galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

LA LOCURA DE LA VELOCIDAD Y OTRAS CONSIDERACIONES

Xosé A. Perozo

Habría de tener cuatro años cuando mi padre, por entonces ferroviario, me llevó de la mano a viajar en tren por primera vez. Fue un domingo soleado. Recorrimos el trayecto de unos cuarenta kilómetros entre Llerena y Zafra. Comimos en la estación y volvimos. Desde entonces amo viajar en tren y lo practico asiduamente. Gracias a ello he conocido una grandísima gama de convoyes circulantes. He llegado hasta París, Berlín, Praga, Moscú, Roma, Lisboa… y he visitado infinitos rincones con encanto, pueblos de paso o ciudades importantes de España.

Con frecuencia bromeo diciendo que “viajar en tren es como hacer el amor: conoces gente”. Y es cierto, en los trenes he tenido ocasión de hablar con infinidad de personas que nunca más he vuelto a ver o he hecho amistades efímeras o duraderas. Dos tercios de mi novela Martazul (premio Blanco Amor 2001) transcurren en el histórico tren nocturno Rías Baixas entre Vigo y Madrid. En muchos de mis cuentos la magia del ferrocarril se manifiesta a menudo. Una verdadera debilidad.

Sufro cuando accidentes como los de Angrois, a un kilómetro de mi casa compostelana, o el de Adamuz, por cuyas vías he circulado cientos de veces, estallan en el infierno de las noticias trágicas. La mayoría de la gente solidaria sufre por las personas muertas, heridas y perjudicadas y a mí me estalla la rabia al escuchar a quienes llevan a la cabeza de sus conciencias el oportunismo partidario, por encima del buen sentido de la convivencia. Hoy mi consideración es, por tanto, de índole política.

En el escenario del drama de aquel 2013 gobernaba Mariano Rajoy en España y Núñez Feijóo en Galicia. Las controversias se movieron por los predios de los partidos minoritarios. Los dos grandes, PP y PSOE, apenas si sacaron los cuchillos y acabaron firmando lo que de facto se llamó “el pacto de la curva” para dilucidar la verdad de lo sucedido y adjudicar responsabilidades.

Después de once años (2024) se llegó a una sentencia judicial sin que ello signifique haber alcanzado la luz. Estos días en Adamuz hemos visto a Pedro Sánchez y a Moreno Bonilla ejerciendo la ponderación mientras Vox anteponía sus mandamientos púnicos por encima de la convivencia y del dolor. Y, lo peor, antes de veinticuatro horas un importante sector del PP de Feijóo se ha mimetizado con la extrema derecha. También en esta ocasión, entre bulos e intereses partidarios, tardaremos en conocer las causas y la verdad de la tragedia. Un mal fario para las víctimas de Adamuz y para el tren. Las miserias de esos políticos rompen los cauces de la verdad y desvirtúan los esfuerzos de los profesionales del ferrocarril, de los socorristas anónimos y de los sanitarios voluntarios y abnegados que se han sumado a la asistencia de heridos y familias damnificadas.

El ferrocarril es el medio de transporte colectivo más seguro. Sin embargo, no consigo conciliar esta aseveración con la especulativa necesidad de convertirlo en un velocista desenfrenado. Con frecuencia me pregunto dónde reside la felicidad de alcanzar un destino a seiscientos o mil kilómetros ahorrando quince minutos con el riesgo de sufrir un percance irreversible. En menos de doscientos años de historia ferroviaria hemos pasado de vivir en una sociedad asustada ante la posibilidad de circular a 48 km/h a la locura de viajar sobre raíles a 350 km/h sin desintegrarnos, mientras a la vuelta de la esquina se anuncia el “tren bala” capaz de alcanzar 1300 km/h. ¿Qué fundamento sustenta esta filosofía del presunto progreso? Estos trenes ya no son como hacer el amor, representan al miserable negocio intangible de comprar y vender tiempo.

Xosé A. Perozo