galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

LA PELEA ENTRE LIBERALIDAD Y AUTORITARISMO

Por Manuel Menor

Esta pelea es de las que hay historias más largas. Aparece ya en los modos más antiguos de que tenemos constancia para enfrentar dificultades, sobre todo si tienen que ver con la convivencia. No es que de repente la humanidad genere ahora problemas inusitados; de siempre los más fuertes han abusado en sus modos de imponerse a los demás. Con la fuerza bruta, contra el conocimiento.

Los nombres que ha recibido esta historia y las maneras de contarla, con actores y protagonistas muy definidos, dan para muchas series de cine negro absolutamente fieles a la realidad. También para ver que los más débiles del grupo –da igual que sea pandilla, de colegio, aldea, barrio, global o nacional- han tenido que protegerse y reaccionar a las violencias, conscientes los más lúcidos de que igualarse era complicado y, siempre, muy arduo hasta llegar a algún acuerdo. Tuvieron que acontecer muchas desgracias y mucha gesta inútil para que, hasta 1789 –y un poco antes, en la Declaración de independencia americana-, la humanidad no tuviera una declaración explícita de que, por el mero hecho de haber nacido, todo ser humano tuviera reconocidos un conjunto básico de derechos.

Tuvieron que acontecer más guerras y conflictos como los de la Primera y Segunda Guerras mundiales, con muchos millones de muertos, para que esta Declaración alcanzara a ser Universal en una Declaración de Derechos Humanos de la ONU. Era 1945, hace apenas 76 años, y habían pasado casi tres millones desde que Lucy, uno de los primeros testimonios fósiles de un ser propiamente humano en el Museo Nacional de Adis Abeba (Etiopía), andaba sobre la Tierra. Por entonces, en una España casi recién salida de una ominosa Guerra Civil, los derechos que un ciudadano podía reclamar estaban siendo publicados en el Fuero de los Españoles, un amago de apariencias, más propagandísticas que jurídicas, que trataba de tapar carencias de todo tipo.

MEMORIA

Quien ronde los 70 años y lea el art. 5 de esta ley principal del Movimiento, donde decía que “todos los españoles tienen derecho a recibir educación e instrucción y el deber de adquirirlas”, a poco que repase su memoria de escuela podrá advertir de qué derecho se trataba; simplemente contraponiendo de qué iban los Pactos de la Moncloa en lo relativo a esta misma cuestión, podrá advertir sin adoctrinamiento extraño cómo en ese documento oficial quedaron registrados en 1977 los déficits estructurales que, después de 40 años, seguía teniendo el sistema educativo de los españoles; sin contar cómo estaba trufado de intereses extraños, como los que, desde el Concordato de 1851, ya habían condicionado la primera ley general de Educación seis años más tarde. A casi todos les parecía bien que el de 1953, cuando ya los Acuerdos últimos con el Vaticano se estaban gestando casi a la par que la CE78, lo hubieran continuado haciendo.

Conviene no olvidarlo justo hoy que, después de tres meses de espera, entre trámites y reticencias administrativas de diverso orden –incluida la “objeción de conciencia” de varios profesionales de la Sanidad pública, un ciudadano madrileño ha conseguido que, en el paraíso de “la libertad a la madrileña”, le asistan en el derecho a tener una “buena muerte” que le da la Ley Orgánica 3/2021, de 24 de marzo último.  También lo es para recordar cómo algo similar les sucede, actualmente, a muchas mujeres con derechos como, por ejemplo, al aborto; despenalizado y regulado en julio de 1985 y, bajo el concepto “de salud sexual y reproductiva”, en marzo de 2010, al necesitar que se haga efectivo muchas mujeres se encuentran con obstáculos similares a la hora de tan difícil trance y, además, con el griterío de fundamentalistas que, en la cercanía de las clínicas autorizadas, disfrutan de bula para exhibir su capacidad vejatoria en nombre de principios superiores que se les escapan al común de los mortales.

COP26

Es evidente que la evolución humana ha sido extremadamente lenta en estas cuestiones tan principales. Pero es en estas circunstancias –dramáticas para los concernidos- se hace patente que ni lo cortísimo que se ha logrado pactar entre humanos es aceptado por muchos de los que se sienten más fuertes que los demás; da la impresión de que la cadena de ADN se ha extraviado para generar un creciente número de especímenes extraños. Bien es verdad que, de lo que se ha visto hasta ahora en la última Conferencia de las Naciones Unidas por el Cambio Climático (COP26), en Glasgow, no parece albergar mucha esperanza de que tenga remedio. Hasta 2030, el tiempo es muy corto para la amenaza tan grave e inminente en que la acción humana es parte determinante, el grado de estupidez se rebaje hasta hacer posible la deseable limitación del aumento de temperatura media global de la Tierra. Los más proclives a la listeza de hacer primar sus intereses en medio de tan grave necesidad, es posible que, como presagiaba el Roto el pasado día dos de este mes, encuentren, como siempre suele suceder, un nicho adecuado para sacar gran rentabilidad a la situación. No importa. El credo de superioridad que imponen sus monopolios no se compadece nunca del común de los mortales.

El negacionismo existe y hay muchos que lo predican de modo práctico en nombre de sí mismos; tiene defensores pragmáticos incluso al frente de instituciones políticas, religiosas, económicas, culturales y, por supuesto, educativas; no pocos y pocas, tras votación de ciudadanos corrientes; muchos sin pasar por elección alguna, pero todos ellos subvencionados por los recursos públicos… y privados. En cuanto a derechos y libertades –que tanto han costado- proliferan muchas maneras de disfrazar bajo pretextos, incluso espirituales, apetencias codiciosas, inmunes a toda justicia, “valor” este que no entra en su nómina cuando claman por “los valores”. Es obtuso, pero con solo la ley del más fuerte –en pelea con la liberalidad de la mayoría- se obstaculiza la libertad de investigación y conocimiento y, de paso, una ética universal para la sana convivencia y un sistema educativo coherente. A mediados del siglo XIX, Gil de Zárate, ya decía que “la cuestión de enseñanza es cuestión de poder: el que enseña, domina; puesto que enseñar es formar hombres, y hombres amoldados a las miras del que los adoctrina”.