en detrimento de México donde los hinchas han convertido al futbol en una verdadera religión.

Con todo, a mí lo que más me molesta es la insoportable presencia del Mundial 26 en los medios de comunicación audiovisuales. En ellos desplaza las dinámicas habituales, para emitir encuentros entre selecciones de países ignotos y establecer disputas absurdas. Incluso en la paz del hogar abres la nevera y el cartón de huevos te lanza un pronóstico para el final del torneo. Un suplicio para quienes como yo nunca acudimos al espectáculo del futbol ni lo practicamos. Se me comprenderá si le digo que la única vez que participé en un campeonato de periodistas contra políticos me alcé con el trofeo al peor jugador. Una proeza de la que me honro y fue tan efímera como lo serán los resultados de este mundial y de los siguientes.