galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

LA RELIGIÓN, EL SEXO Y EL CAPITAL

Por X. A. Perozo

Las tres grandes religiones monoteístas son misóginas por naturaleza, aunque la cristiana, en su versión católica muestra en su seno permanentes contradicciones impropias para la actualidad. Mientras eleva la presencia de María, madre de Cristo, a las más altas esferas de adoración sigue sin permitir que las mujeres ostenten ningún tipo de poder en el seno de la organización. Mientras incitan a engendrar almas para alimentar la fe, impiden que los consagrados puedan contraer matrimonio. Mientras prohíben la sexualidad de sus miembros han tolerado y ocultado las prácticas de quienes han compartido cama y placer con amadas, amantes y barraganas. Y como sabemos por tradición y los escándalos modernos, al tiempo que imponen la aberrante mutilación individual de pensamiento y obra sexual, han reducido a pecados veniales las depravaciones de acosos y abusos contra niños, niñas y adolescentes.

A las puertas de la Semana Santa pasada hemos asistido a la difusión de dos estampas paradigmáticas. La primera, en Sagunto la cofradía de la Purísima Sangre, por amplia mayoría de miembros varones, ha seguido prohibiendo, como hacen desde quinientos años atrás, que las mujeres procesionen con ellos. No obstante, les permiten trabajos auxiliares, esto es, limpiar los pasos, vestir los santos o aderezar las flores. “Oficios propios de las hembras” (sic). En paralelo, la procesión se vende como atractivo turístico sin que el sentido religioso y mental de sus cofrades se resienta. Muy al contrario, es un honor para ellos verse rodeados por una multitud festera o curiosa más amantes de la foto del momento que de la fe eterna.

En el asunto de la Purísima Sangre, por un lado, han intentado reducirlo a una anécdota con tintes de tozuda tradición y por otro se ha convertido en la diana de quienes defienden los derechos de la mujer. A mí se me antoja que los primeros, aunque gente joven, viven un anacronismo religioso aplaudido por ese sector misógino del clero, propenso a generar las aberraciones propias de coartar la sexualidad normal de cualquier ser vivo. Los segundos han encontrado un buen estandarte para sus ideales de igualdad y libertad de la mujer sin percatarse de que ese mundo religioso huele a naftalina y quizás sea más sano no participar de él que reivindicar la pertenencia.

La segunda estampa nos ha llegado con la foto de la firma entre la Iglesia y el Gobierno, en presencia del Defensor del Pueblo, de un protocolo para indemnizar a las víctimas de pederastia denunciadas en el seno de la organización católica. Llegar a este punto ha costado sudor y enfrentamientos hasta el extremo de que, sin la intervención del Papa, la Iglesia española no habría dado el paso sin otro interés mayor que el puramente económico. Tanto es así que el Gobierno de Pedro Sánchez ha tenido que ceder a la férrea postura de Luis Argüello (CEE) y no aceptar ningún baremo ni condiciones económicas con las que resarcir a las víctimas. Como sería lo idóneo y razonable.

De nuevo estamos ante un convenio Iglesia-Estado, como acontece con el Concordato, que mantiene a España anclada en privilegios propios de un régimen preconstitucional, aunque en el artículo 16 de la Constitución se haya disimulado la preferencia por la Iglesia Católica con una coletilla de apertura al resto de confesiones. La inexistencia de baremos en el convenio de reparación firmado abre la puerta a dos problemas futuros: a las eternas demoras de la Iglesia para pagar y a las veleidades de un futuro Defensor del Pueblo con más servidumbres con el clero que con las víctimas. Otras dos nuevas procesiones de pasión para Semanas Santas.