galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

LA NOCHE DE LA NOSTALGIA

Por J. J. García Pena

Se trata de una celebración original, exclusiva y típicamente uruguaya. ¿Qué mejor escenario para darse una fiesta basada en la nostalgia, si el 95%, o más, de los uruguayos provenimos de inmigrantes que, sin querer o queriendo, inculcaron ese sentimiento a sus descendientes? Como siempre digo, mirando los rostros de mis queridos conciudadanos: 

— Estas caras bajaron de los barcos.

Tan cierto es, que solo un puñado de uruguayos puede considerarse descendiente de los pocos aborígenes, verdaderos dueños de casa, que en 1831 los invasores blancos dimos por exterminados. Los demás somos, mayoritariamente, blancos venidos por nuestra voluntad y negros traídos contra la suya.

 Todo comenzó cuando un emprendedor innovador cayó en la cuenta de que los 25 de agosto, en la República Oriental, son días de asueto o “feriados pagos”. Es decir, no se trabaja, pero por ser invierno no se puede ir a nuestras abundantes y preciosas playas, como el 25 de diciembre o el primero de enero. Esta singular noche tuvo sus orígenes en los años 70 y convoca a distintas generaciones a bailar al ritmo de los temas que hicieron furor en cada época.

Cada cual lo vive a su manera: se viste a la usanza de los años de alegre inconsciencia y se contorsiona y contonea como si mañana no existiesen los dolores de cintura y piernas y se cometen excesos de adolescente. ¡Ni hablar de la resaca!

Generalmente La noche de la Nostalgia abarca el período entre la década de los 60 hasta 2010. Posiblemente se unan este año nostálgicos danzarines de 2014…

Como Argentina está tan próxima a Uruguay y la interinfluencia  cultural entre ambos países es de las más estrechas de todo el mundo, cada año se suman a la sin par fiesta los hermanos “porteños” de la otra orilla, siendo los ya muy veteranos artistas argentinos, como Cacho Castaña o Donald, quienes suelen dar, con su presencia, ese toque nostálgico a un sin fin de encuentros bailables, sacudiendo y haciendo sacudir sus viejos esqueletos a quienes por una noche se visten con sus pantalones “campana” y ajustadas camisas de enormes cuellos puntiagudos, al compás de temas de los Bee-Gees, Sandro, Travolta, Palito Ortega, The Beatles, los Rolling Stones, Abba, Michael Jackson y un largo etc…

Como un convocador aquelarre de brujos y fantasmas olvidados, se danza alrededor de luces, sonidos y recuerdos que nos trajeron y se llevaron parte de lo mejor de nuestras vidas.  Volvemos a ser jóvenes de pieles suaves y turgentes de hormonas y nuestras cabezas canas se cubrirán del pelo que les perteneció. La noche borra las arrugas y podemos destapar cervezas con los dientes. Volveremos a discutir con nuestros padres por…  

— ¿Estas son horas de llegar?

Volveremos a sentir celos por la muchacha que, (inexplicablemente, dada nuestra evidente belleza), aún no olvida a aquel primer novio cuyo nombre se le escapó al intentar llamarnos con cariño. Nos marearemos con el mismo trago de décadas atrás y, como grises y ajados Humphreys Bogarts, pediremos al “discjockey” que todos tenemos cautivo en el cerebro:  

— Repite el tema, Sam – 

Entonces, Adamo, el tierno Adamo, nos susurrará que, en algún lugar, tal vez entre las páginas amarillentas de un libro olvidado, “aún conservo para mi un mechón de sus cabellos, que tal vez no merecí y hoy es una reliquia”.

Entre las brumas de un cubata o de una fumata, veremos avanzar, única entre cientos de otras, la imagen de la tierna chiquilina de minifalda y peinado “a l´aquenette” que, por imbéciles, perdimos. Nos pasará por delante de los ojos sin vernos y nos atravesará el cuerpo achacoso y el alma apolillada y desaparecerá por la nuca, hasta la próxima convocatoria anual, en que se nos presentará siempre joven y sonriente, mientras nos vamos deshilachando de puro viejos y desengañados.

El encanto nocturno, como el de Cenicienta, tiene las horas contadas. El sol oficia de desbaratador de sueños. Quisiéramos que alguien nos reprochara la hora de llegar y en qué estado llegamos. Nadie lo hará. Pero, por una noche, otra vez logramos arrancarle una nueva ilusión a la vida mezquina.

Por eso y justo por eso, parece creada para esta Noche Única aquella vieja frase:  

— ¡Que me quiten lo bailao!