galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

LAS MONJAS Y EL CURA DEL PICACHO

Por J.J. García Pena

Por suerte, el colegio de El Picacho era «religiosamente» gobernado solo por monjas. Muy propapales, muy de armas tomar y muy profranquistas (doblemente fascistas, ellas) pero mujeres al fin. ¡Quién sabe de qué degenerados ensotanados nos habremos librado los setenta y dos niños, solo por esa casual casualidá!

El único cura que entraba al Colegio, acompañado de la madre superiora, venía exclusivamente a dar misa y a confesar a los pequeños pupilos. Recuerdo cómo escarbaba, rebuscando, morboso,  en la pureza infantil; insistiendo en que le revelásemos (¿por encargo de las monjas?) «algún pecadillo o mal pensamiento»…

—- ¡Mira que el señor te está mirando! ¿O es que no haces «cosas feas» con tus manos…? 

Yo, a punto de cumplir nueve años, había descubierto el por qué las monjas, antes de dormirnos, recorrían el largo dormitorio en semipenumbras mientras recitaban, noche tras noche, aquello de:

—- Dormid boca arriba y las manos cruzadas sobre el pecho, para que, si viene la muerte, os coja en decente estado.

LA MUY CRISTIANA EDUCACIÓN DEL FRANQUISMO

Pero el cura no me inspiraba ninguna confianza, anda vos a saber por qué, a la hora de confiarle mis «pecadillos». Yo «sabía» que él tenía línea directa con «el de arriba» y temía que me delatara ante él,  pero ni por esas.

Yo le ganaba astutamente de mano al preguntón y neutralizaba o retrasaba -no sé ni cómo- el infierno prometido.

Me habían dicho, las mismas guardianas…

—- Dios está en todos los sitios y si rezáis con mucha, múuucha fuerza, sin duda alguna os  escuchará.

Entonces, entre plegaria y plegaria, le pedía, en monólogo directo, perdón sincero por cada vez que mis insomnes manos pecaban y ,contrito, le  prometía no pecar más… hasta la próxima inevitable recaída en el pecado. 

Aunque, evidentemente, la sincera promesa , (que, pecador de mí, nunca daba cumplida), surtía efecto, porque pasaban los meses y no se hacía efectiva la amenaza del cura inquisidor…

—- Si pecas, se abrirá el suelo y caerás en un pozo de llamas. 

No entendía por qué era «pecado contra Dios» hacer algo tan placentero, si no le hacía mal a nadie; pero mis pocos años y aun menos luces me impedían pasar adelante en ese pueril cuestionamiento.

Un día, durante la misa, al cura de marras le perdí por completo la poca fe que le tenía.  Aquel libraco pesaba mucho para un monaguillo de ocho años  en su primer (y último) día de servicio. Lo de repicar la campanilla se me daba bien y me gustaba el sacro oficio que estrenaba. Pero…

Quiso el azar y mi pequeña estatura que el hábito talar que me encajaron las monjas excediera diez centímetros de mis talones. Debía alzar, de puntillas, el pesado y abierto mamotreto bíblico de su atril, ubicado en el lado derecho del altar para trasegarlo a su  lado izquierdo.

Ya estaba bajando dos escalones en precario equilibrio y eludiendo al oficiante mientras hacía la prevista  genuflexión a sus espaldas, cuando el sobrante ruedo de mi «túnica sagrada» quedó ¡ay de mí!, bajo mi pie derecho.

De de tal suerte, que sentí mi pequeña humanidad volar, ágil y sin remedio, con todo y libro santo incluido, a estrellarse, ambos, contra el consagrado suelo de la católica capilla. Si el diablo -no tuve dudas- estuvo tras esa trapisonda anticlerical, su «contrapartida buena» debió tomar parte en lo sucedido a continuación.

Quizás inspirado en las épicas atajadas de «el colosal Zamora«, el inquisitivo sacerdote giró felinamente su torso y, en un alarde olímpico, estiró cogote, espina, piernas y brazos, atrapando al vuelo y salvándo del desastre con ambas manos, al pesado evangelio volador, mientras yo me estrellaba ,con toda la fiereza de mis ocho años, contra los huesos del planeta.

Quizás sin quererlo, pero con su ejemplar ejemplo, el pobre hombre ¡en plena liturgia católica! estaba abriendo el camino a un futuro nuevo ateo que, en su niñez gaditana, jugaba haciendo crucifijos con palitos mientras anhelaba y soñaba, algún día, a su vez, poder  ordenarse sacerdote.  

Nunca le agradeceré lo suficiente al tonsurado inquisidor el abrirme, tempranamente, los ojos.

Si un «Hombre de Dios», entre proteger a un libro o a un niño, opta por proteger el libro, no cree ni en el Dios ni en el Hombre.